Una vida jornaliando… un futuro de injusticias

Por Luz Celina Alcaraz

Foto: Tomada de derechos economicos.com

Un hábitat campesino con diversas veredas forma un corregimiento donde predominan latifundios llamados fincas o haciendas, con relieve de valles y agrestes lomas dedicados a la lechería, cultivos de caña y sembrados de pan coger. Sus propietarios han sido los de siempre. Ahora estas grandes extensiones de tierra han pasado a sus herederos. En estos territorios de Abriaquí, Antioquia, y en general del occidente del departamento, la masa de jornaleros, de hace 40 o 50 años, tiene sus descendientes haciendo lo mismo para los mismos patrones.

Estos campesinos, varones de antaño, octogenarios, de tez rugosa, manos encallecidas me cuentan: “Se madrugaba para caminar al corte llegando al despuntar el alba; la costaleja con el gato (así llamaban al almuerzo) la colgábamos a la sombra de un árbol. Y se empezaba la labor”.

Se trabajaba de sol a sol, no existía horario de 8 horas, la jornada terminaba cuando se acababa de hacer la faena asignada, a la hora que fuera. Narra uno de ellos que en el corte eran muy frecuentes las heridas con el machete, y su padre les decía: “amárrese mijo este pañuelo y siga, tenemos mucho tajo”. Los primeros auxilios no existían. El trabajo era una disciplina de hierro, pero el alma de los patrones, ambiciosos con el poder que da la propiedad de la tierra, también era de metal, dura y fría.

El jornal alcanzaba para que la numerosa familia medio comiera, porque no daba para suplir todas las necesidades. Algunos de estos trabajadores aún viven, superan los 70 años, rodeados de nietos y bisnietos, y todavía cumplen sencillas labores en el agro. Nunca recibieron una liquidación, ni disfrutaron de vacaciones, primas de servicio y menos una jubilación. 40 años bajo las órdenes de un mismo patrón en el toldo de sus nacientes empresas agropecuarias.

La tacañería es enfermedad del empleador

Don Juan narró que cuando trabajaba para un rico emprendedor se atrevió a pedirle unas hojitas de zinc viejas y oxidadas que tenía tiradas de cualquier manera en un establo, sin usarlas. Él estaba levantando su casa, en medio de mucha pobreza. “Tranquilo hombre, te las podés llevar”, le respondió. Pasado el tiempo, cuando este trabajador se retiró y recibía su último jornal, le dijo: “aquí tenés, y te descuento el valor del zinc que llevaste para tu casa”.

Y agregó una historia reciente: “Trabajé 7 años fumigando los pastizales de un ganadero, propietario también de una quesera. Cuando inicié me entregó una bomba con la riata de colgar muy deteriorada. Como a mí no me falta la aguja de arria, le hice un tejidito para que supliera, pero remendar se fue haciendo muy frecuente. Un día le dije: “a la bomba hay que cambiarle las cargaderas, ya las he cosido bastante, los nudos me maltratan los hombros y no creo que nos aguante más”. Su respuesta fue: “sí, sí, claro que sí”, pero nunca llegó el repuesto”.

Trabajaba sin tapabocas, sin guantes y sin vestido de fumigación que lo protegiera de esos venenos que se asperjan y que son engullidos por el cuerpo sin protección. “Yo porque me conseguí unas gafas de protección. Un día oí decir que el que fumigaba debía consumir leche, para que el veneno no le hiciera daño a uno. Le sugerí que me diera un litro de vez en cuando. Aterrado me contestó: “Hombre no le haga caso a chismes”. Protección laboral no se conoce por aquí.

“Liquidación no me dio, yo tampoco le reclamé. Allá su conciencia”, lo dijo con su voz triste.

Hijo de tigre sale pintado

Los descendientes de estos terratenientes tampoco pagan prestaciones sociales o el salario legal. En el occidente de Antioquia la mayoría de los empleadores son negligentes, incumplen la normatividad laboral. Son duros, el que reclama es despedido injustamente. “No existen sindicatos, ni protección alguna”, lo comentaba un inspector de trabajo. Se invita a conciliar y no hay acuerdo, siempre el trabajador sale con las manos vacías.

En estas tierras los patronos son expertos en hacer montajes para desviar la cancelación de cesantías o recargos. Hay muchos ejemplos vívidos: Un empleador le transformó el contrato de trabajo a su empleado cuando le exigió la liquidación de 14 años de labor ininterrumpida, argumentando así: “lo que usted trabajaba y producía era para usted”. Lo convirtió en simple usufructuario.

Otro les organizó a los jornaleros un sancocho, natilla y buñuelos en diciembre. Con esto los despachó y no les pagó la última quincena. Una patrona argumentaba, hablando de su empleada de servicio doméstico: “Ella trabajaba los domingos porque quería”, y listo; nunca le canceló su recargo dominical, enferma la expulsó. Al preguntarle a la trabajadora sobre ¿qué pensaba de esa injusticia?, me respondió: “¿Qué puedo hacer? Al menos me dio trabajo por un tiempo”.

De liquidación de prestaciones no se oye nada

Sin embargo, conocí una excepción: don José, agricultor, vaquero, ordeñador, alambrador, arriero, y en los últimos años, jardinero, reclamó liquidación y estuvo de buenas, pues su patrón “le pagó” con un pedazo de tierra de agrestes lomas, con helechales indomables. Don José afirmaba: “Esto me quedó de jornaliar 40 años”. Pero se vio sin escritura registrada ni título de propiedad; su expatrón era el que constaba en registro y catastro. Como tenía impedido su derecho de dominio no podía vender, hipotecar o permutar. Tuvo que pagar un abogado para tramitar lo anterior, alegando en el juzgado la posesión. El patrón debió legalizarle la donación del terreno.

La injusticia con el trabajador es pan de cada día. Hay violación de la legislación laboral, resignación y conformismo de los trabajadores por desconocimiento, miedo a perder el trabajo, al hambre y a la violencia.

La concertación del mínimo

En estas geografías no se conoce el salario mínimo que el ministro Carrasquilla afirma que es el “más alto del mundo”. Que el aumento para 2021 sea del 3%, según los gremios; que las centrales obreras proponían el 14%, o que Duque lo decretó a pupitrazo limpio, por acá eso no dice nada. Solo cuenta el estar moliendo de sol a sol.

Las nuevas generaciones desempleadas caen y caerán no solo en las manos de estos agiotistas dueños de la tierra, sino también en las garras de las multinacionales mineras que están explorando en la región y cuya seguridad laboral y salarios, según muchos testimonios, son “buche y pluma”.

Aún es una quimera la justicia laboral en estos lares.

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