La crisis de la conciencia

Por Roboán Rodríguez Carrera

Ilustración tomada de: skamycrazy.blogspot.com

Hoy te levantas y sientes los rayos del naciente sol que cosquillean sobre tu piel. Los aromas se acercan a tu olfato, y percibes la vida que te rodea y abraza tal como ayer lo hiciste. Sabes que la sangre fluye por tus venas, aunque no sea una acción dirigida por tu propia voluntad; sin embargo, ella está ahí, constante y silenciosa como cada parte de tu cuerpo; presente y aparentemente inmutable. Eres tú y nadie más. La imagen que tienes de ti se recrea en cada amanecer para confirmar que eres y no has dejado de ser. Algo en tu interior garantiza que sigues siendo, y puedes, entonces, seguir adelante por los caminos de este mundo reconstruyendo tu propia existencia.

Esta es la abrumadora naturalidad que rodea al enigma de la conciencia; inmensamente compleja para analizar y, paralelamente, simple y fascinante de experimentar.

Desde el punto de vista de las diversas disciplinas del saber humano, la conciencia ha sido revestida de muchas definiciones, siendo todas ellas reducidas por las limitantes inherentes al correspondiente objeto de estudio de cada ciencia.

De esta forma, la moral utilizar el término “conciencia” para referirse a la capacidad valorativa del ser humano que le permite distinguir entre el bien y el mal. Por su parte, la psicología la muestra como la capacidad de la persona para percibirse a sí misma y al entorno que la rodea.

Las ciencias políticas la presentan como el acto inteligible por medio del cual la persona adopta posicionamientos organizacionales para la estructuración de una convivencia social. Por ello, cuando hablamos de contar con una “conciencia política”, hacemos alusión al conjunto de conocimientos concatenados que se tienen sobre las múltiples formas de organización social, sus fines y sus medios para lograr el orden y el progreso social deseados.

A manera de corolario, es acertado inferir que el contenido intelectivo del concepto “conciencia de clase” expresa la idea de reconocer y concebirse como un ser social inmerso en una realidad de interacción incesante llamada sociedad. Cabe agregar que dicha realidad externa (sociedad) obedece, notoriamente en las sociedades culturalizadas bajo los modelos neo-consumistas de libre mercado, a una estructura de jerarquías de poder y dominio que pretende siempre justificar y legitimar la explotación del hombre por el hombre.

Por su parte, la neurología clínica opina que la conciencia es el resultado que deriva de los procesos de estímulos sensoriales que son captados por el sistema nervioso central, los cuales son vinculados e integrados paralelamente por el encéfalo con recuerdos y emociones para producir, así, la experiencia del ser consciente. Es por esto que la neurociencia cognitiva sugiere que la conciencia sea entendida como subjetiva, es decir, única e individual para cada persona.

Ahora bien, para la filosofía, fuente originaria de todo pensamiento científico, la conciencia adquiere una dimensión significativamente más amplia. Si hemos de entender a la filosofía como la ciencia que se ocupa de la esencia, las causas primeras y los efectos últimos de todo cuanto existe en la naturaleza, desde la universalidad del todo, hasta la particularidad de cada característica de un fenómeno, entonces la conciencia puede ser vista como el atributo del ser que le permite distinguir y reconocer entre el yo y el otro; entre el yo, su pensamiento y el mundo exterior.

Si nuestra intención fuese exponer una visión integradora de la conciencia, evidentemente deberíamos tomar en consideración el incontable universo de experiencias que rodean a una persona en su realidad consciente, y esto, por tanto, nos conduciría a un tratado indefinidamente extenso. Sin embargo, a riesgo de sucumbir en generalidades infecundas, considero necesario abordar el tema en las condiciones de alcance que el presente escrito puede contener.

Tener conocimiento de nuestra propia existencia nos invita, inevitablemente, a definir los parámetros de ella. Esto significa autodefinirnos como únicos e irrepetibles; diferentes entre unos y otros, y, a su vez, capaces de acentuar el valor social de nuestras semejanzas. Distinguir entre éstas implica apreciar los atributos de nuestra individualidad dentro de la constante influencia de la colectividad.

Autodefinirnos es un proceso de análisis confrontativo en donde se conjuga lo que somos, lo que creemos ser, lo que aparentamos ser, lo que no somos, y, definitivamente, lo que deseamos ser. A este punto conviene recordar que gran parte de lo que creemos y deseamos ser no corresponde a una decisión personal, sino, principalmente, a una cómoda y subordinada aceptación de lo que la sociedad nos dicta que debemos ser.

Juzgo que los estereotipos propuestos por el sistema global sociopolítico y cultural que predomina en nuestros tiempos, no pretenden fomentar el ejercicio de la facultad pensante, creativa y constructiva que distingue al ser consciente. Por el contrario, dichos modelos conductuales y estéticos buscan enajenar al hombre de su propia conciencia para formar, con ello, personas sin pensamiento crítico propio.

En un mundo saturado de vasta información fútil, es fácil ceder el dominio de nuestro pensamiento reflexivo a cambio de una satisfacción momentánea de nuestro ego.

Ante esta afirmación, me es obligado declarar que la tarea de mayor trascendencia para una persona radica en poseer, firme y con absoluta convicción, el mando y la dirección de su consciencia. Fruto de lo anterior es la libertad misma del ser humano, tan buscada y oprimida a lo largo de la historia de la humanidad, la cual, digo con énfasis, no se encuentra en su facultad de libre albedrío para consumir, comprar o vender mercancías; o como dirían los clásicos de la filosofía: “en su derecho para elegir libremente entre hacer o no hacer”.

La libertad no se limita a las acciones que podemos decidir hacer o no hacer. La libertad es más que acciones voluntarias exentas de opresión y coercibilidad. La libertad es comprender el dinamismo esencial del espacio-tiempo en que existimos; es visualizar con la razón y los sentimientos la consecuencia de nuestro actuar. Es meditar dialécticamente el contenido de las verdades que nos son impuestas. Es pensar con valentía más allá de lo establecido. Es dilucidar y apreciar la causalidad de la historia evolutiva de la que somos subsecuentes. Es tomar entera responsabilidad de ser justos o injustos; solidarios o indiferentes. La libertad es, sencillamente, el ejercicio pleno de nuestra conciencia.

Desde esta perspectiva, concluyo que la crisis que refleja el colapso gradual de nuestro modelo de “mundo civilizado” es, en realidad, la crisis de la conciencia.

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