Matar-al-otro

Por Julio Rubio

Fotografías de la fotoperiodista palestina Fátima Shbair, muerta en un ataque de Israel junto a siete miembros de su familia.

La situación en la Franja de Gaza, desde mayo de 2024, se ha caracterizado por los ataques y la ocupación terrestre y área que Israel ha desarrollado a pesar y en contra de cualquier intento de tregua o posible negociación. La guerra contra Hamás ha sido, al tiempo, la guerra contra la población palestina con rasgos de exterminio étnico-religioso. Recuperar, en el lenguaje israelí, la tierra prometida y sagrada, es la justificación de fondo y la consigna del gobierno de Benjamín Netanyahu. Acabar con Hamás, dicen, es el objetivo, convirtiendo a rehenes y civiles, en meros daños colaterales.

Lo que está sucediendo recuerda aquello que Achille Mbembe, en su ensayo Necropolítica (2006), recogiendo una tesis elaborada por Michel Foucault sobre el arte de gobernar en sociedades presas de la autoridad del soberano (rey), nombra como el poder de «hacer morir y dejar vivir» a determinadas poblaciones. Su poder se soportaba en esta decisión discrecional. Se suponía que la modernidad liberal eliminaría dicho poder soberano y autoritario. Pero lo de Gaza es la huella viviente de este principio, ya no ejercido por el soberano-rey, sino por el gobierno (sionista) de Israel. Ellos están decidiendo quién debe morir y a quién dejan vivir, sobrepasando cualquier acuerdo establecido entre Palestina e Israel.

De esta manera, estamos asistiendo a la muerte-del-otro como principio de la soberanía “como el derecho de matar», en palabras de Mbembe. Siguiendo la lectura de la modernidad liberal, el autor camerunés agrega que, para este tipo de soberanía, se requiere la implementación del “estado de excepción”. Es decir, la consideración de que existe una situación o hecho de suma gravedad para el Estado y su población, que, por ello, quedan suspendidos o limitados los derechos humanos o ciudadanos hasta tanto no se retorne a una situación de normalidad social e institucional. Al punto que, en dicha situación de anormalidad social, es permitido el uso de la soberanía como derecho a matar. 

Esta idea de soberanía ha sido plena autojustificación de Israel que, por demás, ha demostrado su poder global sin respeto a ningún tipo de institucionalidad y leyes multilaterales, lo cual evidencia el declive de la O.N.U. De nada ha servido para resolver la situación y sus llamados no interpelan a Israel. A lo cual se le suma que, públicamente, Estados Unidos y sus aliados han defendido lo ocurrido. Nada y nadie ha impedido la muerte de más de 45.000 personas, en su mayoría civiles, niños y mujeres, en un territorio que cada día es ocupado por la fuerza, quitando posibilidades de movilidad y densificando poblacionalmente lo poco que queda de tierra. Gaza es, cada vez más, un campo de concentración a cielo abierto.

Tampoco se debe obviar la funcionalidad de estas muertes que, siguiendo a Mbembe y a Foucault, son funcionales al capitalismo. El derecho de matar como acción que permite la implementación o desarrollo del capital. Baste recordar las palabras de Donald Trump: sacar (o matar) a los palestinos de Gaza y en esas tierras construir un gran resort llamado «la riviera del Oriente Medio»; esto es señal, junto con las acciones emprendidas por Israel el Gaza, del expansionismo religioso y económico que impera en ambos países. En la trastienda, la política conservadora, capitalista y sionista ha puesto todo su poder en juego en todos los escenarios de la sociedad. De verdad han configurado no solo la guerra en Gaza, también en la economía, la política y en la cultura. 

En el escenario cultural deben inscribirse las exigencias (chantajistas) del gobierno Trump a universidades como Harvard, Columbia, Cornell, Instituto Tecnológico de Massachussets y 35 universidades más que, so pena de no cumplirlas, perderán financiación y deberán pagar impuestos de los que estaban exoneradas. Estas exigencias tienen como elemento central atacar, sobre todo, a las instituciones donde sus estudiantes y docentes decidieron protestar contra el genocidio en Gaza, tildándolas de antisemitas. Por ello deben acabar con programas que tengan visión crítica, que reciban estudiantes del extranjero, sobre todo de países poco afines a Estados Unidos; eliminar las políticas de inclusión a la diversidad y, faltaba más, poner la vigilancia del cumplimiento de estas normas en una persona externa a la universidad. Un intervencionismo explícito contra quienes tilda de «izquierdistas radicales, idiotas y cabezas de chorlito».

Pero mientras ello sucede, se promueve el turismo de guerra en Israel. Una nota periodística del medio español Noticias Cuatro cuenta cómo los frentes bélicos de este país se han convertido en lugares para turistear y, con binóculos en mano, se pueden ver las nubes producidas por los bombardeos en Gaza. El precio: 800 dólares por tour y por vivir lo que llaman “experiencias sensoriales” que, a su vez, son un apoyo a las acciones de Israel. Como dice uno de los guías: «tiene sentido que se sientan contentos. Esta es nuestra respuesta. Es lo que se merecen». Este tipo de turismo hace de la muerte-del-otro una mercancía, una espectacularización y un emotidie, según Eva Illouz (2019), para gentes que gozan con ello. (ver https://www.cuatro.com/noticias/internacional/20250105/turismo-gaza-bombas-convierten-espectaculo-prismatico_18_014421782.html

El turismo de guerra presentado en el video evidencia el pago por ver acciones que tienen de suyo la muerte del otro. Este tipo de turismo asume lo que, de manera sugerente, Loic Wacquant ha nombrado como «género pornográfico» (2010) al hablar de los Estados securitarios y punitivos contra los pobres. Estás acciones también están diseñadas para ser objetos de exhibición, algo parecido al espectáculo mediático de las deportaciones de inmigrantes y los encarcelamientos en la nueva mega-cárcel salvadoreña Centro de Confinamiento del Terrorismo. Este género se nutre de alarmismo y es difundido por medios de comunicación, partidos políticos, profesionales del mantenimiento del orden y agencias de viaje.

La muerte-del-otro concebido como sospechoso, diferente, chivo expiatorio tiene, además, fines económicos y territoriales por desposesión del lugar que ocupan en el mundo. A lo cual se le agregan representaciones mediáticas para su justificación. Todo ello como parte del pensamiento único inquisitivo y la fuerza para su imposición por toda vía posible. Sin lugar a dudas, una nueva trama de la geopolítica colonial está en ciernes.

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