Biografía del Girasol silvestre

“Bandada de girasoles”, Pintura de Jorge Martínez

Por Jhonny Zeta

Toda su vida ha escuchado el mundo con los ojos bien abiertos. Seguro que sus amigos piensan en él como un estudioso avezado y curtido en la sociología cotidiana y antiacadémica, esa que le permite navegar en el asombro de las perplejidades del mundo simple o llano, sagrado y burdo que es su literatura. No necesita grandes esfuerzos para perfilar los personajes de su prosa, ni de su poesía, ellas, ellos, la fauna doméstica y silvestre se ofrecen a sus lectores y seguidores de Facebook de manera desamañada y sincera:

En esta pausa de 40 días he leído mujeres muy activas contando que están haciendo en cuarentena, y los hombres muy callados, será producto del miedo… Comparto un poco de lo que vengo leyendo desde ayer de mis contactos femeninas: “Día dos de cuarentena y se me quemó el vibrador. No he vuelto a peinarme porque cerraron el salón de belleza. Día tres de cuarentena y estoy comiendo pastas. Día dos y estoy viendo porno. Día dos de cuarentena leo el tarot a quien esté interesado. Día dos de cuarentena y mi prueba de embarazo dio negativo. Día tres de cuarentena que no falte la yerba marica. Día tres de cuarentena estoy haciendo croché a toda velocidad”.

Hijo menor de Genoveva y Alejandro, hizo de su infancia una fiesta andando mangas, pescando y siguiendo a los indígenas quebrada arriba, en la vereda El Guineo de Apartadó. Nació con el pie izquierdo torcido y la escuela le quedaba a hora y media de camino, entonces sus padres le enviaron a otra vereda lejana: Tierradentro, del municipio de Bello, donde terminó sus estudios. A los 25 años le diagnosticaron una distonía multifocal. Con las nuevas condiciones de salud alcanzó a llegar hasta el segundo semestre de psicología social, fue cuando se dedicó de lleno a cuidar gallinas, sembrar coles, auyamas, maíz y cebolla, que salía a venderle a los vecinos.

Y sin esfuerzo, el que escribe lo que siente, porque siente lo que escribe, no planea ni corrige su pensamiento ni el pulso de su mano, extensión de su corazón:

No vuelvo a tomar aguapanela para irme a dormir, tuve una pesadilla que aún me produce escalofrío. En la pesadilla una mujer hermosa se había enamorado locamente de mí, todos los días en la mañana me compartía una canción de Ricardo Arjona… Yo que denigraba de Arjona y una mujer hermosa me quiere conquistar con sus cancioncitas. Como yo soy tan débil a los encantos femeninos desperté de la pesadilla cantando una canción de ese señor.

Desde las primeras inquietudes por la escritura hasta ahora, el motor de su inspiración han sido las mujeres. Plasmaba sobre el papel su sentir hacia alguna chica, envolvía los escritos cuidadosamente en una hoja de bijao y lo ataba con una tira del tronco de la hoja de banano. Hacía la entrega del “tamal” sin dar explicaciones.

Su gusto por la literatura floreció alrededor de espacios y talleres del municipio como el taller literario Sala del Agua y la Tertulia del Ángel, en la Casa Comunitaria de la Cultura y en un bar llamado Mandala, Café-Libro, punto de encuentro de artistas y de la bohemia bellanita de principios de siglo. Le gusta leer a Stefan Zweig, Pesoa, Elí Ramírez, Barthes, Baudelaire, Henry Miller y Bukowsky. No tiene afán ni sed de publicar, pero algunos textos suyos aparecieron en el periódico de Unaula, el libro Raíz de 5, de Comfenalco y en la Revista Quitasol. Cuando lo presentaron en el bar, dijo que tenía por oficio ser agricultor, que le gustaba mucho sembrar girasoles. Quedó bautizado: Alex Girasol.

A la chicha le atribuye un sentir mágico, la prepara con maíz, albaca, cilantrón y marihuana. A veces cultiva “La dama de cabellos ardientes, como nombraba Barba Jacob al cannabis; hace fiesta, le canta y le escribe cuando germinan los primeros brotes y cuando sale la cosecha para compartir con sus amigos.

Me llama el dueño del galpón de gallinas desde un alambrado con buen aire en sus pulmones ¡Girasol!, ¿voy a comprar cuido, va a mercar? Tan inocente mi madre pensó que se hacía referencia a comida.

Es de los seres que nació para abrir muchas puertas cuando se le cierra alguna. Sufrió un accidente tomando un colectivo, el conductor no esperó y arrancó, tumbándolos a él y a su padre, contra el pavimento. En la audiencia, la abogada de la aseguradora les dijo de manera enfática que no valían nada porque estaban muy viejos, el padre quedó casi ciego y él tuvo una lesión de columna. Vendió las gallinas, una vaca y un ternero, sumó el poco dinero que le reconoció el seguro y se fue de viaje a la Guajira con su gran amiga Cristina Azul, por quién manifiesta un aprecio inconmensurable. Con ella conoció Santa Marta, Palomino y Mayapo.

En febrero retornó con su padre a Urabá para realizar unas diligencias, visitaron la vereda que lo vio nacer, se le encendió de nuevo la alegría al reencontrarse con la quebrada. Los peces de su niñez todavía estaban ahí.

En su muro de Facebook aparecen publicadas de tanto en tanto sus vivencias y ocurrencias, girando en dirección de la luz que percibe quien sabe detenerse, mirándonos con asombro y naturalidad. A través de su escritura se lee la esencia de las simples cosas.

Los amores escritos en la piel son efímeros. La chica que va conmigo en el puesto del colectivo no la conozco, pero en su brazo izquierdo leí algo de su historia de amor: “Migu t amare tod la vida”. Miguel te amaré toda la vida. Le timbra el celular, y esta muchacha en tono enérgico dice “no güebona, ése marica ácido de batería no me hizo ni chimba, apenas me borró unas cuantas letras, esta noche me hecho más ácido, esa gonorrea lo borro como sea de mi piel”.

Ésta noche haré una oración que me enseñó mi abuela para que el ácido de batería borre hasta la última letra de la piel de esta mujer.

Las abuelas son un divino tesoro. Nieto o nieta que no ame a su abuela que se lo lleve la peste.

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