Helí Ramírez: contarse en la propia lengua

Por Carolina Zea Fernández

Fotos y pinturas de Fredy Serna

Asomarse por la ventana de Fredy Serna es como asomarse a uno de sus cuadros. Allá está la montaña nororiental, encendida de pequeños destellos. Las calles inclinadas que parecen ríos bajando. Las casas trepadas, emergiendo de la montaña como maleza, con su color ladrillo.

Esa es la imagen que Fredy siempre ha tenido al frente. La misma de quienes habitamos esta ladera. La montaña llena de casas, recordándonos a nosotros mismos, pues verla desde acá es como mirarnos en un espejo. No solo se repite la forma de las calles y las casas. También la miseria, la violencia, la marginalidad.

Vine a donde Fredy para que me hablara del poeta Helí Ramírez. Fredy resuelve que lo mejor es hablarme de él mientras caminamos por la que era La Colina, la de aquel poema suyo conocido:

La colina es de cuatro o cinco cuadras

en adobe pelado el frente de las casas.

De lejos las calles son huecos obscuros

los muros se tragan el sol de un trago

Por un lado baja una quebrada

que en invierno se vuelve un río

Fue en una época el último montoncito de casas

en la parte alta de la ciudad hacia el norte

con rastrojo y piedras a los lados

Encima del barrio hay un puente sobre la

                                                        quebrada esa

bajo ese puente a más de uno le han dado en la

                                                                     cabeza

y nadie ha dicho que ha visto espantos o ha oído

                                                                  quejidos

En la ciudad a los espantos les da miedo salir

Desde el picacho un viento acaricia el cuerpo del

                                                                     barrio […]

Caminamos por la carrera 71A, dándole la espalda al Picacho. Fredy me muestra, apuntando con los ojos y con la boca en un gesto de señalar disimuladamente, una tienda que está en toda una esquina. Ahí quedaba la casa en la que creció Helí. Me señala las otras calles, enmarcando en el aire las cuatro o cinco cuadras de las que habla el poema. Y me habla de un río invisible, que pasa por debajo de nuestros pies, por debajo del pavimento que ahora cubre la quebrada esa. El paisaje del barrio ha cambiado. Las dinámicas, poco. En la punta de La Colina sigue funcionando la plaza. Fredy, con tono gracioso, me dice que le gusta pensar que la expresión estar colino surgió como un apelativo para quienes bajaban de La Colina ya entonados, bien colinos.

Recorriendo La Colina, recuerdo la primera vez que leí a Helí, la belleza de aquella sorpresa: ¿cómo así que alguien escribía poemas sobre los adobes pelados de las casas? ¿Cómo así que de ese paisaje cotidiano tantas veces recorrido y tan sufrido, que de las calles de siempre, los pelaos de la esquina, los vecinos, los tenderos, podía surgir la poesía? No dudé en mostrarle a algunos amigos. Unos compartían conmigo la emoción de sentirse aludidos y de encontrar la realidad detallada de tal manera que no era un simple retrato o reproducción. Era la realidad interpelada, retratada de manera que producía un reconocerse combinado con alegría y horror. Otros decían que eso no era poesía: ¿qué es eso? Vea pues, ya cualquier nea que escriba de cualquier cosa es un poeta.

También a mí la imagen de Helí se me antojaba única. Un pelao de una gallada de Castilla, de los que se parchan en la cancha a fumar y a jugar fútbol, y escribiendo poemas. Una imagen casi opuesta a los poetas que conocía y que posaban de intelectuales con aires ennoblecidos. Esta poesía de desvelos en la incertidumbre por el mañana, de miserias y pobrezas, poco se parecía a esas otras poesías que hablaban de la belleza, la voluntad y los sentimientos elevados. Esta poesía de hambres y robos y odios venidos del hambre, de sangre y sesos, de cuerpos cansados y baleados, poco tenía que ver con aquellas otras, que hablaban de no sé qué virtudes del espíritu.

Pero, ¿y de qué más iba a hablar un poeta nacido y marcado por la filosa realidad de la Castilla de los sesenta y los setenta? En un documental realizado por Juan Guillermo Arredondo y Marta Hincapié aparece brevemente Helí diciendo como con tono de obviedad: “Yo de por aquí era imposible ponerme a escribir sobre alfombras mágicas, corceles, princesas. Yo tenía que escribir sobre mis muros oscuros, mis callejones sin pavimentar, el odio, la alegría, la tristeza de la gente que me rodea”. Esto me hacía cuestionar los márgenes estrechos de nuestra concepción de la poesía y del arte, en los que una como la de Helí no cabe. Su lenguaje y temáticas, y su misma persona, parecen no merecer un lugar dentro de ella.Y el poco arte que surge de aquí y logra circular es visto como algo exótico. Término preciso porque lo exótico es lo extraño, lo que se ve como extranjero. Para una ciudad que niega sus barrios, que los margina y los condena al olvido, el arte que venga de allí es un arte extranjero. 

