Por Aníbal Pineda Canabal.

Ilustración: «Sin título» – Victor Camilo Cuartas
A comienzos de la década de 1930, Don Miguel de Unamuno escribió una de las novelas breves que mayor impacto me han causado en mi vida de lector: San Manuel Bueno, mártir. La obra revela, entre las historias familiares de Ángela Carballino, la narradora, el terrible secreto que esconde el párroco del pueblo ficticio de Valverde de Lucerna, a quien todos tienen por santo y cuyo proceso de canonización ha echado a andar el obispo de la zona. Aquel secreto aterrador, que quien lee el librito descubre, es que detrás de su intachable conducta, de su piedad y de su solicitud para con todos no se halla la fe, ni la certeza de la resurrección, ni la convicción de la vida futura: Don Manuel no cree en Dios, pero finge devoción sincera porque reconoce que la religión ayuda a soportar lo que Unamuno llama el sentimiento trágico de la vida, a saber, que todos nacemos para morir. Como se ve, en el fondo, el tema de la novela es el juego entre la realidad y la apariencia; entre el brillo del oro y el resplandor falaz del oropel que el protagonista encarna.
En la edición de febrero del año pasado, en el contexto de una Medellín que, tras la pandemia del Covid-19, ha visto multiplicar en más del doble el número de personas en situación de calle, escribí para El Colectivo un artículo en que recordaba los 70 años del mensaje radial que el sacerdote francés Henri Grouès había dirigido a su país con ocasión del terrible invierno que, con muy bajas temperaturas, golpeó París a comienzos de 1954.
El mensaje emitido por la radio nacional, durante mucho tiempo considerado perdido y recuperado después, generó entonces una oleada de solidaridad y sirvió de catalizador de una serie de medidas que ayudaron en parte a superar la grave crisis habitacional que Francia arrastraba, acaso como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Aquel artículo quiso ser un homenaje a quien hasta entonces había sido un símbolo de la lucha anticapitalista y del compromiso con los más pobres: el abate Pierre, como se le conocía mundialmente a Grouès desde los tiempos de su militancia en la resistencia antifascista en Francia.
Meses después de la publicación de mi columna, en julio del año pasado, el testimonio de siete víctimas de violencia sexual del abate Pierre sacudió, como un terremoto, tanto a la Iglesia como a la opinión pública francesa. La misma organización Emaús, fundada por él en 1971, había confiado el 9 de febrero de 2024 a la ONG Grupo Egaés una investigación independiente que determinara la veracidad de algunas denuncias recibidas y abriera canales de comunicación para determinar si había otras víctimas.
Aparecieron desde entonces cuatro informes. De estos, el primero fue publicado el 17 de julio de 2024 (fecha en que por primera vez se dieron a conocer los hechos en la prensa) y el último, a modo de síntesis final, apareció hace apenas unas semanas, el 13 de enero de 2025. Un ejercicio serio de recolección de datos y aun de contrastación de la información entregada por las denunciantes forman dicho informe, de 60 páginas, en el que más de 20 personas, principalmente mujeres, algunas de ellas menores de edad cuando ocurrieron los hechos, afirman haber sufrido desde tentativas de contacto físico no solicitado o tocamientos abusivos hasta violación por parte del abate Pierre.
La Conferencia Episcopal Francesa ha afirmado estar horrorizada ante la gravedad de las revelaciones que hoy hacen innegable que la persona a quien rendimos homenaje en estas páginas, fallecido impune en 2007, tuvo en vida, de manera sistemática, la actitud de un depredador sexual. Su nombre se agrega a la vergonzosa y ya larga, estremecedora y dolorosísima lista de psicópatas sexuales con cargos activos en la Iglesia Católica, casi siempre amparados por su jerarquía. Esta lista incluye nombres de abusadores en serie como Joseph Maskell, cura de la diócesis de Baltimore en Estados Unidos; el sacerdote chileno Fernando Karadima; o los fundadores de institutos de vida consagrada, el mexicano Marcial Maciel o el peruano Luis Fernando Figari, de los Legionarios de Cristo y del Sodalicio de Vida Cristiana, respectivamente.
Como San Manuel Bueno, el personaje de Unamuno, el abate Pierre fue celebrado y admirado durante años. Las encuestas lo mostraron no pocas veces como la personalidad preferida de los franceses y, por lo menos, en 150 municipios de Francia había una calle, una escuela, una plaza o una fundación que llevaba su nombre. Este nombre es precisamente el que ha ido siendo retirado de los lugares públicos de Francia en los últimos meses, a medida que los hechos que se conocían iban aumentando en gravedad. Incluso la Fundación Abate Pierre, que existe desde 1990, acaba de anunciar, el pasado 25 de enero pasado, que se llamará en adelante Fundación para la vivienda de los desfavorecidos.
En la novela de Unamuno, incluida varias décadas en el índice oficial de libros prohibidos por la Iglesia, tras la pose de santo se escondía el drama existencial de un ateo que fingía ser creyente. Por desgracia, tras la sotana y la boina negras e inconfundibles de Gruoès había algo más que las dudas existenciales que él mismo se había permitido expresar en su libro ¿Dios mío por qué?, publicado en 2005, traducido a varios idiomas y saludado unánimemente por la crítica. Junto a ese «Dios mío, ¿por qué?» cabe también preguntarnos, ¿por qué hasta ahora? ¿Cómo hechos tan graves pudieron haberse mantenido en silencio tantos años?
La investigación ha mostrado que las conductas inapropiadas del abate eran un secreto a voces entre sus cercanos del movimiento. Sin embargo, durante años se impuso un código de silencio, que desestimó las denuncias cuando las hubo, que no socorrió a las víctimas por miedo al efecto que podía provocar su testimonio, su lacerante parresía. Terminó así venciendo eso que la mafia italiana ha llamado «omertá», es decir, la obligación de callar los delitos cuya violación se paga con la muerte y por medio de la cual se bloquea cualquier posibilidad de conocimiento del modus operandi de las organizaciones mafiosas.
La Iglesia colombiana, en su actitud de minimización de los hechos, en su miedo al escándalo más que a la destrucción de las vidas de muchos de sus fieles, hombres y mujeres, también ha actuado o aún impuesto esta ominosa omertá que recuerda a aquel razonamiento de Don Manuel, el personaje de Unamuno: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella».
