Por Jhonny Zeta

Imagen tomada de istockphoto.com
En la actualidad se calculan 11 millones de personas residentes “ilegales” en los Estados Unidos, un tercio de ellos son mexicanos, los demás tienen diversas procedencias: filipinos, turcos africanos, asiáticos, latinoamericanos. Ante la campaña de terror anunciada por Donald Trump, se siguen planteando las preguntas fundamentales ¿migrar sin una visa o permiso del país de destino equivale a ser un delincuente? ¿la migración es entendida como delito o como derecho? ¿se le asigna una carga peyorativa a la palabra migrante?
A continuación, el testimonio de Lucy, una colombiana que se atrevió a desafiar el paso por la frontera mexicana acompañada de su hija de seis años, sin el permiso que les niegan a casi todos, con la valentía de quien hace de la esperanza su horizonte y su camino:
Hace poco más de un año vivo en Boston. Con Biden, las cosas estaban más tranquilas, ahora hay mayor presencia de la policía a la salida y entrada de los trenes, las calles se ven menos transitadas, la gente anda con miedo. Se habla de redadas. Las dinámicas han cambiado en una semana.
Para entrar por “el hueco” te pueden pedir tranquilamente sesenta millones de pesos colombianos. Viajé con mi hija hasta Cancún a finales de septiembre del 2023, el contacto nos dijo: pasen por la cabina dos y no se deje jalar para ninguna otra, después las preguntas básicas: ¿A qué viene? Por turismo ¿Cuánto se van a quedar? Ocho días ¿Dónde se van a quedar? Aquí. Bienvenidas a México. Seguimos a Monterrey y de ahí a Tijuana, la migra mexicana te intenta persuadir para que digas realmente a dónde te diriges, te meten miedo de que están secuestrando en Tijuana. Yo siempre iba para Cancún.
En Tijuana vimos muchas personas detenidas, con sus pasaportes salvadoreños, brasileros, colombianos. El contacto te da la dirección de un motel donde las puertas no cierran, allá nos metimos con otro compañero, pedimos por Didi con qué hacer unos sánduches. A las tres de la mañana nos llegó un mensaje de que nos preparáramos para salir. Te llevan en un carro durante una hora, se comunican por radios todo el tiempo, nos dejaron detrás de un minimercado abandonado.
Llegaron carros con más gente, a la una de la tarde nos montaron en camionetas van por el desierto, nos dejaron a 15 metros del muro; un contacto nos grabó a todos, dijo que era por seguridad. Trepamos el muro un grupo de ochenta personas, en su mayoría filipinos, algunos turcos, una madre y un hijo de Rusia, algunos mexicanos, y colombianos de Medellín, Barranquilla y Pereira. Nos pedían que camináramos hacia al frente, que no nos separáramos. El frío de horas antes se había convertido en un calor insoportable. Después de 20 minutos nos encontramos la patrulla. Ellos te empiezan a guiar por el desierto, te ponen una manilla para saber qué día llegaste, vimos esqueletos de animales muertos, seguimos caminando hasta una torre donde había por lo menos mil personas. Como era domingo, las oficinas no estaban abiertas, debíamos pasar la noche a la intemperie; había gente que llevaba 20 días ahí, otros llevaban dos meses. A eso le llaman el castigo del inmigrante.
Llegaron dos buses de prisioneros, todos corrimos para montarnos. Pasamos una noche entre celdas, te quitan todo, hasta los cordones y los chulos de cabello, te dan una escarapela. A algunos los mueven de cárcel, los dejan detenidos por meses. Uno pierde la noción del tiempo porque no puede ver la luz del día, me di cuenta que era el día siguiente cuando me llamaron, porque vi la hora en el computador; fuimos a las únicas que nos dieron salida, a las tres de la tarde.
Con las maletas y los documentos nos llevaron en una van de prisioneros hasta un hotel de las iglesias católicas del mundo. Allá solo nos dejaban quedar 48 horas, uno llama para que le compren el vuelo. Casi no salimos los primeros días, finalizando febrero comencé a trabajar en una panadería francesa y mi hija inició en la escuela. Es muy tesa porque se ha tenido que adaptar a otro mundo, aquí los niños pasan mucho tiempo encerrados. Quien me conozca sabe que ella marcó un antes y un después en mi vida, por ella he luchado y he trabajado muy duro.
En Colombia estaba encargada de la facturación en un hospital, mi madre tuvo desprendimiento de retina en ambos ojos y se quedó sin trabajo, estábamos en pandemia y la situación se puso difícil, yo tenía turnos de doce horas, además debía dejar todo listo en casa para mi madre y la bebé. En el hospital estuve tres años y medio, era un trabajo muy mal pago, no reconocían ni horas extras ni recargos nocturnos, yo me iba a enloquecer. Un día no pude más con la carga laboral.
El sueño americano no existe, eso es pura ficción, para poder ahorrar y conseguir algo en este país toca tener dos turnos de trabajo de ocho horas diarias cada uno, o uno de ocho y otro de seis. Yo no lo voy a hacer, mi hija ahora tiene siete años, ella es mi prioridad en el mundo. Prefiero ganar poco, pero poder recogerla en la escuela, jugar con ella, cocinarle, estar pendiente de su educación. El trabajo me da para los gastos y para ayudarle a mi madre con su tratamiento médico. Cuando recuerdo lo que decían y publicaban las personas que se venían, pienso que todo es apariencia, porque este es el país de la deuda y de la basura.
Trump es como un niño al que le quitan el balón por años y cuando se lo devuelven quiere acabar con todos, ahora tiene el 80 por ciento del senado republicano para hacerlo.
Abono: Antes de partir para el norte, Lucy puso en su maleta de migrante dos libros: El Principito, que le lee a su hija desde que la tenía en el vientre, y La resignada paz de las astromelias, de Rubén Darío Zapata, porque le recuerda a la Medellín en la que creció y a la que sigue amando.

👍🏻
Me gustaMe gusta