Fredy me habla de las pocas tardes que compartió con Helí. Ellos dos y su silencio. Me confirmó su fama de evasivo, que interpreta más como la actitud de un escritor sin muchas pretensiones. Me cuenta de las múltiples veces que él y sus amigos, otros artistas y comunicadores, le buscaban el lado, tratando de involucrarlo en el mundo cultural e intelectual. Pero Helí nunca se sintió de ese mundo. Evadió las invitaciones a entrevistas y conferencias, a festivales de poesía y a otras apariciones elogiosas. Solo aceptaba, de vez en cuando, invitaciones a eventos realizados en el barrio o la comuna.

Helí, antes de ser poeta, era y seguía siendo un pelao del barrio. Y esa era la posición que asumía en la vida. La poesía parece venir por añadidura, como un oficio de recrear el mundo en el que vivía y que lo atravesaba profundamente. En una de las pocas entrevistas que concedió, realizada por Reinaldo Spitaletta, dice: “Yo no inventé a Castilla, ni la retraté. Más bien Castilla me inventó a mí, me retrató”. Castilla nos ha hecho a más de uno. A su manera. A la manera de su alegría y su violencia, empujándonos a vivir entre la unión y la discordia. Y a su vez, nosotros la hemos hecho a ella. Y así se compone la dialéctica entre el lugar en el que se vive y la subjetividad.

Por eso, la poesía de Helí es inseparable de su realidad y de su actitud. Ahí está él, el barrio y la gente. Al hablar del barrio, habla de sí, y viceversa. Desde esa relación surge su escritura. Y no como un acto de catarsis o de liberación, sino más bien como un esfuerzo por recrear. En la misma entrevista, Spitaletta le pregunta si cree que la poesía lo liberó en alguna manera de un ambiente que debió conducirlo a otras realidades. Helí le responde: la poesía no me libera de esas otras realidades; me arraiga más eso sí en otras realidades. Fredy está de acuerdo. El arte no borra la realidad. No podemos, en la materialidad, escapar de ella. Pero el recrearla permite pensar en otras posibilidades. Al mirarnos de frente en ese espejo y reconocernos en tal horror, podemos comenzar a plantearnos la necesidad de cambiar el orden de cosas. En este sentido la poesía de Helí no es un asunto personal, sino colectivo. Él mismo se siente, dentro de su ser, movido por las demás realidades:

Soy áquel

           áquel

                               áquel

Soy el que con una pata mocha anda las calles

gritando que arregla sombrillas dañadas y ollas a presión.

soy el que enfrentando tombos y rayas

entra a un banco por billetes

así tenga que saltar manchas de sangre

para no dejar las huellas de los sueños rotos

soy el que sentado en una acera espera

le compren un confite de su soledad entre carros y gente

soy una mano con sus dedos inchados de camellar

soy tantas cosas que de sentirme tantas cosas

siento que no soy nada……………………………………………

…………………………………… ileras de ilusiones

                                          navegan en la masa de mi cerebro […]

De nuevo en la casa taller de Fredy, parada frente a uno de sus cuadros, imagino a Helí en la misma situación, mirando aquel mismo paisaje suyo, los motivos de su poesía pintados en un lienzo inmenso. Ser del barrio y ser poeta o pintor. Contarse en la propia lengua. No en la lengua aceptada, ni en la lengua del historiador o del antropólogo. Contarse desde adentro. Contarse a uno mismo, con sus modos y maneras, aunque eso no se corresponda con el relato oficial.  Para nosotros, los de la parte alta abajo, este arte es un eco, un resonar. Es la voz que se alza en medio de la negación y la viva superación de ese supuesto antagonismo entre barrio y arte. Spitaletta, mostrando en su pregunta la evidencia de tal antagonismo, interpela a Helí: ¿Cómo explicar entonces su honda catadura poética, emergiendo usted de un medio tan antagónico con la sensibilidad poética? Y Helí, nuevamente genial, responde: El medio en que nací y me crié no es antagónico a la sensibilidad poética; está fuera de la cultura, del arte, y eso ya es otro paseo.

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