El gran experimento

Ilustración Huho

Por Anyela Heredia

En estos días en que un virus nos obliga a migrar a la virtualidad a estudiantes y maestros, preocupada por saber cómo afrontan los jóvenes esta situación les pregunté a mis estudiantes qué había implicado para ellos la cuarentena, y, para mi sorpresa, una de ellas respondió: “Profe, yo realmente no sabía que mi estilo de vida se llama cuarentena”.

Estamos hablando de una generación que creció sin sentir la necesidad de salir a la calle a jugar, y si la sintió, no pudo disfrutar de ese placer porque sus padres, presas de la situación de orden público o del temor de dejar salir a sus hijos a una calle llena de peligros y automóviles, no los dejaron. Una generación privada de corretear en el monte, bañarse en un charco, hacer caminatas de horas enteras descubriendo el mundo. En su lugar, los chicos han crecido rodeados de computadoras, smartphones, tablets, teatros en casa, centros comerciales, etc. Son pocos los que se atreven a conquistar la calle, pues hacen deporte en los gimnasios o en la misma casa, y si caminan 20 minutos están exhaustos.

Muchos de esos chicos pueden pasar cinco o seis horas sentados frente a una computadora jugando a la guerra, a la aventura o al amor en sus videojuegos. Se comunican con su entorno vía facebook y whatsapp; en la escuela, todo lo resuelven mediante aplicaciones, Google, traductores, calculadoras y bibliotecas en línea; y son millones de ellos a quienes les cuesta inmensamente comunicarse con sus semejantes frente a frente, expresar sus ideas, sus sentimientos, sus opiniones. Pero, eso sí, son unos genios del twitter, opinan sobre lo humano y lo divino en el ‘face’ y su autoestima depende de un nivel de aceptación que se mide en “me gusta” y un número infinito de amigos anónimos.

No obstante, a esta generación todavía le aterra la idea de tener que quedarse encerrada en casa, y a la nuestra, ni se diga. Pero, ¿qué pasará con la generación del 2020? Esa generación que crecerá con la “certeza” de que no es necesario salir de la casa para ir a trabajar y mucho menos para ir a la escuela. Una generación que volverá a experimentar el miedo de quienes vivimos la guerra fría, atemorizada por la inminencia de las guerras biológicas o de esa especie de venganza planetaria que amenaza con pandemias y catástrofes ambientales de gran escala, que, a la postre, exigen el cierre total de las fronteras y el encierro en las cuatro paredes de nuestro hogar.

Estamos viviendo uno de los experimentos más grandes y de mayor impacto de la humanidad; los genios de la tecnología llevaban años vendiéndonos la idea de que podíamos trabajar desde la comodidad de nuestra casa y por fin se dio el milagro que hizo que todos, al unísono, clamáramos porque nos mandaran a trabajar desde allí. El teletrabajo ha ido convirtiendo a millones de empleados en ‘trabajadores independientes’, y en ‘pequeños empresarios’. Pero en mi ciudad eso de trabajar en casa comenzó con el cierre de las grandes fábricas, así miles de mujeres dejaron de trabajar para los emporios de la confección, con contratos a término indefinido y todas sus prestaciones sociales, y pasaron a ser “microempresarias”, recibieron créditos para comprarse una, dos y hasta seis maquinitas y le dieron trabajo a una que otra vecina o a sus familiares, asumiendo los costes que antes eran obligación de las empresas (el alquiler, los servicios públicos, el mantenimiento de las máquinas, el pago de la seguridad social, etc.). Algo que para muchos es secundario, si se tiene en cuenta la ventaja de quedarse en casa para cuidar de los hijos y continuar asumiendo las tareas domésticas.

Hoy, pese a las incomodidades de la cuarentena y a la precariedad del empleo en que nos sume el remesón económico de parar las industrias y frenar el consumo, los privilegiados somos los que tenemos una computadora con acceso a internet, porque podemos conectarnos con el mundo y continuar trabajando o estudiando desde la casa. Y ese es un hecho que quedará grabado en el adn social de las generaciones que vivimos la pandemia.

A partir de aquí, serán muchos millones más los que vivirán con el miedo de enfrentar al otro en la calle, el miedo a ser contagiados y a relacionarse con los demás. Convencidos de que, si te quedas en casa, no hay peligro, y, además, no hay bullying… Afuera el mundo es rudo, pero enfrentarlo detrás de la pantalla y desde el anonimato de un avatar o gamertag, como se le llama al alter ego de los jugadores de videojuegos, es muy fácil.

Pero no es solo que juguemos, trabajemos o estudiemos a través del pc. Por estos días, los genios creativos han estado mostrándonos y produciendo una cantidad inmensurable de “experiencias” online. Y muchos (hasta ahora reticentes a tecnologizar toda nuestra rutina) nos hemos visto abocados al descubrimiento de las numerosas aplicaciones y servicios tecnológicos que se nos ofrecen: para dar clases, para comunicarnos con nuestros familiares y amigos, para hacer mercado, realizar transacciones en línea, mantenernos en forma, educarnos en infinidad de temas, tener acceso a toda la literatura que queramos, a los espectáculos que hasta ahora nos habían sido vedados, a entrar a los museos y las bibliotecas más famosas del mundo, y todo desde la comodidad de nuestra casa.

Hace casi veinte años escribí una pequeña obra de teatro en la que el protagonista vive feliz en las cuatro paredes de su casa, con una maquinita que lo despierta, lo baña, lo viste, lo alimenta, y en una especie de realidad aumentada vive la nostalgia de los paisajes y de los encuentros efímeros con el mundo. Pero cuando un día, presa de la rutina y el aburrimiento, se decide a salir, no encuentra nada, solo un mundo desolado y triste y una maquina que lo devuelve a casa y lo consuela.

Muchos son optimistas respecto a lo que pasará después de la pandemia y piensan que seremos una sociedad mejor y más consciente de su consumo, que sabrá valorar el contacto, las personas y el medio ambiente. Yo, en cambio, temo que pase justamente lo contrario: que consumamos cada vez más tecnología en detrimento de nuestras relaciones interpersonales, de la solidaridad y del amor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s