¿Para qué estudiamos?

Por Tatiana Machado González

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas

Le hago esta pregunta a mis estudiantes de grado 10 en la clase de filosofía: ¿Por qué vienen al colegio? Sus respuestas reflejan una realidad que ha cambiado con el tiempo, o al menos así lo percibo. En mi época, la mitad de la motivación para madrugar e ir al colegio era la insistencia de nuestros padres, la cantaleta de mi mamá, que nos empujaba a estudiar sin dejarnos muchas opciones. Sin embargo, en el contexto rural en el que ahora me encuentro, las respuestas de los estudiantes revelan una situación distinta. En muchas familias, estudiar no es la prioridad; prefieren que los jóvenes trabajen y contribuyan económicamente al hogar, mientras que a las muchachas se les proyecta un futuro marcado por el matrimonio y el cuidado del hogar.

A pesar de estas circunstancias, la mayoría de mis estudiantes responden con una frase que he escuchado incontables veces desde que inicié como docente: «Para ser alguien en la vida». Pero, ¿qué significa realmente «ser alguien»? ¿No lo son ya? ¿En qué momento una persona deja de ser «nadie» y se convierte en «alguien»? ¿Depende solo de la educación formal? Esta respuesta me inquieta porque pareciera que el valor de una persona está condicionado por títulos y empleos, por su utilidad dentro de un sistema económico que mide a los individuos en función de su productividad y rentabilidad.

Por otro lado, también están aquellos que ven la educación como una estrategia de escape. Para ellos, estudiar significa evitar el trabajo duro en el campo, bajo el inclemente sol. Pero estos estudiantes no se dejan cuestionar; al contrario, son ellos quienes me interpelan: «Profe, ¿usted estudió para esto? ¿Para estar aquí regañando hijos de otros?» Y aún más, algunos argumentan que la educación no garantiza un mejor futuro: «Yo conozco gente que estudió y nunca consiguió trabajo, les toca rebuscarse».

Ante estas preguntas, no puedo evitar hacerme la misma: ¿Para qué estudiamos? He pasado la mayor parte de mi vida en el sistema educativo, y aún hoy sigo haciéndolo, en parte buscando crecimiento personal, en parte por la necesidad de mejorar mis condiciones salariales. Sin embargo, cuando observo el mundo en el que vivimos, resulta complicado dar una respuesta clara. Estudiamos en un sistema que, en su estructura más profunda, está diseñado para responder a las necesidades del capital. La educación ha sido moldeada para formar trabajadores, para preparar individuos que encajen en la lógica de la productividad y el dinero.

Muchas veces en la escuela me siento como una vendedora de humo, que habla de construir un futuro mejor a través de la educación, vendiendo las bondades de un sistema del que yo hago parte y que desde su estructura comprendo como defectuoso. En simultáneo, pienso en la alternativa: el reclutamiento forzado, la explotación sexual de menores, el matrimonio infantil. Y entonces la escuela aparece de nuevo como el mejor lugar para estar, incluso con todos los peligros que también la atraviesan: el acoso escolar, el abuso de poder de los docentes, la reproducción de desigualdades. Aun así, sigue siendo la mejor alternativa.

¿Entonces mis estudiantes deben ir a la escuela solo por protección o porque eso “da plata”, porque es el camino que supuestamente garantiza estabilidad, aunque en la práctica eso no siempre sea cierto? Para muchos, estudiar es simplemente la vía de escape del destino del trabajo en el campo, un destino que representa esfuerzo físico bajo un sol inclemente, días largos y la sensación de estar atrapado en una rutina sin opción de cambio. Pero entonces, si la educación se convierte solo en un medio de evasión, ¿qué diferencia tiene con otras rutas de escape que parecen más inmediatas, como intentar ser tiktokers, donde el esfuerzo aparente es menor y la recompensa puede ser rápida?

Desde mi experiencia, puedo hablar de un momento de ruptura con lo que creía que era la educación y su propósito. A los 24 años, tras pasar por la educación media, el SENA y una primera carrera, experimenté esa ruptura cuando ingresé a la Universidad de Antioquia a estudiar filosofía, mi segunda carrera. No buscaba allí solo un título, ni siquiera tenía una certeza clara de para qué estaba allí, pero deseaba profundamente participar en la clase, estar presente, formar parte de la conversación, aunque muchas veces no comprendiera del todo la complejidad de los conceptos o las discusiones. Sin embargo, en esos instantes, alcanzaba a ser. Mi presencia en ese espacio, más allá de la utilidad práctica del conocimiento, era una afirmación de mi existencia y de mis capacidades.

Y eso es lo que quisiera transmitir a mis estudiantes: que la educación no se reduzca solo a un medio para alcanzar estabilidad económica o evitar ciertos trabajos, sino que pueda ser un espacio donde tomen conciencia de su propio ser y de sus capacidades. Que no estudien solo “para ser alguien en la vida”, sino que estudien porque ya son, porque su existencia y su pensamiento tienen valor en sí mismos. Que encuentren en el aprendizaje no solo una herramienta para el futuro, sino una forma de estar en el mundo con mayor conciencia y plenitud en el presente.

Tal vez la pregunta debería reformularse. No solo ¿para qué estudiamos?, sino ¿queremos estudiar? Si la educación solo es vista como un medio para alcanzar un estatus económico, su sentido se reduce a una cuestión pragmática. Pero si la concebimos como una herramienta para comprendernos mejor, para cuestionar nuestra realidad y transformar nuestro contexto, entonces su valor trasciende la productividad y la rentabilidad.

Deja un comentario