Deuda externa: Odiosa y eterna

Carlos Gustavo Rengifo Arias

Imagen: Tomada de celag.org

Los Estados se endeudan para financiar los gastos del Estado y también por los desequilibrios fiscales pasados, pero, sobre todo, la condición de subdesarrollo de una nación hace más urgente este tipo de salida. En el caso de Colombia, según el Banco de la República, en el año 2000 la deuda externa ascendía a US $ 36 mil millones de dólares, 19 años después se ha triplicado, ubicándose en US $134.712 millones de dólares, unos 470 Billones de pesos, que equivalen a un 41% del PIB.

Prosperidad” al debe

Parece que los países latinoamericanos, desde su existencia como repúblicas, estaban condenados a cargar con altos niveles de deuda. Carlos Delgado Legarda, un estudioso de la independencia, señalaba que la campaña libertadora se financió acuñando monedas de cobre y billetes fabricados a mano, con donación de caballos y joyas, préstamos obligatorios solicitados a criollos y españoles pudientes, y, por supuesto, con préstamos de casas inglesas privadas que en algunos casos no se pagaron.

De ahí en adelante, muchos de los países debieron contraer más deuda para construir sus vías férreas y terrestres, y financiar la modernización del Estado y sus instituciones. Ya en la década del 70, las razones que explican el rápido crecimiento de la deuda externa tendrían que ver con la gran liquidez presentada en los mercados internacionales, causada por los incrementos en los depósitos bancarios de los países de la OPEP (Organización de los países Exportadores de Petróleo), a raíz del incremento de los precios del petróleo. Estos recursos se convertirían en fuente de financiación para países en desarrollo que necesitaban financiar proyectos de infraestructura y para banqueros de países industrializados que, con excesiva complacencia y sin el debido análisis de riesgo, patrocinaron el reciclaje de los petrodólares. Además, debido al incremento de los precios del petróleo, los países no productores se vieron en la obligación de endeudarse para adquirir combustibles.

En la década del 80, los altos niveles de endeudamiento hicieron que los países latinoamericanos se declaran en moratoria de deuda, es decir, manifestaron su incapacidad para pagar la misma. Fidel Castro, líder de la revolución cubana en aquel momento, la llamó “la deuda odiosa”, ya que esta fue negociada por las élites de los países sin el consentimiento de las bases populares, y con el objetivo de financiar un modelo de desarrollo acorde a las necesidades de acumulación de capital de las élites, razones que llevaron al revolucionario a instar a los países latinoamericanos a no pagar la deuda. Pero su propuesta no tuvo oídos.

En los años 90 contraer la deuda y posteriormente renegociarla ante la incapacidad de pagarla, implicó que a los países deudores se les condicionó el arreglo a la formulación de programas severos de ajuste en la política económica por parte del FMI, el BM y la banca internacional. Esa fue la entrada de las reformas neoliberales, como la disminución del gasto público, apertura económica y ajustes cambiarios para liberalizar más el comercio, las consecutivas y lesivas reformas laborales y tributarias, la mercantilización de la salud y la educación, y la venta del patrimonio público nacional a través de la privatización de entidades oficiales.

Deuda externa y déficit gemelos

Los actuales niveles de deuda externa son el producto de las torpes y lesivas decisiones de la élite, que produjo lo que en macroeconomía se llama déficits gemelos; es decir, una combinación entre déficit fiscal y déficit en balanza de pagos (exportaciones vs importaciones), que se retroalimentan mutuamente.

El primero empeoró con la baja de los precios del petróleo entre el 2013 y 2016 (que cayeron un 55,9%), lesionando gravemente los ingresos del Estado y haciéndolos insuficientes para pagar sus gastos. El segundo se debe a las reformas neoliberales del comercio, que han aumentado de manera importante las importaciones frente a las exportaciones, y que han producido un proceso de desindustrialización creciente y una re-primarización de la economía colombiana, al hacer depender los ingresos de la nación de las Commodities, materias primas de poco valor agregado, como energía (petróleo crudo, derivados del petróleo, gas natural, etc.), metales (oro, plata, cobre, etc.), ganado y carnes y productos agrícolas (maíz, soja, trigo, café, azúcar, algodón, etc.), cuyos precios en el largo plazo tienden a la baja.

Sumado a lo anterior, el incremento de los activos en el exterior por parte de los colombianos expresa una salida importante de divisas por valor de 44 mil millones de dólares, según el Banrepública, disminuyendo de esta manera los recursos disponibles para la nación. En este sentido, como lo señalan Federico Kucher y Pablo Wahren, investigadores argentinos, en Colombia “la deuda externa se triplicó para financiar el déficit fiscal, el déficit comercial y la fuga de capitales, aumentando no solo la deuda, sino los intereses de la misma”.

Un círculo vicioso

Según el Ministerio de Hacienda, para el 2018 el presupuesto de la nación estaba estimado en unos $258,99 billones, de los cuales la deuda se llevaría $66,4 billones (un 25% del presupuesto), prácticamente el doble, en comparación con otros sectores como educación (con $38,7 billones), Defensa y Policía (con $33,6 billones) y Salud (con $28,48 billones). Otros $35,4 billones se destinarían a inversión del Estado y los restantes $157,2 billones serían destinados para “gastos de funcionamiento”; y de estos, el mayor monto se asignaría a las transferencias, que incluyen $41 billones del Sistema General de Participaciones y $39 billones para el pago de mesadas pensionales. Como se observa, parte importante de la deuda que se contrae se usa para pagar la misma deuda.

Por cuenta de esta deuda, que aún sigue siendo odiosa, y que por sus altos niveles de crecimiento ya parece eterna e impagable, hoy cada colombiano debe, sin saberlo, unos 10,5 millones de pesos (que resulta de dividir la deuda entre cada colombiano). Y el gobierno planea que la paguemos por la vía de una nueva reforma tributaria ya avisada y que lesionará aún más los ingresos de los ciudadanos, vía impuestos indirectos y más disminución del gasto público en educación, salud y deporte.

Esto ocurre en Colombia, segundo país más desigual de América Latina, en donde el 21% de los jóvenes ni estudian ni trabajan, donde 65 de cada 100 colombianos están desempleados o en el rebusque y en donde los corruptos se roban 50 billones de pesos al año.

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