Para eso está ella

Respiro, Pintura de Shirley Alzate Orjuela

Por Anyela Heredia

Es pequeña, menos de 1,50 mide; se levanta a las cuatro de la mañana para preparar el almuerzo de sus dos hijos, el suyo y el de su marido. Es ágil, a las cinco ya le ha dado de comer a los pájaros, trapeado el baño, se ha planchado el pelo, se ha maquillado y está, impecable toda ella, lista para salir a coger el bus que la llevará al trabajo. Llega antes de las seis, pone a calentar el agua para preparar el tintico del personal administrativo y comienza la ronda de salón en salón.

El paisaje: sillas desordenadas, papeles, aserrín, migajas de pan o de galletas y uno que otro charquito sospechoso, producto de uno de esos “accidentes” en los que a alguien se le regó la bebida y decidió no hacer nada al respecto porque pensó que “para eso están las del aseo”. Así transcurre una buena parte de la mañana, limpiando además inodoros manchados de zapatos, recogiendo papeles tirados al margen de las papeleras, trapeando charcos y organizando una a una las sillas para que profesores y estudiantes encuentren las aulas impecables.

A mediodía, solo 15 minutos para el almuerzo y una estiradita de piernas; llega la tarde y vuelve el vaivén de sillas, papeleras, escobas y traperos hasta las seis que termina la jornada. Y de nuevo la carrera para coger un puesto vacío en el bus, llegar casi a las siete de la noche al barrio, comprar lo que haga falta para la comida y el desayuno y poner el arroz para que esté calientito cuando lleguen los hijos y el esposo a comer. Prende el televisor, ve los titulares de las noticias y en las propagandas les da una mirada a los cuartos, recoge la ropa sucia que encuentra por ahí, limpia la mesa, sacude la tele y lava los trastes que encontró sucios porque a ninguno se le ocurrió lavar la loza después del desayuno, ninguno en la casa tiene tiempo, todos tienen que salir a trabajar o a estudiar.

De a poquitos van llegando, todos cansados, con la expectativa de qué habrá para comer, “mija, usted sabe que a mí no me gusta la cebolla en la ensalada”, “¿hay más juguito, ma?”, uno a uno los atiende, les recoge el plato, escucha las anécdotas del día, le acaricia el pelo a la hija menor y le dice que pronto hay que cortárselo y que por favor “le ayude” a recoger los trastes; ella, a regañadientes, los recoge, no sin renegar, pues por qué al hermano si no le dicen nada. Del padre, ni hablar, el sí que llega cansado del trabajo.

Y pese a todo, se siente privilegiada, es la única de cuatro hermanas que tiene los fines de semana libres. Por eso el sábado puede ir a la plaza, arreglar la casa, lavar la ropa y hacerse la manicura. El domingo es sagrado, madruga para llevar a la mamá octogenaria a misa, le arregle la casita, el jardín y recibe las visitas (entre ellas, los hermanos, uno que otro sobrino, el marido y los hijos que almuerzan los domingos donde la abuela). A eso de las seis de la tarde vuelven a llegar a la casa, ella prepara una meriendita ligera para todos y termina justo a tiempo para recostarse en un sillón y levantar las piernas mientras ve “séptimo día”. Cada semana es igual, excepto el día de la madre, y el de los cumpleaños, esos días sí se deja atender, que la lleven a almorzar y se tomen los guaritos en su nombre.

A diario, millones de ellas recogen las palomitas de maíz regadas por el suelo en los teatros, los papeles, los desperdicios y las toneladas de plástico tiradas en las calles por los turistas y los transeúntes “desprevenidos” y aparentemente incapacitados para hacerlo distinto, son millones de ellas cuidando a los enfermos y a los nietos en la casa, preparando los almuerzos escolares, cocinado a diario las cocas para que sus familiares lleven el almuercito fresco. Son millones sirviendo los tintos y los vasitos de agua a los empleados de las oficinas, recogiendo el desorden de todos, limpiando la mugre que tu, yo y todos, sin distinción de clase, de raza o de género, dejamos irreflexivamente a nuestro paso porque “para eso están ellas”.

Olvidamos que también están allí para ser reconocidas, respetadas, para darles su lugar, no para “ayudarles” en las labores que son responsabilidad de todos y todas. Olvidamos que también tienen derecho a vivir sus vidas, a sentirse cansadas y a descansar. A ser dueñas de sus propios cuerpos, a estudiar, a capacitarse, a decidir, si así lo quieren, no tener hijos ni marido.

Mucho se habla hoy de la economía del cuidado, pero nunca se cuantifica, no entra en los presupuestos del común de la gente y mucho menos del Estado, poca conciencia nos asiste cuando de ese tema se trata. Pero llega el 8 de marzo y les regalamos flores, les llevamos chocolates y las llenamos de “palabras bonitas”, pues supuestamente, como diría el Charro mejicano Vicente Fernández, las mujeres son tan divinas que “no queda otro camino que adorarlas”.

Libertada, Pintura de Shirley Alzate Orjuela

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