Educación Superior y Posconflicto: ¿Es Posible Una Educación Alternativa?

Foto: Tomada de http://www.compartirpalabramaestra.org/

La construcción de saberes académicos siempre ha sido vista como algo opuesto a los conocimientos tradicionales, aquellos que han existido por siglos y que nos permiten desde poner alimentos en nuestra mesa hasta sentarnos en una silla cómodamente. Estas diferencias entre lo teórico y lo práctico han agotado libros enteros, en los cuales se plantea la distinción entre trabajo intelectual y material, o para ponerlo en otros términos, entre trabajar con las manos y trabajar con la mente, aceptando que aquella distinción es posible. Recientemente volví a pensar en este problema al participar en una visita al Magdalena Medio, en el marco de la aplicación de los llamados Planes de Desarrollo Territorial (PDTS), iniciativa impulsada por organizaciones sociales de la región junto a algunas universidades de Bogotá. El propósito es crear una institución de educación superior que promueva un giro en la visión sobre el desarrollo de la región.

Estos planes de desarrollo territorial son producto de los acuerdos de La Habana entre el Estado Colombiano y las FARC, y tienen como objetivo, según estos, “transformar las sub-regiones definidas por las lógicas del conflicto armado en zonas libres de violencia y con importantes oportunidades para generar desarrollo social y económico incluyente”. Entre muchas iniciativas económicas y productivas que esperan formularse, se ha fijado la necesidad de llevar educación superior a las regiones que fueron afectadas históricamente por el conflicto político-militar entre las guerrillas y el Estado.

Las personas que tenemos al mundo universitario por nuestro espacio laboral, aunque no seamos conscientes de ello, siempre estamos haciendo la distinción entre aquellos que tienen el conocimiento y aquellos que aún están en mora de adquirirlo. Esta división social del conocimiento ha desarrollado inequidades más profundas, como aquellas relacionadas con la obtención de posiciones de influencia en la academia, que hoy en día pasa por la obtención de títulos de posgrado, base para cimentar posiciones hegemónicas dentro de las Instituciones de Educación Superior.

A pesar de la coyuntura que vive la educación superior frente al gobierno Duque y su negativa a cerrar la brecha en la financiación del sistema público, la universidad aún se mantiene como el factor de movilidad social para un sector de la sociedad que ve en la educación la mejor opción, o como se dice comúnmente, “el único capital que se puede dejar a los hijos”.  En el caso colombiano, este crecimiento de la universidad ha estado atado al crecimiento de las ciudades, siendo Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y Manizales los espacios que han logrado desarrollar redes de instituciones que medianamente han logrado cimentar una cultura académica con logros asociados.

Sin embargo, los pobladores del Magdalena Medio han sido claros en que la manera tradicional de educar que se ha traído desde las ciudades no es funcional para estas regiones de frontera. Sobre todo, porque la región no ofrece las garantías para que las personas que se gradúen de carreras como trabajo social, psicología, entre otras, tengan las suficientes fuentes de trabajo para quedarse en la región. Los pobladores y pobladoras reafirman que la educación universitaria en su actual forma no resolvería problemas, sino que aumentaría la migración de las personas hacia las ciudades.

Pero el fondo del cuestionamiento a esta forma de educar también es un cuestionamiento a la forma que desde las universidades citadinas pensamos el desarrollo y sus requisitos para que tenga un alcance real. Y esto se hace más acuciante en una región como la del Sur de Bolívar, donde la necesidad de mantener la memoria del conflicto se mezcla con la permanencia de las inversiones que se hicieron en la época del despojo paramilitar, simbolizado por las extensas plantaciones industriales de palma africana.

Las comunidades organizadas del Sur de Bolívar enfatizan que la educación superior en la región también ha seguido la misma lógica que las inversiones económicas. Algunas universidades de Ocaña, Barrancabermeja y Barranquilla llegan, ofrecen algunos títulos, mediante pago obviamente, ofrecen una educación descontextualizada y solo dejan a las personas la opción de buscar un futuro laboral en las ciudades. Aunque suene paradójico, la educación también puede estar sujeta a una lógica extractivista, donde algunos mercachifles ofrecen titulaciones, siempre jugando con la esperanza de que la educación hará posible la movilidad social, es decir, abandonar la situación de pobreza e ingresar a la clase media.

En el Sur de Bolívar esta esperanza ha transmutado hacia la necesidad imperiosa de generar comunidad que resista y avance ante los posibles embates que puede tener la reactivación del conflicto, aceptando que alguna vez este ha sido desactivado. Comunidades como aquellas reunidas en torno a las asambleas constituyentes populares del Sur de Bolívar han venido haciendo esfuerzos por resignificar aquello que comúnmente llamamos “ir a la universidad”. Sobre todo, porque el modelo actual no resuelve las necesidades de la población, sino que aumenta el desgarramiento del vínculo social, generando expectativas que se centran más en lo individual y menos en lo colectivo.

Desde el Sur de Bolívar se propone una universidad que recoja los conceptos de la vida, no como un ejercicio teórico que quede en tesis, sino como un proceso que genere y a la vez reproduzca un conocimiento tradicional que ha permitido vivir en el territorio, a pesar de las adversidades que llegaron con los despojadores que han gobernado y gobiernan actualmente.

El Sur de Bolívar ha vivido todos los ciclos de la violencia del país. Pueblos como Santa Rosa del Sur o Cantagallo crecieron de la mano del desplazamiento masivo de población en la época de la violencia interpartidista, pasando por la configuración de iniciativas político-militares como el Ejército de Liberación Nacional hasta la llegada de los paramilitares a finales de la década de los 90´s. Sin embargo, es la presencia estatal la que ha marcado el rumbo de las poblaciones en la historia reciente, sobre todo cuando estas han tenido que organizarse para resistir y avanzar frente a la continua militarización de la zona, algo que va de la mano con la intensificación del conflicto. En cierta medida, como dijo un poblador en uno de los talleres que se hicieron para explorar la construcción de una universidad en la región: “La gente siempre debe ir adelante abriendo camino”.

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