Cuando el punk y el amor son sinónimos

Carolina Zea Fernández

En la foto: Collage realizado en el Aula Punk

Mientras el sol cae, sacándole el último destello a los techos de zinc de la parte alta de la zona nororiental de Medellín, en esta otra ladera, la de la zona noroccidental, un grupo de personas camina por las calles del barrio Castilla junto a Caliche, un punkero criado en estas lomas, quien les va hablando sobre algunos lugares del barrio. El paisaje se va llenando de múltiples sentidos. Van descubriendo que todas estas calles tienen algo que contar.

Al caminar, Caliche ondea una bandera en la que se lee: A paso punk. Educación para la utopía. Caminando se aprende, se reflexiona, se hace memoria. Eso lo sabe Caliche, quien es un caminante de toda la vida. Camina porque es punkero y sabe filosofar porque sabe caminar y porque el punk también le ha enseñado a pensar.

Carlos Alberto David Bravo, Caliche, es quien organiza las Caminatas Punk, una serie de recorridos por Castilla en los que, mientras se camina, se van invocando las memorias que guardan las calles, las tiendas, las esquinas, las canchas y los muros, yendo más allá de las historias oficiales condensadas en los libros y periódicos, y dándole lugar a las diferentes perspectivas y relatos de sus habitantes, de quienes sufrieron en carne propia el desbocado crecimiento del barrio en medio de la violencia, pero que también dan testimonio de los encuentros que fueron posibles: de aquellos procesos comunitarios y culturales que surgieron como reacción a esa misma violencia y que buscaban una manera de oponérsele, creyendo que otra forma de vivir y de relacionarse era posible. El protagonista de la caminata es el punk porque ha sido una de esas reacciones ante la violencia y porque Castilla es una de las principales cunas de esta expresión en el país y en Latinoamérica.

Caliche no es solamente el organizador de estas caminatas. Hace unos meses tuve la oportunidad de conocerlo, durante una conversación de tienda de esquina. Comenzó a hablar sobre el punk y los procesos sociales en los que participa dentro de Castilla y sus barrios cercanos. Sus palabras demostraban su compromiso y su esperanza en esos procesos. De inmediato surgió en mí la contradicción, pues me di cuenta que, sin saberlo bien, yo reproducía en mi pensamiento una imagen heredada sobre los punkeros, aprendida de los prejuicios que tienen la mayoría de las personas y que los pone en el mismo plano de la violencia, la drogadicción y la ineptitud social. La típica idea de que son unos vagos y unos desadaptados. Unos revoltosos sin causa que se niegan a seguir cualquier regla y que muestran un desvergonzado desprecio por la sociedad.

Odio, mucho odio representaba esa imagen, porque creía que el odio y el punk iban de la mano. Sin embargo, mientras escuchaba hablar a Caliche sobre sus proyectos, su vida y su música, no veía por ningún lado alguna muestra de ese odio. Al contrario, veía mucho amor. Mucho compromiso y esperanza. Intentando salir de mi confusión, le pedí explicaciones, soltándole mis prejuicios y señalándole que sus acciones no parecían muy “punkeras”. Con la amabilidad que lo caracteriza, me explicó que, para él, el punk en realidad va de la mano con el amor y el anhelo de paz.

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Corrían los años 80 cuando Caliche empezó a fascinarse por los sonidos estridentes de aquellas primeras canciones de punk. Queriendo conocerlas más, con diccionario en mano comenzó a traducir sus letras. De las palabras desconocidas fue desentrañando mensajes que eran como una áspera exhortación a reflexionar de manera crítica sobre la realidad. “Las letras que traducíamos hablaban de conocer los derechos, de denuncias ante las injusticias sociales. Los discos traían fanzines, collages, material gráfico de denuncia en contra de la ONU, la guerra, las armas nucleares. Y todo eso nos decía muchas cosas”.

