Somalia: la deconstrucción geopolítica de un Estado

Por Álvaro Lopera

Imagen tomada de rtve.es

La moda geopolítica imperialista en el marco de la Guerra Fría –posterior a la segunda guerra mundial-, fue propiciar y crear Estados fallidos. En África se instauró inmediatamente se iniciaron los procesos de liberación de las antiguas colonias europeas, por allá en los años 60. Este hecho lo registró la historiografía occidental como prueba de la incapacidad de estos pueblos para erigirse como Estados modernos. La herencia colonial que aún subsiste en África no ha sido superada, en parte por las innumerables fronteras políticas e ideológicas que los colonialistas crearon adrede sin tener en cuenta aspectos históricos, antropológicos, sociológicos y poblacionales del continente. Sobrevendrían múltiples conflictos después de que la bota europea abandonara o fuera expulsada de sus antiguas colonias.

África se libera

Las colonias africanas, después del nacimiento de la ONU en 1945, se lanzaron a la carrera anticolonial apoyadas por las fuerzas socialistas que emergieron a la palestra geopolítica. Posteriormente fueron aupadas por la revolución cubana de 1959. Cerca de 40 países africanos se independizaron de las potencias europeas a lo largo del siglo XX, y entre ellos estaba Somalia, la cual ahora se divide en tres territorios que no terminan de unificarse: Somalilandia (autoproclamado en 1991 sin reconocimiento ninguno, tiene constitución, moneda propia y presidente), Puntlandia (constituido en 1998 como Estado autónomo), y Somalia.

Somalia, país de 14 millones de habitantes, en donde la etnia somalí representa el 92% de la población, se encuentra ubicado en el costado oriental del continente negro, en la región que se conoce como el Cuerno Africano. Su posición geográfica, con 3.025 kilómetros de costas, es inmejorable, pues desde allí se puede ejercer el control del transporte marítimo por el océano Índico y por el mar Rojo, por donde se mueve la mitad del transporte mundial de contenedores y el 70% del tráfico total de productos petroleros. La superficie de Somalia es de 637.000 kilómetros cuadrados, y goza de grandes riquezas minerales –uranio, hierro, estaño, bauxita y cobre–, además de recursos fósiles aún inexplotados.

En 1959 alcanzó la independencia uniendo dos territorios: la colonia italiana del sur y la colonia británica del norte. A partir de allí hubo un gobierno nacional que con gran inexperiencia no unificó el país y fue derrocado en 1969 por civiles marxistas y militares nacionalistas. La jefatura del gobierno la asumió entonces Mohamed Siad Barre, quien lideraría dicho país hasta 1991, año en el cual fue depuesto después de 3 años de hambruna y guerra civil.

Barre se acercó en los inicios de su gobierno a la Unión Soviética y a Cuba, y tuvo importantes avances sociales, educativos y económicos, así como la consolidación de una lengua oficial. Pero en 1977 se embarcaría en la desastrosa aventura pronorteamericana de atacar Etiopía, en el marco de los diálogos impulsados por Cuba para liberar, a favor de Somalia, una región de la Etiopía somalí denominada Ogadén.

El papel de Estados Unidos

La Guerra Fría, impulsada por el gobierno norteamericano, intentaba impedir que la extinta Unión Soviética alcanzara puntales geopolíticos en cualquier parte del mundo. El gran gestor de la guerra contra Etiopía –Estado que tenía excelentes relaciones con la URSS– fue Henry Kissinger, ocasionando el alejamiento del campo socialista y el advenimiento de la política norteamericana al país. Después de esa conflagración, Somalia caería a mínimos sociales y económicos que desencadenarían la posterior hecatombe política.

Sobrevendría la balcanización del país a partir de guerras interminables. Estados Unidos, ansioso de posicionarse, desplegó en el seno de ese caos una actividad presuntamente humanitaria, que nos fue mal contada en la película “La caída del Halcón negro”, en donde la operación Restore Hope –Restaurar la Esperanza– de 1992 se nos muestra mentirosamente como la gran ayuda al pueblo somalí de parte de la potencia que había desencadenado el desastre que se mantiene hasta el día de hoy.

Divide y reinarás

Somalia, país de llanuras y mesetas semiáridas, con algunas altitudes que le dan refresco a muy poca población, siempre ha tenido problemas climáticos, ahora agudizados con el cambio climático mundial. A las guerras se le han sumado implacables sequías de muchos años. A la división del país que le impide tener una economía centralizada y productiva, se le agrega la explotación inclemente de los mares por parte de las pesqueras extranjeras, que lo hacen hasta con explosivos y sin respetar la preservación de especies.

Conocemos por la prensa internacional al pirata somalí, aquel que “ataca las embarcaciones extranjeras”, pero por ella no conocemos que el pueblo muere de hambre y sed a pesar que el pescado viaja para ser consumido en otras latitudes, y que, producto del desgobierno general y la falta de control territorial, las potencias extranjeras aprovecharon hasta la saciedad –desde principios de este siglo– el desorden para convertir las costas somalíes en basureros tóxicos y radiactivos. Estos fueron conocidos públicamente en 2005, gracias a un tsunami que tiñó las costas de un color naranja y agregó enfermedades innumerables y desconocidas. La prensa informó del color, pero no explicó la causa.

El pueblo somalí asiste impasible al espectáculo de la muerte: con una hambruna generalizada y con 2,6 millones de desplazados internos obligados a vivir en más de 2.000 albergues miserables, sin los mínimos de higiene; con un analfabetismo de más del 90% y con una economía basada en el pastoreo, la ganadería y en pequeñas exportaciones a los países vecinos, y un servicio de salud inexistente,

Los señores de la guerra pertenecen a tres vertientes fáciles de identificar: el gobierno que pretende unificar el país a cualquier costo, apoyado por la misión de la Unión Africana (AMISON); la guerrilla rural al-Shabab (La juventud, en árabe), leal a al-Qaeda desde 2012, hija de los nacionalistas Tribunales Islámicos surgidos en 2006, que lucharon incansablemente por expulsar al invasor gringo, y Estados Unidos que, con cinco bases militares, 800 asesores y el comando AFRICOM, participa directamente en la “guerra contra el terrorismo” -¿les suena?-. Su presidente Trump, en 2020 y en medio de la pandemia del coronavirus, está haciendo de las suyas, lanzando sobre la población somalí tantos bombardeos que, sumados, superan todos los que Obama autorizó en su mandato de ocho años.

Somalia no es un Estado fallido como pregona la prensa extranjera, es un Estado desarticulado íntegramente por Estados Unidos, cuyo interés estratégico es mantener el caos controlado en el Cuerno Africano, el mismo que es y ha sido un oscuro objeto del deseo de todas las potencias imperialistas.

Ataque con coche bomba en Mogadiscio el 28 de diciembre de 2019, Foto: atalayar.com

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