La basura de la educación

Julio Rubio

Portada del cortometraje Meu Amigo Nietzsche, por Fáuston da Silva

La imagen de Lucas frente a su profesora de lenguaje es un déjà vú. Ella sentada y erguida, diciéndole a él los pormenores de su bajo rendimiento y la poca atención en clase, reflejadas en bajas notas y la posible repetición del año lectivo. Ella lo aconseja y le propone la solución: “Lucas, ¡debes leer! ¡Lee todo lo que puedas¡” Así, Lucas de regreso a su casa en un barrio popular, inicia su labor, lee todo: señales, grafitis, panfletos y los llamados a la salvación por Jesucristo, señor. Camina leyéndolo todo. Con esta escena inicia el cortometraje de Faustón da Silva, Mi amigo Nietzsche (2012), que por esas cosas que suceden en las redes sociales se coló en uno de esos grupos de whatsapp, como un mensaje más. Pero algo tenía esta historia, algo que merecía contarlo.

En la escena siguiente, Lucas, camino a su casa, es interrumpido por la cacería de cometas, de aquellas que se caen por los fuertes vientos en el basurero localizado cerca del barrio donde está su escuela y donde viven amigos y vecinos. Apenas cae la cometa empieza el aprendizaje de los niños en el arte de la convivencia, donde no han de faltar la risa y el golpe. Aprenden que no siempre se gana la cometa. Y en el caso de Lucas, que no logra atraparla, le llega una sorpresa, preciso para su ejercicio de lectura: debajo de los residuos y sus miasmas, de tapa verde olivo y letras plateadas, emerge el libro Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche. ¿Zaratustra? ¿Nietzsche? Aquí el mensaje reta la imaginación del espectador por conocer lo que sigue.

“Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas”. Así inicia el libro y el periplo de Lucas por el mundo del filósofo, pero nadie logra explicarle quién es o qué es Nietzsche. Su madre y su padre le dicen que es una palabra en inglés, una cajera de supermercado le dice que no tiene idea, y, ante tanto desconocimiento, decide botar el libro. Pero un viejo recolector de basura, quien observa a Lucas poner el libro en su carreta, le grita y le pregunta que si él se está leyendo ese libro. El viejo le explica que es un importante escritor del nordeste del mundo, de Alemania, que el libro es complicado y que en las últimas páginas habla de fútbol, ante lo cual Lucas lo agarra para leerlas, pero el viejo le dice: léelo desde el principio, no desistas y pregunta por toda palabra que no entiendas.

Super

La imagen de Lucas frente a la profesora de lenguaje no es un déjà vú. Ella sentada y con rostro de alegría, le dice que ha mejorado su rendimiento y sus evaluaciones, ante lo cual Lucas le dice: “Evaluar, es crear, profesora. Sin evaluación la existencia sería vacía”. Ahora la maestra tiene rostro de susto y queda estupefacta con las palabras del niño. Seguido la profesora le pregunta: “¿Ya terminaste de leer el libro?”, y él responde: “Sí, tres veces”. Ahora la angustia, el miedo y la zozobra invaden a la profesora; de inmediato lo reporta al rector, quien lee las notas y el rendimiento de Lucas, confirmando su mejoría. Pero la profesora insiste y le dice al rector que mire lo que hace Lucas, que en ese momento se encuentra con sus compañeros de clase gritando a viva voz: “Superhombre, Superhombre, Superhombre”.

Nuevamente otro déjà vú. El rector ordena llamar a su mamá para reportar el comportamiento extraño, anormal y problemático de Lucas, no importa su mejoría, sus palabras filosóficas y formas de juntarse y hablar con sus compañeros, merecen llamar al acudiente, a su mamá. Una mamá que días antes también venía extrañada con su hijo, quien leía y leía su libro de tapa verde olivo y de nombre raro, y quien le preguntó una tarde algo escalofriante: “Mamá, ¿Dios está muerto?”. Y como madre preocupada, la mejor solución fue acudir al sacerdote, quien, en un llamado a Dios, pidió que el pequeño se “liberara de la oscuridad y todo mundanismo. Aleluya”. Agarrando a su hijo a la salida de la iglesia, la mamá le pregunta dónde aprendió semejante barbaridad, y Lucas inocente le responde, que la escuchó de un amigo suyo. De cuál, replica la mamá. “De un amigo que se llama Nietzsche”.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Una tarde, Lucas regresa a casa, y no encuentra en la mesa su libro; se lo pregunta a su mamá y ella, llena de amor filial, le dice: “La profesora me llamó y me habló de ese libro. Lo mandé a tirar al basurero”. El rostro de Lucas es la imagen del vacío. Y su madre sigue: “Ese libro era el Diablo. Ya nos dio tantos problemas […] Yo lo hice por vos. No te enojes conmigo. Perdóname. ¿Está bien?”. Y al mejor estilo y profundidad de Zaratustra, Lucas responde: “Mamá, todo lo que se hace por amor, está siempre más allá del bien y del mal”. Suelta las manos de su madre y sale de su casa. La escena es trágica, otro déjà : la culpa no es de la vaca, es de los libros.

Levántate

Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche regresa al basurero junto a los miasmas de las toneladas de excrementos que ahí llegan. Un libro maldito. Lucas lo sabe, y corriendo llega a la búsqueda de otro. Zaratustra le habla: “Levántate. Escúchame, también con tus ojos. Y cuando despiertes, despierto quedarás eternamente”. Otra vez una tapa verde olivo y letras plateadas aparecen entre las sobras del mundo, pero esta vez las primeras palabras dicen lo siguiente: “El trabajador nada tiene que perder, salvo sus cadenas. Trabajadores del mundo. ¡Uníos!”.

Nadie tiene razón de Lucas. Lo que dicen es que los niños siguen corriendo apenas una cometa se cae, pero mientras eso pasa, recogen libros de mil colores, a la espera de un lugar para limpiarlos y leerlos sin prisa y sin miedo. Del mismo modo, al parecer, como Faustón da Silva, hizo esta pequeña obra de arte.

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