Así fue como el punk sembró en Caliche la semilla del inconformismo, que tras germinar, y con la habilidad incontrolable de las malas hierbas, fue creciendo en su interior y fue rompiendo los límites de su propia individualidad, exigiendo extenderse por todas partes, florecer furiosamente incluso en las aceras más desoladas, romper el duro pavimento de la ciudad y echar sus frutos. Caliche sentía una fuerza movilizadora que lo incitaba a no quedarse quieto. Todas esas letras que hacían un llamado a la destrucción de las normas, al rechazo de las injusticias y al desprecio por el sistema capitalista, se traducían para él en el deseo, casi obligatorio, de buscar transformar ese absurdo orden impuesto. Y toda esa rabia se le transformó en el ímpetu amoroso de anhelar cambiar, por más utópico que pareciera, esta miserable realidad.

“El punk no puede quedarse solo en ese discurso inconformista. Claro, vivimos en una mierda de sociedad a la que despreciamos, pero la actitud no es escupirle y aislarse, volteándole la cara a la realidad. La actitud es la de destruir para construir. Ese mismo reconocimiento de toda esa mierda en la que vivimos debe impulsar el deseo por hacer algo, por no aceptar que tenemos que seguir viviendo así. Por convencernos de que hay que transformar el mundo”.

Del punk aprendió también algunas formas de empezar a trabajar por ese anhelo, por ejemplo, con las prácticas de autogestión. Caliche cuenta que, siendo conscientes de sus carencias materiales y de sus imposibilidades en una sociedad que los excluía y los negaba, pero sin perder el ímpetu y siguiendo los principios del “hazlo tú mismo”, los punkeros autogestionaban todo. Fabricaban sus propias prendas y accesorios, “armábamos nuestras propias pintas. Teñíamos las prendas nosotros mismos con tinte Iris. Comprábamos botas de seguridad industrial en la minorista que luego engallábamos con hebillas, correas y cadenas que comprábamos por metros en las ferreterías o que cortábamos de los teléfonos públicos”.

También aprendían solos a tocar los instrumentos y algunas veces los armaban ellos mismos. Pirateaban y traducían la música. Dirigían las grabaciones de sus discos y sus toques. Todo lo hacían con lo que tuvieran a la mano. No porque fueran recursivos. Llamarlo recursividad es negar vilmente la carencia, la pobreza, la exclusión y sus consecuencias. Su reacción respondía más bien a descubrir, en esas prácticas, un ejercicio de resistencia. Por eso la autogestión se entiende como un ejercicio consciente, que surge también de la voluntad de adoptar prácticas de producción y consumo que resistan al capitalismo. Como lo dice en su libro Mala Hierba, “el punk convirtió el estigma de una condición social en un emblema de identidad. Una filosofía negativa que hizo de la práctica del “hazlo tú mismo” un modelo de potencia creadora”.

Más allá de pintas y discos, Caliche también ha buscado aplicar la autogestión aprendida del punk en su trabajo colectivo. Cuenta que hace unos años, con un grupo de amigos, realizaron el sueño de construir un bar que funcionara también como un espacio de promoción cultural, ya que en el barrio no había un lugar para eso. Entre todos aportaban, daban talleres de lo que sabían y aprendían cosas nuevas. Hacían conciertos para promover a los artistas y grupos locales. Proponían encuentros en los que intercambiaban conocimiento sobre sus instrumentos y sobre otros géneros musicales. Hacían lecturas de poesía. Sin embargo, el bar no sobrevivió debido al recrudecimiento de la violencia en el barrio.

Caliche recuerda lo duro de esa época. “En los 90’s y en la primera década de los 2000 se fue agravando la violencia en la ciudad y en el barrio. Empezaron los toques de queda, las fronteras invisibles, y eso transformó nuestras maneras de habitar”. Los punkeros, acostumbrados a caminar por los barrios tranquilamente y a cualquier hora, a parchar en las esquinas y en los parques, ya no lo podían hacer. Ahora la calle tenía dueños que limitaban el uso del espacio. Y más aún si se trataba de pelaos. Y más aún si eran pelaos rockeros y punkeros, quienes cargaban -y cargan- con ese estigma de la drogadicción y la delincuencia.

