Deforestación y economía capitalista en Colombia

Por Guillermo Yepes J.

Foto: AFP

La formación de una delgada capa de suelo, ubicada sobre la superficie de la corteza terrestre, ha tardado miles de años. En esa capa de suelo se alberga la vida vegetal, gran cantidad de especies animales y una inmensa gama de microorganismos que aún persisten generando nuevas condiciones de vida. Sin embargo, la destrucción de esa capa de suelo puede ocurrir en muy poco tiempo.

Desde su aparición como especie en la época prehistórica, la humanidad ha subsistido a expensas de la naturaleza. En su condición nómada, obtuvo sus alimentos y utensilios requeridos como colector y cazador. Dadas sus necesidades de subsistencia, aprendió a domesticar animales y a cultivar algunas plantas, situación que le permitió adecuar territorios destinados a la agricultura, a la construcción de viviendas, a la formación de poblados y a la creación de culturas y civilizaciones asentadas en diferentes territorios.

El carácter extractivo de la actividad humana, su crecimiento poblacional y su condición colonizadora, han marcado las primeras huellas ambientales. La agricultura enseñó a producir alimentos y a almacenarlos para el consumo comunitario de los pobladores. A través de ella se fueron copando nuevos territorios. De ese modo la población humana se expandió y aún lo sigue haciendo con mayor voracidad. En este sentido, la historia de la humanidad, es la historia de la deforestación.

La deforestación, como acto continuo de depredación de la naturaleza (75.000 hectáreas deforestadas en la Amazonía colombiana en 2019), es provocada únicamente por la acción humana que propicia la destrucción del hábitat natural y los ecosistemas, y elimina gran cantidad de especies animales y vegetales, además de la materia orgánica y la flora microbiana que se hospeda en el suelo; aspecto que agrava severamente la pérdida de la calidad del suelo, su bioproductividad y subsistencia. Desde luego que existen situaciones en las que la naturaleza desencadena procesos de deforestación, como descargas eléctricas que provocan incendios forestales, o lluvias torrenciales que producen arrastres en masa, aunque éstas no son las más comunes ni las de mayor intensidad, como sí lo son las inducidas por los humanos. Los procesos de deforestación a nivel mundial han establecido unos estrechos vínculos históricos entre el uso de los bosques y el desarrollo económico y social, y entre la destrucción de ellos y el deterioro económico.

Las causas que provocan la deforestación están relacionadas con el modelo de desarrollo de los países, y más estrechamente con la tenencia de la tierra y la ausencia de mecanismos de control de los Estados a los bienes públicos naturales, como deben ser considerados los ecosistemas estratégicos.

Las dinámicas de aprovechamiento racional, acordes con la satisfacción de necesidades sociales, deben estar por encima de la codicia y de la acumulación de riquezas.

El caso mundial

De acuerdo con un informe de la FAO de 2020, los bosques ocupan actualmente unos 3.900 millones de hectáreas, que representan el 30% de la superficie continental del planeta. El aumento progresivo de la población y la actividad económica han incidido en el deterioro y deforestación de territorios boscosos, de modo que las cifras se perfilan hacia la insostenibilidad, dado que las actividades de reforestación en el mundo solo representan el 0.05% y en muy poco contribuyen a superar el índice de cobertura vegetal.

La publicación destaca la desaparición, a partir del mes de marzo de 2020, de 645.000 hectáreas de bosques tropicales. Los motivos que explican tal devastación son coincidentes: la economía del comercio de los productos del bosque, expansión de la frontera agropecuaria, la minería y en algunos casos, el narcotráfico. Tres países en conjunto deforestan anualmente cerca del 50%: Indonesia (130.000 ha), República Democrática del Congo (100.000 ha) y Brasil (95.000 ha). Se resalta la actitud del Presidente Bolsonaro de Brasil, quien se autodenomina “Capitán Motosierra” por privilegiar los beneficios técnico-económicos de la deforestación sobre los daños socio-ambientales.

El caso colombiano

El reporte de los “Libros Rojos” de especies vegetales y animales amenazadas de extinción, destaca que, de la extraordinaria riqueza vegetal mundial, cercana a 260.000 especies, en Colombia se encuentran unas 50.000 de ellas, cifra que ha disminuido notablemente, debido a la vulnerabilidad alcanzada, ante la presión del hombre sobre el hábitat natural. Esto indica que Colombia posee el 19.23% de las especies del planeta, un patrimonio que debe protegerse como recurso estratégico, base de una economía nacional que, antes de la extracción y agotamiento de los bienes, debe basarse en la investigación e incorporación de ellos en la base productiva y económica del país. Los inventarios, los desarrollos tecnológicos y los descubrimientos de distintas moléculas vegetales representan un gran avance.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) muestra que la extracción y destrucción de la biodiversidad vegetal, por medio del fuego y la tala indiscriminada, es la primera etapa de extracción: la madera y otros subproductos, cuyo comercio mundial anual de US$150.000 millones ocupa el tercer lugar como crimen transnacional, después de la minería y el narcotráfico. La segunda etapa, la del cambio en el uso del suelo, acentúa el daño, puesto que borra los efectos climáticos del anterior ecosistema, alterando la temperatura del suelo y su capacidad de retención de agua. Además, en aras de buscar mayor rentabilidad, se acude a la quema de los desechos del bosque para establecer praderas como alimento del ganado, o la siembra de especies de monocultivo, sean de uso lícito o no.

Estas situaciones evidencian los efectos nocivos del cambio climático, sin importar el propósito de satisfacer los requerimientos ambientales y sociales.

Incumplimiento del Acuerdo de Paz de 2016

Al poco tiempo de la firma del Acuerdo de Paz, en muchos lugares del país donde hubo dominio territorial y presencia de las FARC, se inició un súbito y desmedido incremento de deforestación y usurpación de tierras, aún en los parques nacionales. La actividad minera se multiplicó y se expandió la frontera agropecuaria. El proceso se hizo incierto para los reincorporados, quienes se encontraron con una realidad distinta, ya que sectores desconocidos, no campesinos, habían copado los territorios dejados, como en los Llanos de Yarí, Tumaco, Guaviare, Catatumbo y algunos parques nacionales que ahora son escenarios de producción de cultivos de uso ilícito y zonas deforestadas para el negocio de la madera. La situación de esas zonas coincidió con los casos reiterados de asesinatos de líderes comunitarios. Las tierras fueron copadas por “extraños” que, según los pobladores de la región, no eran campesinos.

La destrucción ambiental de los territorios prometidos y la negación del gobierno a cumplir con los acuerdos, han frustrado la posibilidad de alcanzar una solución estable y duradera.

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