Colombia, un país inundado por la mala muerte

Por Paula Andrea Lainez Soto – Jhon Mario Marín Dávila

Ilustración tomada de wallhere

Un país donde las balas y no la educación llegan a cada rincón, los gritos y llantos y no el arte, la incertidumbre o temor y no la confianza o empatía, la muerte intencionada y no natural, es un país donde cada persona piensa en cómo sobrevivir y no en vivir

La muerte es natural y ningún ser vivo puede escapar de ella. En el caso de los seres humanos, que están sujetos a una cultura, sienten la muerte de manera distinta y dependiendo a la cultura que pertenezcan tienen propios significados y diversos rituales para despedirse de las personas que fallecen.

En Colombia la constitución política de 1991 enuncia que es un país multicultural y pluriétnico. Pero, todas las culturas sujetas a este territorio, aunque significan de manera distinta la muerte, tienen algo en común que aniquila sus formas de sentir, pensar, vivir: son las muertes intencionadas como asesinatos, feminicidios, genocidios y masacres. A eso lo que llaman las mujeres cantadoras de alabaos del municipio de Bojayá y muchas otras culturas indígenas y campesinas, la mala muerte.

La mala muerte es la que surge del corazón frívolo de los seres humanos que se atreven a disparar, ahorcar, desmembrar con diferentes objetos a otro ser humano, sin tener misericordia; algunos factores de esta son el conflicto armado o consecuencias de bastantes proyectos de “desarrollo” o políticos, detrás de los cuales hay intereses individuales de gentes que hacen cualquier cosa por ejecutarlos, sin importar la vida en las culturas y territorios.

Maye Díaz, perteneciente a la comunidad Emberá Chamí, ha sufrido las secuelas de la mala muerte y afirma que esta “es aquella que no se da por la situación natural o por el retorno esperado que tiene la persona, es la que no está concebida desde la armonía y el equilibrio energético de los pueblos. Una mala muerte no repercute solo en el individuo, sino también en todo su legado, su linaje y en el territorio al cual pertenece. Entonces, la mala muerte hace que no solamente lo sufran quienes están a su alrededor o sus seres queridos, sino también todo un entorno o un espacio que fue habitado por esa persona, porque la conexión está directamente enfocada a mantener el equilibrio, la paz y la armonía dentro del territorio; entonces la mala muerte también desequilibra todo un territorio”.

Esta mala muerte está presente en las veredas, pueblos, corregimientos y municipios de las diferentes regiones de Colombia, en su mayoría sectores abandonados por el Estado, que son vulnerados, dejados a la deriva en medio de tanta inhumanidad y viven con temor, desconfianza e incertidumbre. Maye Díaz dice que la mala muerte también “genera un temor colectivo y ese temor colectivo hace que todo espacio se sienta inseguro”.

La indiferencia a la mala muerte no es solo por parte del Estado colombiano, también es de la población que goza de privilegios o de aquella en que prevalece su bienestar individual sobre el bienestar colectivo. Estos naturalizan cada asesinato, juzgando y considerando que es culpa de las propias víctimas y justificando y dando la razón a quienes asesinan.

También es por parte de los medios de comunicación alineados a los grandes poderes o de altos funcionarios públicos que nombran, en vez de asesinato, muerte, o en vez de masacre, homicidio colectivo, para maquillar y ocultar lo que en realidad está sucediendo. No les importa el dolor, la injusticia, impunidad y la crueldad de algunos seres que provocan gran dolor a las madres, padres, hermanas, hermanos, amigas, amigos. Como dice la canción ‘¿Quién Los Mató?’ de Hendrix, Nidia Góngora, Alexis Play y Junior Jein:

“Quedaron madres solas, padres solos
Y hermanos también
¿Quién los Mató?
El miedo acorrala,
El llanto de una madre hace más eco que una bala
No más farsas ni fachas
No se olvida el dolor de las madres de Soacha
¿Quién los Mató?
Hasta cuándo esta guerra que cobra vidas inocentes”.

María Ligia ha sufrido las consecuencias de la mala muerte y manifiesta que “es muy doloroso que sea un mismo hermano el que haya hecho eso, porque todos somos hermanos y no deberíamos hacer eso, todos somos hermanos y la diferencia es el pensamiento”.

Como consecuencias y secuelas de la mala muerte en este país indolente, las personas buscan sobrevivir mas no vivir; los niños y niñas quedan huérfanos con un futuro incierto; los jóvenes tienen un presente inseguro y no saben si van a llegar a viejos; los adultos callan por temor a que les pase algo y a los adultos mayores los carcome y les quita las fuerzas el pasado.

Maye Díaz argumenta que para acabar la mala muerte “es necesario empezar a sanar los territorios, porque cuando quedan esas heridas abiertas se pasan de generación en generación esos dolores y siguen creciendo todos esos actos o sentimientos de rencor, venganza, y cuando hay venganza no es posible lograr una paz”. Y continúa: “Pero la paz no solamente se orienta a la eliminación de los conflictos bélicos o los conflictos armados, sino también a generar esos entornos de armonía y hermandad en los territorios”.

En este sentido, es indispensable retomar el equilibrio, tranquilidad y paz de los territorios, culturas y las vidas, respetar la memoria, ser partícipes de una nueva construcción social, entregar a las niñas, niños y jóvenes un presente sin mala muerte, donde crezcan en territorios armonizados e hilvanados bajo la cooperación y hermandad, que no se niegue a los adultos y jóvenes la oportunidad de vivir y se le brinde a la población adulta mayor un buen vivir en donde el ciclo de vida culmine en muerte natural y no mal intencionada.

Es necesario honrar la memoria de las víctimas desde la verdad y en cada canto, danza, poema, escrito o mural para sanar y no olvidarlas, luchar porque se deje de naturalizar y justificar el acto indolente de los asesinatos, oponerse a los y las que creen que hay personas que pueden morir de forma natural y otras deben tener una mala muerte, y acabar con la indiferencia puesto que todas y todos tenemos derecho a la vida.

Será algo complejo de cambiar, pero no imposible, ya que las esperanzas y las ganas de tejer un país que no esté inundado por la mala muerte hace creer en una Colombia distinta, donde vuelva la armonía a los territorios, comunidades, familias e individuos que han vivido la mala muerte.

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