La sumisión de la fe insumisa

Por Aníbal Pineda Canabal

Pintura: Procession 1 – Tunde Afolayan Famous

Por muchos años, el protestantismo fue un fenómeno marginal entre nosotros. Hasta 1810, al comienzo de la independencia, la evangelización en América Latina se llevó a cabo bajo el modelo del patronato regio, es decir, el privilegio concedido por el Papa a las coronas española y portuguesa para organizar la evangelización y el conjunto de la vida eclesiástica en el Nuevo Mundo. Gracias al patronato, los soberanos de España (y Portugal) tenían derechos tales como fijar los límites de las jurisdicciones eclesiásticas, sugerir los nombres de los obispos, impedir que misioneros extranjeros ejercieran su misión en las tierras conquistadas, etc. Se evitaba así cualquier influencia política o doctrinal extranjera que resultara políticamente peligrosa o desestabilizadora. A cambio de estos privilegios, se comprometían a apoyar económicamente la labor eclesiástica; a construir iglesias, conventos, monasterios y a garantizar el sustento material del clero.

Los primeros protestantes llegaron al país con las campañas libertadoras y con los primeros ensayos de reforma del sistema educativo. Pero no fue sino a mediados del siglo XIX, por causa de los gobiernos liberales, cuando empezó a plantearse la cuestión de la libertad religiosa y de la división Iglesia – Estado. La libertad de cultos se logró, por primera vez en Colombia, gracias a las dos constituciones liberales decimonónicas: la de la Confederación Granadina de 1853 y la de Rionegro de 1863. La llegada de las primeras iglesias protestantes constituía así un desafío liberal a la política de su enemigo histórico: el Partido Conservador y su contumaz compinche, la jerarquía católica. Fue en la década de 1850 cuando se celebró el primer culto protestante en nuestro país. Los gobiernos liberales, en tiempos de persecución religiosa, promovieron la llegada de los primeros presbiterianos ingleses y el establecimiento de la primera iglesia presbiteriana en el país, minoría muy pequeña, formada por inmigrantes y miembros de las clases medias urbanas.

Sin embargo, el triunfo de los conservadores y el fin de los Estados Unidos de Colombia echó para atrás las conquistas democráticas impuestas por los liberales. La constitución conservadora de 1886, que rigió hasta 1991, consagró al catolicismo como religión de Estado, devolvió la educación y la beneficencia a los curas, acabó con el matrimonio civil y el divorcio, negó los derechos a los hijos naturales, entre otras medidas regresivas. La ínfima minoría protestante de esta época defenderá entonces la tradición liberal, promoverá valores democráticos e incluso abogará por el pluralismo frente al inmovilismo católico. Fueron la primera ola del protestantismo histórico: presbiterianos, bautistas, luteranos, menonitas, quienes lentamente fueron estableciendo sus comunidades de fe.

En la segunda mitad del siglo XX, este panorama cambió. En primer lugar, la influencia económica y política de los Estados Unidos se hizo más fuerte. En segundo lugar, la popularización del evangelismo pentecostal tras la gran depresión económica de 1929 lo hizo ganar terreno de manera espectacular entre los sectores más pobres, quienes, acaso al sentirse excluidos del desarrollo económico y decepcionados por el liberalismo, empezaron a replegarse en un movimiento religioso fuertemente emotivo y anti-intelectual. En este contexto, el protestantismo en América Latina entró en su segunda fase, la de su popularización a gran escala que acabó por romper la tradicional hegemonía católica.

La crítica tradicional, tanto a derecha como a izquierda, ha tendido a explicar este cristianismo pentecostal del siglo XX made in USA por medio de una forma de argumento complotista: el envío masivo de misioneros evangélicos desde Estados Unidos a América Latina fue una maniobra puramente política destinada o a la dominación cultural o a la contención de las ideas socialistas: Estados Unidos, en la omnímoda promoción de su cultura y de su estilo de vida, introduce sus valores, sus películas de Hollywood, sus celebraciones de Halloween o San Valentín… y también nos exporta su religión pentecostal. El catolicismo latinoamericano sería por su parte una especie de baluarte contra la influencia cultural gringa.

Es cierto que la difusión del evangelismo en la segunda mitad del siglo XX respondía al interés político de la delirante lucha anticomunista norteamericana. Si frente a los peligros de la Unión Soviética, parecía necesario apoyar a la extrema derecha religiosa islámica (talibanes u otros) en Oriente Medio, pareció igualmente necesario, en América Latina, favorecer la difusión ideológica del protestantismo en la época de los curas obreros y la teología de la liberación. En el contexto de la Guerra Fría, los evangélicos eran una especie de ejército de reserva, incluso un muro contra la propagación de las ideas comunistas, sobre todo después del triunfo de la revolución cubana y de la revolución sandinista. Aunque estos datos no sean inventos, explicar de este modo el pentecostalismo entre nosotros resulta demasiado mecánico y lineal y no da cuenta de las raíces populares del cristianismo pentecostal en América Latina. ¿Por qué esta forma particular de religión fue capaz de escuchar el desarraigo de amplios sectores sociales? Sin duda, esto no se puede explicar únicamente apelando a una decisión de la CIA.

Debemos preguntarnos cómo las comunidades protestantes, que en un primer momento resistieron a la aplastante mayoría católica y al catolicismo cultural imperante con una defensa de valores democráticos y progresistas, con el pentecostalismo, aunque avanzaron en número, se retrotrajeron a una violencia ideológica hecha a menudo de intransigencia y conservadurismo. Esta violencia sataniza los ritos, creencias y tradiciones indígenas o afrolatinoamericanas y a veces adquiere rasgos abiertamente racistas. A estos grupos los vemos hoy a menudo hermanados con las extremas derechas camanduleras católicas en un ecumenismo integrista que los hace deponer sus acerbas disputas doctrinales de siempre para hacer causa común en distintos frentes.

Las derechas religiosas están activas en el movimiento provida y usan la retórica de la ideología de género para defender políticas antiderechos. Se muestran asimismo negacionistas del cambio climático, en el que prefieren ver un signo que anuncia la Parusía de Cristo y no la acción humana destructora de la humanidad sobre la naturaleza. Votan masivamente por políticos que se alinean con la extrema derecha. Salieron en bloque a decirle no al acuerdo de paz en Colombia. Exhiben un sionismo vergonzosamente acrítico y plegado a las políticas del gobierno de Netanyahu. El desprecio del liberalismo que fue su primer aliado, el primado otorgado a la emoción sobre la razón en la celebración de la fe o la desconfianza por el estudio teológico, entre otros factores, los pone por fuera de su propia historia de defensores del libre examen y de la disidencia. Cuando en las religiones no se establece una relación crítica respecto a la propia creencia ni se ve la necesidad de pensar las propias prácticas, se reproducen entonces esquemas terriblemente alienantes. En esta Pascua 2025, he querido recordar a este cristianismo que propende a la reacción y que se desliza hacia ella a veces con demasiada facilidad. Recordar su herencia revolucionaria pueda quizá servir para romper en parte este consenso.

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