Y al final, vinieron por todo: La pretendida anexión de Cisjordania

Por Álvaro Lopera

Imagen: Historia del despojo de Palestina,
tomada de solosequenosenada.com

La coalición de gobierno israelí, establecida por dos corrientes altamente reaccionarias, la del actual primer ministro Netanyahu y la del ahora socio Benny Gantz, tiene como eje central no solo la anexión de Jerusalén Este, zona invadida desde la guerra relámpago de 1967, sino también la anexión del 30% de Cisjordania -todo con la ayuda de su socio Trump-. De esta manera dejará al pueblo palestino en la inopia territorial, reducido a pequeñas zonas inconexas (bantustanes) donde ni producción propia ni autoridad nacional ni unidad alguna como país puede llevarse a efecto.

Repetidamente a Palestina se le ha negado la posibilidad de ser una nación. Desde 1948, año en que se inició el proceso de creación del Estado de Israel en tierra palestina, entregándole el 56.47% de los 27.000 kilómetros cuadrados de la superficie histórica y sin nacer al mismo tiempo la nación palestina, el proceso de robo de tierras por parte de Israel ha avanzado a pasos agigantados. Esto ha impedido el nacimiento de una identidad geográfica donde retornen los millones de refugiados de la diáspora palestina principalmente originada por el repetido proceso de masacres, guerras injustas y por el impulso de asentamientos israelíes en tierras invadidas.

Un poco de historia

El alegre pueblo árabe palestino, campesino, artesano, comerciante, constructor, albergaba en su seno una incipiente clase obrera de la industria textil a finales del siglo XIX. Mil aldeas, entre ellas las florecientes ciudades de Jerusalén, Haifa, Gaza, Yaffa, Nablús, Acre, Jericó, Ramle, Hebrón y Nazaret, vivían tranquilamente en esa tierra vituperada por los imperios: el siniestro invasor otomano habitaba allí hacía cuatro siglos con la cobarde colaboración de los terratenientes feudales.

Los olivares, ¡ah, esos olivares ahora derruidos!, cubrían gran parte de la tierra cultivada. Esas plantas que producen después de 24 años de ser sembradas, eran su sombra, su alimento, su comercio, a la que se sumaban los cereales y los limonares. El agua del valle del río Jordán abastecía los canales de riego que surcaban todo el territorio.

Mientras ellos se dedicaban a vivir plácidamente con sus vecinos judíos que habían recibido con los brazos abiertos hacía varios siglos, el mundo del interés dinerario hacía planes estratégicos. Theodor Herlz, el padre de la nación sionista, ya había pensado, conjuntamente con los banqueros Rotschild, dónde albergar a los judíos dispersos por el mundo, después de descartar el Consejo Mundial Judío de 1897 a Argentina y Uganda. En su mente se dibujaba la tierra palestina como el objetivo a conquistar, con una solución parecida al genocidio armenio realizado por el imperio otomano en la Primera Guerra Mundial.

Después de la Primera Guerra Mundial, en la que participó el pueblo árabe para expulsar al invasor otomano conjuntamente con los ejércitos occidentales con tal de que, derrotado este imperio, la tierra palestina fuera entregada a sus legítimos dueños y sus fronteras estuvieran debidamente establecidas, todo se vino abajo con la traición de Gran Bretaña. Este país lanzó al mundo geopolítico la declaración Balfour, o lo que es en sí mismo la puesta en escena de los acuerdos previos con el capital sionista que desconocían el derecho palestino.

Israel nació con sangre en las manos desde el momento mismo de su fundación. Más se demoró el parto que el inicio de las masacres contra las poblaciones inermes palestinas para crear el terror suficiente que se encargaría de vaciar los territorios entonces reconocidos por las Naciones Unidas. Los hechos terribles fueron nombrados por los palestinos como la NAKBA, que significa tragedia.

Las restas sionistas

La expropiación de territorios de la mano de la guerra y de las innumerables violaciones de derechos humanos, acompañada por una ONU laxa, apegada a la industria del holocausto bien explotada por la propaganda israelí y denunciada por el judío antisionista Norman Finkelstein, ha dejado exhausta la posibilidad de que Palestina sea una nación. De 56.47% de la superficie reconocida ilegalmente por la ONU en 1948, Israel pasó a tener bajo su posesión el 77% de ella. Y eso que el resto de superficie, o sea, el 23%, no lo administra autónomamente la Autoridad Palestina.

Conforme al “proceso de paz” de Oslo de 1993, Israel transfirió 40% de Cisjordania al control total o parcial de la Autoridad Palestina. Pero eso es solo el 10% del territorio y son pequeñas parcelas aisladas y rodeadas, a lo que se le suma la prisión más grande del mundo: Gaza, la cual está dirigida por el grupo político-militar Hamas, ajeno a la Autoridad Palestina. Esta, con solo 365 kilómetros cuadrados, alberga cerca de 2 millones de habitantes, casi todos en refugios, muy empobrecidos y atacados permanentemente por la potencia colonial que los utiliza como conejillos de indias para experimentar con ellos los avances de sus modernas armas.

La “autonomía” palestina se reduce solo al 11% del territorio histórico. El otro 12% que aún no ha sido robado, es vigilado permanentemente por soldados israelíes en puntos de control, amén de las múltiples vigilancias que se dan en las garitas del muro de separación construido desde principios de siglo y que cuenta con 700 kilómetros de longitud.

El pretendido golpe final

Se aplazó la votación del gobierno sionista el 1 de julio sobre la ilegal anexión del 30% de Cisjordania, incluido el Valle del Jordán, que dejaría a Israel como poseedor de cerca del 84% del territorio histórico. La decisión fue, en parte, por el rechazo mundial a esta medida que muestra a las claras que Israel es un Estado que aplica al Apartheid, tal como lo hizo Sudáfrica con los negros. Lentamente y con la limpieza étnica que lo caracteriza, ha ido creciendo y sometiendo sin derecho alguno a millones de palestinos a una tierra dividida y sin esperanzas de una patria para quienes viven allí y para quienes son refugiados en países extranjeros, que en total suman cerca de 11 millones de personas.

El clamor mundial exige el retorno de Israel a las fronteras de 1967, devolviendo los Altos de Golán robados a Siria, y retornando el 43.53% del territorio inicial palestino después de la partición, lo cual corresponde a cerca de 11.750 kilómetros cuadrados, para que exista un país llamado Palestina. Esto como mínimo, pues ya parece imposible que Palestina retorne a esa superficie inicial de 27.000 kilómetros cuadrados que estaba habitada inicialmente por una población abierta a todos los encuentros humanos y culturales y a todas las religiones, incluidas la cristiana y la judía.

En la foto: El muro de la infamia, Tomada de palestinalibre.org

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