Editorial No 100: De viaje por el país de la utopía

Portada: Tapiz creado por mujeres integrantes del Colectivo de las Mujeres Tejedoras de Mampuján (Montes de María).

Hace nueve años emprendimos este viaje por un territorio que intuíamos, pero que propiamente no conocíamos: y es que el territorio de la utopía no empieza a existir realmente sino mientras lo recorremos, en la medida en que lo construimos. Con El Colectivo nos hemos adentrado en escenarios ignotos o en aquellos que creíamos conocer y que, sin embargo, nos han revelado sorpresas infinitas. La vida misma, las dinámicas sociales y las propias condiciones de El Colectivo nos han empujado a veces por terrenos que hubiéramos preferido no recorrer y que, sin embargo, nos han iluminado posibilidades muy gratas que no considerábamos. En fin, estos nueve años de viaje por el país de la utopía han sido una experiencia de enormes descubrimientos y autodescubrimientos. Cada estación a la que hemos arribado nos ha mostrado un mundo abierto a la imaginación y a la esperanza, y nos ha hecho conscientes de lo que somos capaces aún en medio de las más grandes adversidades.

Hoy llegamos a la estación 100, que se abre para nosotros como una plataforma desde donde miramos el horizonte que se ofrece como promesa, pero también como un reto gigante. Con la fuerza y la sabiduría acumuladas en el viaje, con la riqueza espiritual recogida en cada nueva estación, nos sentimos capaces de intentar lo imposible. Sabemos, por supuesto, que el camino es torcido, que los enemigos de la utopía también se multiplican y que sus estrategias son cada vez más sofisticadas. Pero también sabemos ahora, por la experiencia, que la utopía crece, que se hace necesaria, y que con ella igualmente crece la voluntad de cambio. Siempre que hemos creído que el camino se cierra, encontramos hermanos y hermanas, amigos y amigas, luchadores gigantes sumando voluntades. Hemos sido conscientes de que los militantes de la utopía anidan entre nosotros sin hacer mucho ruido, dispuestos a poner su fuerza y su esperanza para empujar el carro hacia adelante, para sacarlo del atascadero en el que a veces se ha hundido o cambiarle su rumbo si se hace necesario.

Muchas veces se ha hecho topo El Colectivo, para escarbar audaz bajo la más dura roca y rescatar de allí las historias necesarias, enterradas en la desmemoria sagazmente cultivada por los enterradores del pasado. En ellas se han hecho manifiestas joyas imprescindibles para la lucha diaria, para mantener arriba el aliento, para aprender las lecciones enhebradas en los hilos que tejen la memoria colectiva. Se ha elevado otras veces por los aires, capturando en la atmósfera el olor del peligro, emitiendo al espacio las alertas tempranas que puedan ayudarnos a conjurarlo entre todos y todas.

Nunca, en estos nueve años, hemos estado solos ni nos hemos sentido únicos. Desde siempre supimos que somos una parte, ni pequeña ni grande, simplemente una parte de este gran movimiento que anima la utopía. Integramos con muchos otros colectivos las luchas populares que se tejen a diario y que se renuevan en su empeño ferviente por construir otro mundo, donde quepamos todos y todas, y tengamos acceso por igual a una existencia digna; donde todos y todas podamos aspirar normalmente al derecho colectivo de bienestar material y elevación espiritual. No hemos construido nosotros las fronteras que separan en países a los pobres del mundo y confinan su existencia a las condiciones de miseria imperantes en cada territorio; más bien hemos propuesto un internacionalismo en el que las luchas populares trasciendan las fronteras establecidas y empujen la utopía más allá de sí misma.

Hoy sabemos, precisamente, que la utopía no es un sueño de futuro, sino más bien una tarea en el presente. Que la construimos día a día con cada acción, cada reflexión, cada lucha orientada a transformar aquí y ahora nuestra relación con el mundo, con el otro y la otra, con la naturaleza y con nosotros mismos. Por eso, la energía que mueve a El Colectivo se expresa en una multitud de voluntades que no se empeñan ya en una revolución abstracta, sino que trabajan por transformar permanentemente su existencia con los otros y las otras. Mucha gente ha empujado este sueño colectivo, algunas desde sus inicios y otras por temporadas. Hay quienes se han bajado en alguna estación para hacer el transbordo a otro colectivo y trabajar la utopía en otras dimensiones o en otras latitudes. Todas ellas han dejado en nosotros su huella profunda, han impregnado de su espíritu este Colectivo y se han llevado la fragancia, el amor, la esperanza y la tenacidad de sus compañeros y compañeras de viaje. Se han llevado con ellas El Colectivo mismo, para hacerlo caminar por otras trochas, por otros paisajes y atravesar otros puentes, quizás más elevados.

Nadie le ha dado a El Colectivo nada que no tuviera, pero tampoco nadie le ha dado nada que le sobrara. Todos y todas han puesto aquí su propia vida, o por lo menos lo más valioso de ella: sus sueños, su voluntad, sus esperanzas, su tiempo y su capacidad de trabajo, su ingenio en la escritura, su creatividad con los dibujos y las ilustraciones, sus relaciones con otros colectivos, su capacidad de articulación en la lucha, su gestión, su capacidad para desentrañar historias, su amor y su dinero. Para todos ellos sea este un homenaje grande y sentido. Y es que sorprende la generosidad de los pobres y los menesterosos con sus recursos, por precarios que sean, cuando de sumarse a la utopía se trata; contrario a los pudientes y acomodados a quienes todo parece costarles tanto: tal vez porque los primeros saben de la necesidad de la solidaridad como fundamento de otro mundo posible, mientras los otros han logrado acomodarse en este mundo en medio del egoísmo voraz, la competencia y el desamor.

Aquí cabemos todos fue nuestra invitación inicial, cuando emprendimos el viaje en nuestra primera estación. Y a fe que lo hemos comprobado, pues la diversidad se ha hecho presente en nuestras páginas y en nuestro equipo todo el tiempo, no como un agregado exótico, sino como un rasgo fundamental de la utopía: si el mercado profundiza permanentemente la homogeneización, la utopía se funda en la riqueza de la diversidad que se expresa en la vida misma y sus juegos de formas y colores. Por eso renovamos en esta estación 100 la invitación a sumarse a este sueño de vida desde donde cada uno y cada una esté y como pueda. Hay espacio para todos y todas, para que construyamos juntos y con otros una sociedad realmente humana, enriquecida con la diversidad de rostros que hoy pueblan el espacio de la marginación, la opresión y la pobreza. Hay espacio para todas y todos los que necesitamos y anhelamos la utopía de un mundo mejor.

Mural de Alejandro «El Mono» González (Argentina)

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