Turismo, cultura y trabajo: impresiones de un caminante cotidiano de la calle 10

                                                 La moraleja de vivir aquí es que pa´ donde mires tienes que subir – AlcolyrikoZ

Por Fabián Castrillón

Pintura: Juan Noreña

Un lento desfile de rostros, maletas y bolsos me envuelve desde que salgo de la estación El Poblado. Al bajar las escaleras y pisar el concreto, uno juega a ser el delantero que esquiva a sus rivales para llegar a la meta, luego está el tropel del semáforo en verde para los transeúntes y la calle sin señalización, donde riñen la viveza con la buena voluntad de los conductores. Se oye un pregón grabado anunciando “el rompe colchón”, “el siete balazos”, “el vuelve a la vida”: se trata de los beneficios del consumo del chontaduro.

Avanzo cuesta arriba y la avalancha humana cuesta abajo. Solitarios, en pareja o en combo; relajados, afanados o cotilleando algo entre risas; ha culminado una jornada laboral, una rutina de ejercicio o algo nuevo está por emprenderse, vaya uno a saber. A lado y lado de las aceras se puede notar la variedad de empleos informales, dispuestos en una chaza o en el suelo, si se trata de artesanías. Son ciudadanos colombianos, indígenas y migrantes venezolanos, algunos con la compleja necesidad de subsistir en las condiciones que presenta la calle; en el caso de los indígenas y sus niños, más allá del hambre y el asfalto, deben huir constantemente de la policía de infancia y adolescencia. Siendo ya de madrugada, les veo correr con corotos y menores a sus espaldas, y la patrulla al acecho.

A mi juicio, lo que aparece antes del parque de El Poblado no es bastante estimulante a la vista, como sí lo es lo que viene dos cuadras antes de llegar al Parque Lleras: casas de cambio, casinos, tiendas sexuales, tiendas de fumar y licorerías. Es todo un catálogo que detona la imaginación tanto del nacional como del visitante y que representa un paisaje general de lo que El Poblado puede ofrecer.

No menos que todo esto, me sorprenden también los avisos publicitarios y lo sugestivos que pueden llegar a ser, los analizo en plena marcha, ¡tanto!, que puedo tornarme conspiranoico. Hay uno en especial que me llama la atención, porque lo veo en distintas partes de la ciudad exhibido en vallas enormes: “Lo tuyo es el ron”. Pienso que, como sociedad, condenamos abiertamente el uso de determinadas sustancias y otras las vemos todavía con recelo, no dejan de ser un tabú; no sucede así con el licor. Cuando uno viaja en el Metro puede ver que frecuentemente sus vagones y estaciones están adornadas con anuncios de ron o de aguardiente; decir “lo tuyo es el ron” es resolver el primer dilema de todas nuestras celebraciones: “¿ron o guaro?”. Me sitúo mentalmente en un contexto de fiesta e inmediatamente salta a la vista cierto dicho popular bastante underground: “Nadie huele en seco”. Eso decimos los antioqueños, “por favor pase” dice el semáforo parlante de la avenida El poblado. ¿Será que son paranoias mías?


Continúo mi marcha dejando atrás el Parque de El Poblado y me topo con una tienda de recuerdos. Allí hay ponchos, ruanas, tazas con mensajes alusivos a Colombia y a Medellín, réplicas pequeñas de chivas y camisetas que dicen “Parce”, “Qué chimba” o “El patrón del mal” con una foto de Pablo Escobar.

¿Por qué está ahí esa camiseta? ¿quién la comprará? ¿la usará cuando la compre?
En lo personal, no he visto a nadie de fuera llevándola, más fácil a personas de acá; con una gorra Fox, unas gafas Oakley y varios escapularios.

He conversado con personas que viajan al exterior y se enfadan cuando alguien, al decirle que son colombianos, de una les responden, “ah, sí, Pablo Escobar”; en vez de eso, esas personas han esperado a que, de entrada, les hablen de García Márquez. Cuando empecé a estudiar alemán, la gente cercana me decía “heil Hitler”, ¿debo enfadarme porque obvian la existencia de un Goethe, Hölderlin o un Kant? Ni al caso, soy de los que prefiere mostrar con amabilidad otros horizontes de sentido, así no me entiendan ni jota, al fin y al cabo, es un camino emprendido en solitario.

Monos de ojos claros y azules, a prima facie son todos gringos para nosotros, aunque naturalmente hay entre ellos franceses, ingleses, alemanes, españoles y demás. No es común a todos, pero suelen ir por ahí desaliñados, con ropa sucia, arrugada y en sandalias, ¿por qué es tan atractivo para ellos Colombia y en especial Medellín? He conocido distintas razones, entre las que destacan los paisajes, la gente, la comida, las rumbas y, a pesar de que no lo digan a voz en cuello, la facilidad para conseguir drogas de todo tipo.

Si bien todas las personas a las que me refiero poseen la condición de extranjeros – condición que tienen también los venezolanos, cuyas formas de habitar en nuestro país se asemejan bastante a las nuestras – no son todos turistas, ya que no todos están aquí disfrutando de sus vacaciones. Algunos están radicados, total o parcialmente, amparados en la figura del nómada digital, puesto que el empleo remoto les permite la movilidad a lo largo y ancho del mundo; se les puede ver en entornos sociales con sus dispositivos en mano resolviendo asuntos laborales. La disponibilidad que deben tener está sujeta a los husos horarios de diferentes latitudes.

Yo trabajo en un bar de salsa y de bachata, el trato con ellos es algo cotidiano. Me agrada sobremanera cuando hacen algún esfuerzo para comunicarse en castellano; cuando no, trato de zanjar la cosa con expresiones simples en inglés, y, a pesar de que entiendo la importancia de expresarse en otro idioma, cuando la comunicación es inviable, me siento extranjero en mi propia tierra. ¡Aaaah!, pero algo de simpático tiene cuando se dirigen a uno de “parce”, “¿qué más?”, “¡qué chimba!”, es un esfuerzo válido para entrar en confianza y convertir el rato en algo ameno.

Pienso en todo y en nada: en cómo sería mi vida en otro país, en cuál habrá sido la vida pretérita de extranjeros, migrantes, indígenas, prostitutas, trabajadores ambulantes y formales … en fin. Acabo de salir a tomar algo de aire, adentro se mezcla el retumbar de los parlantes con el aliento cervecero, sudor y axilas malolientes; son de ellos y de nosotros.

Me espera una larga noche

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