“Esas décadas fueron brutales para Colombia y para Medellín. Y desde el punk hubo una respuesta. Nuestra ropa, nuestra música, nuestra manera de vivir adoptó un discurso de oposición y de denuncia. Eso no lo veía la gente, pero desde el punk siempre estuvimos muchas personas comprometidas y que buscábamos un cambio en eso que estaba pasando”. De hecho, las letras de muchas bandas de Punk de Medellín empezaron a denunciar esas realidades. Se elevan en ellas gritos en contra de las desapariciones, la corrupción del gobierno, las masacres, la censura, los asesinatos. Al parecer, los punkeros la tenían clara en sus letras. Pero para Caliche, y en eso estamos de acuerdo, el discurso sin acción se queda en un ejercicio incompleto. Convencidos de la necesidad del hacer, empezaron a buscar otras maneras de movilizarse y de recuperar las calles y el barrio.

“Nos decíamos: los que se están tomando la calle lo están haciendo para generar violencia. Entonces vamos a empezar a movilizarnos por el barrio, por nosotros. A defender la cultura y la vida. Como no teníamos nada, nos íbamos por toda la 68, desde el hospital La María hasta la iglesia San Judas, hablando con los dueños de las tiendas y pidiéndoles que ayudaran. Les decíamos que éramos un grupo cultural que estaba buscando recursos. Sabíamos que a ellos les cobraban vacunas, entonces les preguntábamos qué pensaban de eso, qué querían para sus hijos, si querían que sus hijos siguieran ese mismo camino o si querían ayudar para que tuvieran la posibilidad del arte y de la cultura, de otros caminos”.

Así, recogían recursos e insumos para realizar toques y tomas culturales. Hicieron conciertos, murales, talleres artísticos. También iban a los colegios a hablarles a los estudiantes y a los profes. Incluso, se integraron en estas tomas culturales con otros grupos del barrio, muy distintos en gustos, pero iguales en sus intenciones de hacer algo ante la violencia. Raperos, rockeros y punkeros juntos, no copiaban de broncas heredadas ni de prejuicios, pues las fronteras se diluían cuando se encontraban en el anhelo por la paz y el amor.

Después de esas primeras acciones, Caliche ha persistido en su esperanza, incluso a veces solo y en contracorriente. “En realidad, esto lo hemos hecho muy pocos. Es muy poco el trabajo comunitario que hay desde el punk. Los grupos están más interesados es en la música y no les importa mucho ser consecuentes en sus acciones sociales con ese discurso que suena en sus letras, en sustentar una ideología de clase, acompañar desde la praxis”. Para él resulta contradictorio no comprometerse también desde la acción y no querer trabajar con los demás, pues está convencido de que el punk, además, es pedagógico y unificador. Y como lo demuestra todo lo que ha emprendido junto con otras personas por el barrio y la ciudad, cree en la potencia transformadora del punk y de los demás principios con los que se entrelaza: la pedagogía, la utopía, el trabajo colectivo, la acción revolucionaria, la resistencia, y un largo etcétera.

En este momento, Caliche está ejecutando un proyecto llamado Aula Punk, en TallerArte, corporación ubicada en el barrio 12 de octubre. En estos talleres, se conjugan los principios del punk con diversas maneras de expresión artística: collage, fanzine, música, estampación, fotografía, y otras formas que pueden ser usadas por las personas y los colectivos, y en los procesos de pedagogía y comunicación alternativa.

Entre risas, con sus ojos brillantes, llenos de amor, Caliche me cuenta que ha conformado un movimiento en el que, por el momento, es el único integrante, pero espera que más personas se sumen: El Amarquismo. Con este bello juego de palabras, Caliche ha optado por trastocar el significado del anarquismo -esa palabra que ha sido emblema para algunos punkeros-, para reemplazarla por esa pariente que le ha inventado y que trae consigo un mensaje de esperanza. Dejarnos gobernar por el amor. El amor rebelde que nos impulsa a la acción. Que nos hace caminar por la utopía. Que nos permite creer en la posibilidad de la transformación y de otros mundos posibles. “Los cambios son lentos y a veces parecen invisibles. Pero hay que seguir. Y a pesar de que mis bolsillos se mantienen vacíos, con necesidades, todo esto ha valido la pena”. Caliche sonríe y sigue caminando.

En la foto: Carlos Alberto David Bravo (Caliche), dirigiendo la Caminata
Punk con estudiantes de intercambio de México. Cortesía de Carlos Rengifo

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