Las redes sociales abren la puerta a las estrategias del miedo

Imagen tomada de Tablerone Cubano

Por Juan D. Suárez Gómez

Cuando hablamos de tecnología generalmente existen dos posturas enfrentadas: por un lado, están aquellos que afirman que las nuevas tecnologías son un instrumento neutro y obedecen a la voluntad de quien lo utiliza. Por otro lado, están quienes afirman que la tecnología tiene en sí misma una carga política, y que su utilización siempre estará determinada por aquellos que monopolizan su uso. Frente a lo que llamamos redes sociales, tales como Facebook, Twitter, Whatsapp o Instagram, cada quien, muchas veces dependiendo de su posición generacional, afirma o rechaza la capacidad que tienen estas redes para alterar la realidad.

Frente a estas dos posiciones, es útil identificar que puede existir una tercera posición. Esta afirma que cuando hablamos de redes sociales sucumbimos inmediatamente a la tentación de la originalidad, a la necesidad de decir siempre algo nuevo, que logre recepción y les guste a las personas que nos siguen en nuestro perfil o los grupos de charla virtual a los que pertenecemos. En esta necesidad por ir siempre detrás de la novedad, de lo que puede transmitirse inmediatamente, es donde las redes sociales dejan de lado la argumentación y el texto analítico en favor del mensaje inmediato.

Es en esta inmediatez de las redes sociales donde nació el miedo que invadió a las personas la noche del pasado 21 de noviembre de 2019, el día del paro nacional masivo que llevó a las calles a cientos de miles de colombianos como no se había visto en décadas en el país. Luego de las largas marchas bajo el sol y los cacerolazos que nacieron luego que las noticias de las siete intentaran vender los altercados de algunas marchas como lo único a resaltar del día, llegó la noche del 21 de noviembre, jueves, y con ella una jornada de miedo y terror digna de cualquier saga televisiva hollywoodense. Según las autoridades de Bogotá y Cali, miles de llamadas confirmaron el pánico colectivo que durante la madrugada invadió los conjuntos residenciales, que vieron a cientos de personas armarse con palos, machetes e inclusive armas de fuego, todo con el fin de defender la propiedad, honra y bienes de sus familias.

Venezolanos, vándalos infiltrados, la responsabilidad de la misma policía, entre otros, fueron las teorías que corrieron por Whatsapp y por Twitter y que, acompañadas de videos e imágenes, alentaron la defensa de los conjuntos. Según un habitante de Cali, durante esa noche vivieron los momentos más duros que se recuerden, como si “el miedo obligara a hombres y mujeres a sacar bates y palos, como si nos hubieran puesto a todos de acuerdo sin darnos cuenta”.  Luego de un paro que logró sacudir por primera vez nuestro horizonte de lo que es posible hacer en común en nuestro país, llegó el miedo a los vándalos y saqueadores como una forma de recordarnos que las masas pueden ser nuestro refugio para construir sentido en una protesta, pero al mismo tiempo y con el miedo infundido, las que nos pueden quitar un pequeño privilegio, una pequeña propiedad que nos hace creer que los precarios, los pobres, son los de afuera.

Este pequeño pasaje de terror que invadió comunidades de Cali y Bogotá es una fisura por la que podemos preguntarnos: ¿Son las redes sociales un espacio que nos hace más libres? ¿Solo basta con comunicarnos más para estar mejor informados? Aunque las respuestas a estas preguntas puedan ser disímiles, este tipo de olas de pánico que vivimos en el paro del 21 nos demuestra que la necesidad de lo inmediato nos hace perder la distancia necesaria para hacer una valoración colectiva de las noticias que llegan.

Algo similar sucedió con lo sucedido en la Universidad de Antioquia el mismo día del paro en la noche, cuando estudiantes ocuparon la universidad luego de la marcha como un refugio ante el acoso y la agresividad que el ESMAD esgrimía, como es la naturaleza de ese cuerpo policial. Sin embargo, entrada la noche empezaron a circular noticias que denunciaban cómo la sede principal de la universidad estaba siendo saqueada, y lugares como la biblioteca y los laboratorios estaban siendo vandalizados en una especie de ataque coordinado contra la institución. Al pasar la medianoche, y luego de la verificación de ciertos medios de comunicación alternativos, se comprobó que la alarma lanzada había sido falsa y la sede principal de la universidad ya había sido desalojada con la ayuda de organismos de derechos humanos. 

Este tipo de escenarios, donde las redes sociales pueden configurar sentimientos masivos de aprensión y miedo, se multiplican cuando la conflictividad social llena las calles. Desde que el malestar iba, creciendo antes del paro, el gobierno Duque empezó a vender una idea de violencia que dominaría la lógica del paro del 21 de noviembre, inclusive promoviendo videos con encapuchados y entrevistas con “ex encapuchados” arrepentidos que describían cómo se ejercía la violencia desde las sombras. En este caso, los algoritmos que nos redirigen estas noticias falsas se convierten en armas de destrucción informativa con alcance para llegar a cada individuo en la intimidad de su pantalla.

Es difícil decidir hasta dónde las redes sociales potencian o limitan los procesos de escalamiento de los conflictos políticos, pero sí es indudable que nuestra propia forma de pensar, la manera que nos figuramos lo que está sucediendo en el mundo pasa por las pantallas individualizadas que cada uno consulta infinidad de veces al día. Aunque esa idea de las “noticias falsas” no sea nueva, sino simple continuación de la vieja connivencia entre los medios y el poder, sí es novedoso que estas noticias prefabricadas se sucedan, una tras otra, inclusive el mismo día, tal como se nos presentó en las jornadas del paro de este noviembre. Esa mezcla de noticias falsas, miedos, prejuicios sociales y una hiper-comunicación digital omnipresente pueden ser una herramienta poderosa para contrarrestar los ciclos de protestas que se abren en una Colombia que parecía destinada a ser el rincón más sepulcralmente estable de Latinoamérica.

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