Este texto surge a partir del análisis, socialización, posición, reflexión y pregunta sobre el cuerpo como primer territorio en el Círculo De Pensamiento Abya Yala, Ciclo: Diálogo de Saberes y Pedagogías Interculturales. Allí participaron el Colectivo Jaripua Kay, La Mínima Comuna, Colectivo Sumak Kawsay y Escuela Popular de Sikuris.

Ilustración: Paula Lainez
Por Paula Andrea Lainez Soto y Jhon Mario Marín Dávila
El cuerpo no solo debe referirse desde algo biológico, anatómico, físico y químico, cuya composición está dada por medio de microorganismos y sus funciones varían según cada uno de los sistemas que lo integran: nervioso, respiratorio, circulatorio, endocrino, digestivo, óseo, muscular, excretor, reproductor, cuya unificación de estos y su buen funcionamiento permite la vitalidad para el ser humano y que pueda mantenerse y sobrevivir en el ambiente que habita. Si bien es interesante todo el mundo físico y material que caracteriza al cuerpo, también es cautivador verlo, sentirlo, pensarlo y vivirlo como un cuerpo social, un cuerpo como primer territorio, como lo llaman los pueblos originarios del Abya Yala, el cual habitamos, construimos y de-construimos desde lo que sentimos, pensamos, olemos, palpamos, creemos, vemos, degustamos, imaginamos, entre otras.
A primera vista, se puede entender el cuerpo como un primer territorio desde una noción individual, en la cual decido sobre este la manera en que busco significarlo y vivirlo; pero todas estas decisiones son influenciadas por las experiencias sociales que tienen las/los cuerpos, es decir, esta postura se teje desde el acto de sentir y pensar el cuerpo para reflexionar las experiencias y llegar a una decisión que va de lo individual a lo colectivo y luego de lo colectivo a lo individual, se rompe el binarismo y se resalta que no se puede tejer lo colectivo e individuo por separado.
Pensar el cuerpo como primer territorio desde una lógica individual es caer bajo las lógicas y premisas de 3 sistemas de opresión: capitalista, que mecaniza, instrumentaliza, mercantiliza y consume los cuerpos; patriarcal, que subordina e invisibiliza a la mujer, domina sus cuerpos, pensamientos y sentires, las convierte en una propiedad privada, considera que éstas siempre deben estar a disposición del varón y las violenta cuando no obedecen. Y finalmente, el sistema colonial, que propone una única estética estandarizada, además de la supremacía de unos cuantos, ventajas sobre quienes tienen la piel blanca, pulida, “perfecta”, mientras desprecia y aniquila todas las formas diversas de los cuerpos.
Los cuerpos individuales cumplen con estos entandares, dejando de construir con y desde el otro y la otra, para vivir desde la competencia, la comparación el privilegio. Para tener un ejemplo de esto último, basta mirar cómo el solo ser hombres, tener una tez blanca, tener dinero y acceder y participar en la educación es ya una ventaja para tomar decisiones en la política, economía, educación, salud, vivienda, en las formas como se vive y en el ejercicio de la libertad, sin importar el daño que causen, rompiendo totalmente con el espiral de la vida, pasando a ser un cuerpo enfermo, un cuerpo oprimido que, además, enferma y oprime al otro, a la otra y al entorno que habita.
Bajo estas ideas, el cuerpo ha pasado a ser un territorio en disputa, pues es desde este donde principalmente se ejercen todas las violencias que hoy en día conocemos tanto en hombres como en mujeres. Aunque principalmente se ha implantado con mucha más severidad sobre estas últimas, usándolas como el medio por el cual se puede posicionar el poder, cobrar venganza, castigar o reprender a una persona e incluso a la comunidad misma que decide salirse del molde que se le impone.
Sin embargo, y tal vez lo más paradójico, mediante ese mismo cuerpo oprimido y que también oprime se llega a la liberación y sanación de todas y todos aquellos que a lo largo de la historia han sido violentadxs, ninguneadxs, oprimidxs y olvidadxs. Esta liberación se puede lograr cuando se retorna a las memorias, la escucha, el sentipensar, la reflexión, la voluntad y consciencia de todos estos sucesos, para garantizar la reparación, la no repetición y lograr accionar de manera distinta desde los acuerdos y la ética.
Pensar el cuerpo como un primer territorio se convierte en una forma de re-existencia y resignificación para los pueblos, pues este hace la apuesta a ir más allá de la resistencia, para re-existir, sanar, tejer y destejer. Es importante comprender que no solo desde la individualidad logramos hacer consciencia de lo que nos oprime y cómo oprimimos, sino también invitar y convocar nuevamente a la colectividad para compartir la experiencia y buscar formas desde la educación popular como los círculos de palabras interculturales, conversaciones intergeneracionales, cuestionando y proponiendo otras formas, jutanzas de mujeres y hombres por separados para luego tejer un espacio mixto, pedagogías lúdicas, artísticas, participantes que cuestionen las violencias que ejercemos y que ejercen sobre nosotrxs. También apelamos a la escritura critica-reflexiva sobre cualquier tipo de violencia para transformar estos 3 sistemas de opresión y acompañar a quienes viven estas opresiones, pues somos seres que habitamos con otras y otros, pero que, además, compartimos un espacio con la vida, naturaleza, con la espiritualidad y es desde allí que se entrelazan todos esos pequeños hilos y forjan lo que somos, lo que sentimos, pensamos y creemos.
Cabe resaltar que sobre los cuerpos y los territorios se carga la memoria de las ancestras/ancestros, de la vida y el ambiente, una memoria que también está en disputa y siempre hace una contra respuesta a los sistemas que buscan homogenizar y destruir toda vida que no vaya acorde al ideal, imponiéndose de forma violenta y borrando a toda costa el legado que por siglos han tenido que defender los pueblos originarios para que la vida no se acabe.
El cuerpo tiene memorias que se vuelven cicatrices profundas de opresión del ahora o que vienen de generación en generación, que son martirios. Por esto se propone un cuerpo con raíces rizomáticas, donde las experiencias se sanen, liberen y sigan cultivando otras memorias, como dirían los pueblos originarios, desde el ombligar para volver al origen y saber cuál es el caminar y abrir otros caminos, también seguir hilvanando un cuerpo social desde una ética que no abole los cuerpos, desde cuerpos que no funcionen con el poder sino desde la fuerza y la fragilidad que los conforman y que comparten con otras, otros y la naturaleza para el buen vivir de las comunidades y el mundo.
