Por Lenin Aníbal Pineda

En la foto: Henri Grouès o el Abete Pierre, tomada de Fundación Nazareth
Era el primero de febrero de 1957. Europa padecía un invierno particularmente frío. El mercurio de los termómetros no alcanzaba, ni con mucho, los 0 grados Celsius. Las temperaturas extremas golpeaban particularmente a los más pobres, quienes vivían en casas sin sistema de calefacción adecuado. Pero el frío se abatía con particular fuerza sobre los habitantes de calle. A principios de enero de aquel mismo año, en la Cité des Coquelicots, un barrio de las afueras de París, un bebé había muerto congelado en los brazos de sus padres, que también se guarecían de las inclemencias del tiempo en la carcasa de un viejo autobús.
En aquel entonces —así es hoy, así es siempre—, las extremas condiciones climáticas hacían relucir con mayor fuerza tanto la indiferencia generalizada de la sociedad como los pocos esfuerzos gubernamentales para superar la crisis habitacional que persistía como herencia nefasta de la Segunda Guerra Mundial. Pero esta situación pesaba particularmente en el corazón de un hombre y del movimiento que había ayudado a fundar. El hombre, el sacerdote católico Henri Grouès, que el mundo conoce por el nombre de abate Pierre, nombre que recibió en las guerrillas de la resistencia antifascista francesa en las que combatió. Su movimiento, los Traperos de Emaús, fundado junto a Lucie Coutaz, su secretaria y compañera de toda la vida, y Georges Legay, exconvicto a quien conoció en un momento de extrema desesperación. Eran traperos, o ropavejeros, o mejor aún, recicladores, pues para subvenir a las necesidades del movimiento, rumiaban entre la basura para recuperar lo que les fuera posible y venderlo luego. Su objetivo: ayudar a quienes carecían de una vivienda digna. Su primera estrategia: la economía de la reutilización, a sotavento de un sistema económico hecho para que todo sea usado y desechado enseguida en el ciclo orgiástico de nuevas e incesantes compras.
Ahora es la madrugada del 31 de enero de 1957: una mujer anciana muere de hipotermia tirada sobre una acera de una importante avenida, tras haber sido víctima de un desahucio. Entre sus manos inertes se encuentra el papel por el cual había sido obligada, por un funcionario judicial, a abandonar, por falta de pago, la casa donde vivía. Dos muertes, pues, la de un niño de brazos y la de una mujer al final de su vida desatan en el corazón de un hombre la rabia y la necesidad de actuar.
Animado por un periodista, el hombre atraviesa su ciudad y, antes que empiece el radioperiódico de la noche, se presenta en los estudios de Radio Luxemburgo, en la calle Bayard, centro de París. Sin permiso oficial ni autorización especial solicita que se le presten los micrófonos para dirigirse a todo el país ante el desconcierto del empleado de la estación que teme meterse en problemas si acepta la particular petición. Pero la insistencia de aquel hombre, su autoridad moral y la afabilidad de sus maneras terminan imponiéndose.
Acaso retardando un poco las noticias, una voz distinta es oída entonces en toda Francia: “Amigos míos, ¡ayuda! Una mujer acaba de morir congelada […] Cada noche son más de 2000 personas acurrucadas en el hielo en el frío glacial, sin techo, sin pan, más de uno casi desnudo […] Escúchenme: en tres horas se han instalado los dos primeros centros de emergencia […] Ya están desbordados y hay que abrir más por todos lados. […] Las previsiones meteorológicas anuncian un mes de heladas terribles. Frente a sus hermanos que mueren de miseria, solo debe existir una opinión entre los seres humanos: la voluntad de hacer imposible que esto continúe. […] Cada uno de nosotros puede ayudar a los sin techo. Necesitamos cinco mil mantas, trescientas tiendas de acampar grandes y doscientas estufas de calefacción para esta noche o mañana a más tardar. Déjenlas rápidamente en el hotel Rochester, en el número 92, de la calle de La Boétie. Voluntarios y camiones se reunirán esta noche, a las 11, para recogerlas. Gracias a ustedes, ninguna persona, ningún niño yacerá esta noche en el asfalto o en los muelles de París”.
Entonces, como si se tratara de un milagro o de una insurrección de la bondad, como dijo la prensa, aquella voz inesperada, la voz del abate Pierre, logró tocar la fibra sensible de la sociedad de su época y produjo una enorme movilización en favor de los más desamparados que logró recolectar una importante suma de dinero. En cuestión de unos cuantos minutos, lo que puede tardar el camino de los estudios de Radio Luxemburgo al hotel Rochester, una multitud acudió a su llamado y la ola de solidaridad no solo se extendió a lo largo de aquel duro invierno, sino que permitió a los Traperos de Emaús abrir varios centros de ayuda y extender luego su acción por todo el mundo. En Colombia, están presentes en Buenaventura, Buga y Pereira con diversas iniciativas.
Recordar este gesto y todos los gestos de esta laya es recordar la gran utopía de la fraternidad interhumana. 70 años después nuestra situación no resulta muy distinta. Ciertamente, el problema habitacional entre nosotros tiene rostros diversos: la migración le da una de sus fisionomías; la gentrificación asociada, entre otras cosas al turismo y al nomadismo digital, le da otra. Pero de las mil cabezas de esta hidra, hay una que esconde el drama mayor: se estima que después de la pandemia, el número de personas en situación de calle, tan solo en Medellín, ha aumentado un 150% y hoy son alrededor de 8000 las personas que no cuentan en nuestra ciudad con domicilio fijo. Se concentran sobre todo en las comunas más centrales y en La Candelaria, por ejemplo, sobre las carreras Cúcuta o Cundinamarca, en la Av. De Greiff o aun en los sectores residenciales de Prado y Boston.
El problema se ha intensificado de una manera tan exponencial que no hay capacidad instalada para atenderlo y la respuesta institucional y social no parece ir en la dirección adecuada. “Estamos decididos a erradicar la delincuencia en nuestra ciudad”, anunció recientemente con flema la Secretaría de Seguridad y Convivencia de la Alcaldía de Medellín en su cuenta de X, haciendo acompañar la frase de imágenes de personas en situación de calle y exhibiendo como un trofeo los cambuches arrasados ante la mirada satisfecha de muchos que ven en este drama un problema principalmente estético.
Para el abate Pierre, la realidad del dolor humano se convirtió en el gran catalizador de la obra de su vida. La indignación ética, es decir, la vívida conciencia de la injusticia lo hizo mostrarle a una sociedad que, arrellanada en su sillón, escuchaba la radio, la situación que muchos vivían en su misma ciudad. Sin esta indignación sigue siendo imposible el salto de la voluntad a la acción y la realización del imperativo categórico: “echarás por tierra todas las relaciones en que el ser humano sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable”.
