¿A quién vamos a ofrecer en sacrificio?

Imagen tomada de bqpensa.blogspot.com

Juan D. Suárez Gómez

Desde hace algún tiempo he venido siendo testigo de un hecho particular: la creciente necesidad que ha surgido en personas jóvenes y algunas no tan jóvenes por cortar de raíz la posibilidad de tener hijos. Esto lo he observado sobre todo en hombres jóvenes, algunos aún en sus tempranos 20s y que no tienen ningún reparo en proclamar a todo aquel que pregunte que finalmente se han hecho la vasectomía. Más allá del cuestionamiento de una decisión personal que puede concernir solamente al fuero individual, lo que me parece sorprendente son las razones que las personas ofrecen para realizarse este tipo de procedimientos: “es que somos muchos y no quiero ayudar a arruinar este planeta”.

Este argumento tan corto como contundente para aquellos que lo expresan, esconde unas premisas que socializan las culpas de nuestro desastre ambiental y esconde tras de sí aquellos verdaderamente responsables por décadas de industrialización desaforada, utilización de combustibles fósiles y crecimiento incontrolado de la desigualdad social. Hemos llegado a la conclusión que como especie y ante la crisis continua de nuestra civilización, lo mejor es interrumpir nuestra presencia de manera definitiva sobre la superficie del planeta. Algún despistado podría decir que se ha consolidado un nuevo género cómico promovido en las redes sociales: el ecofascismo, una cultura del desastre y la salvación individual que se ha instalado entre nosotros.

Un video de unos osos de anteojos que se pasean por una finca de La Calera, cerca de Bogotá, inundan las redes sociales, extendiéndose por Twitter, Facebook y WhatsApp. De igual forma ha pasado con los delfines en la bahía de Cartagena, los azulejos en la zona urbana del Valle de Aburrá o inclusive peces en los canales de Venecia. Todos esos videos son acompañados de una premisa que inclusive con la actual pandemia del SARS-CoV-2 se ha reforzado aún más: “los humanos somos la verdadera plaga del planeta”. Este tipo de argumentación se hace aún más fuerte ante la creciente pandemia y el confinamiento, pues algunos animales y ecosistemas muestran una aparente recuperación que no era posible cuando estábamos en la “normalidad” pre-pandémica. Un ejemplo claro es la situación de China, que según la BBC ha bajado un 80% sus niveles de contaminación en torno a Wuhan, la ciudad donde se originó primero la pandemia.

Esta afirmación de que el ser humano es una plaga incontrolable esgrime un razonamiento que no está muy alejado de la “solución final” o la esterilización masiva de mujeres indígenas que ocurrió en el Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori, que esterilizó, entre los años de 1996 y 2001, a más de 300.000 mujeres sin su consentimiento, en su mayoría indígenas. Ante este último ejemplo ya no parece tan inocente aquello de decir que sobramos en el planeta. Esta forma de pensar que identifica nuestra crisis en su origen como un exceso de seres humanos parte de la idea de que existe una población sobrante, o como nos gusta decir en Colombia, “desechable”.

Inclusive el conocimiento popular ha llamado la actual pandemia como una venganza del planeta contra aquellos organismos que la han afectado en gran manera: los humanos. Gaia, nuestra tierra, se venga de nosotros por la manera en que la hemos tratado. Sin embargo, este tipo de expresiones no solo muestran una falta de sensibilidad frente a las personas que están sufriendo las consecuencias de la enfermedad COVID-19, o que sus familiares se encuentran en una unidad de cuidados intensivos. Inclusive muchos argumentarán que aquellos que sobrevivan al virus lo harán por méritos, porque fueron capaces de quedarse en sus casas y guardar una cuarentena como dios manda. Sin embargo, guardar esta cuarentena exige tener por lo menos unas mínimas redes de bienestar y confort personal que no disfrutan muchos de los que sufren las peores consecuencias. Entender este elemento, más que condenar los que rompen la cuarentena, sí exige de nuestra parte construir los medios para que la solidaridad entre aquellos que se vean más afectados crezca como un vínculo de protección. Esta pandemia ha demostrado que nuestra idea de que los bienes son escasos y que esto determina los precios es un argumento tan frágil que no aguanta el mínimo análisis. La escasez en el capitalismo es artificial y la razón que no alcance para todos es que las ganancias en el actual modelo dependen de la privatización de lo que mínimamente necesitamos para vivir, ejemplo: un sistema de salud que favorece al intermediario, aquel que llamamos EPS.

Este tipo de pensamiento que tanto ha hecho mella en la izquierda, y que habla de que entre más grave sea la crisis mayor será el nivel de concientización, no es más que un espejismo sicologista. Los cambios sociales no vendrán de la mano de los efectos del SARS Cov-2, como si entre más sufrimiento más fácil nos diéramos cuenta de los errores que como especie hemos cometido. La revolución no vendrá de la mano del virus, ni de nuestra concientización como especie luego de esta larga noche de cuarentena. El producto real de esta cuarentena será empobrecimiento y pérdida de poder social por parte de aquellos que sufrirán los despidos masivos y el endeudamiento incontrolado que planean los malos gobiernos en favor de las finanzas. Ahora que nos asomamos al desastre encerrados en nuestras casas, por lo menos aquellos que podemos, se nos abre un escenario en el que debemos dar respuesta al enorme sufrimiento social que crece ante nuestros ojos. El virus que nos ha llegado funciona como un lente de aumento para mostrar de manera más precisa que la elección que nos queda es entre cooperación o extinción. Y si no es así ¿A quién vamos a elegir entre los que “sobren” para que muera?

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