Folklorización del cristianismo y performatividad pontificia

Por Diego Meza

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas

Algunos rituales religiosos continúan generando fascinación en las sociedades contemporáneas, a pesar del debilitamiento institucional de las religiones tradicionales. La elección de un nuevo Papa, por ejemplo, sigue suscitando una atención mediática global que resulta desproporcionada si se la compara con el peso efectivo del catolicismo en la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Este fenómeno pone en evidencia la persistencia de lo religioso como capital simbólico, incluso en contextos marcadamente secularizados. Un caso ilustrativo son los videos en TikTok de jóvenes no creyentes que expresan apoyo a determinados cardenales o comentan con entusiasmo el cónclave papal. Estos gestos, aunque podrían leerse como signos de revitalización del catolicismo, en realidad deben enmarcarse dentro de los procesos de estetización simbólica y reconfiguración del hecho religioso.

En su análisis del estallido del cristianismo, Michel de Certeau y Jean-Marie Domenach identificaban en los años setenta una transformación esencial: el catolicismo, privado de su fuerza normativa y existencial, se convierte en un objeto cultural. Es decir, en vez de continuar siendo una estructura dadora de sentido se desliza hacia lo que identificamos como repertorios, archivos o escenografías. Este proceso es lo que Certeau denomina folklorización del cristianismo: su constancia histórica no como creencia compartida, sino como capital cultural idolatrado a disposición de cualquier uso.

En esta dirección, la figura papal adquiere una relevancia simbólica que no guarda proporción con el deterioro institucional de la Iglesia católica. El obispo de Roma es todavía una imagen potente que socialmente está vinculada con el sabio, el santo y el sanador. Estos imaginarios colectivos reproducen emociones intensas y movilizan masas. Por tal motivo, su aparición mediática, sus discursos, gestos y silencios, su origen o el nombre que elige se convierten en acontecimientos cargados de significación. El Papa no es meramente un destacado líder religioso, es un vehículo de traslación simbólica global.

Sin embargo, esta visibilidad no implica necesariamente eficacia social. A pesar de que la figura papal sea aplaudida con fervor, la Iglesia ya no modela lo cotidiano ni regula la moral social. Los grandes rituales religiosos activan sentimientos o despiertan la curiosidad, pero esos intereses momentáneos no sustituyen la responsabilidad y la vinculación permanente. En este contexto, el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un “no lugar”, como lo definía Marc Augé, una experiencia deslocalizada, transitoria, intercambiable, que se adhiere a cualquier espacio simbólico disponible con tal de sobrevivir, sin lograr estructurar una pertenencia duradera ni un sentido compartido. Así, los discursos y prácticas católicas se convierten en un lenguaje residual, un repertorio estético, o solo en un recurso identitario.

La exposición mediática religiosa devela y se basa en su extrañeza. Para Certeau, los personajes religiosos personalizan ya no una autoridad constituyente y reguladora sino las fuerzas mágicas de un mundo que fue y ya no está. Bernanos, en su libro Diario de un Cura Rural, describe esta atmósfera: “Mi parroquia se halla consumida por el aburrimiento; ésa es la palabra exacta. ¡Como tantas otras parroquias! El tedio lo devora todo ante nuestra vista y nos sentimos incapaces de hacer nada. Acaso algún día nos alcance el contagio y descubramos en nosotros mismos ese cáncer. Es posible vivir mucho tiempo teniéndolo latente en el interior”.

De este modo, los conflictos, peleas y querellas palaciegas, que solo pueden hacer parte del teatro y del espectáculo eclesiástico, ya no corresponden a la organización del mundo, solo sirven a la inquietud, a la empresa mediática que recluta estos melodramas para sus intereses. Esta instrumentalización sirve para relajar miradas y dirigirlas hacia otro lugar, para ocultar ciertas crisis o enunciar con otros nombres lo que no debe ser nombrado directamente, para calmar flujos y dispensar culpas.

En el caso específico del Papa, observamos una estetización de loreligioso bajo condiciones de hipermediatización y desinstitucionalización de lo sagrado. Desde esta perspectiva, el Papa ya no conduce un cuerpo en marcha, sino que más bien representa un resto simbólico de orden en medio de la confusión. En otras palabras, su performatividad importa más que su contenido: atrae, dramatiza, evoca, pero ya no estructura. Frente a esto, las reacciones intraeclesiales oscilan entre la hipertrofia normativa (proliferación de leyes, documentos, endurecimiento dogmático) y la sobreexposición mediática (nuevos relatos audiovisuales, transmisiones en vivo, viralización de ciertos productos). Ambos desplazamientos intentan saldar la desvinculación social, pero en útlimas evidencian y a veces disimulan la pérdida de capacidad regulativa.

En definitiva, la elección del nuevo Papa no representa el retorno del catolicismo como orden estructurante de la vida social, aunque las multitudes reunidas y la atención global puedan sugerir lo contrario. El desafío del pensamiento no consiste en salvar a la Iglesia del desencantamiento, sino en comprender el lugar que hoy ocupa, y el que ha dejado de ocupar, en la construcción simbólica del mundo. ¿Quién puede anticipar lo que vendrá? ¿Emergerá una nueva forma de institucionalidad capaz de confrontar directamente su invisibilización, o el catolicismo continuará deslizándose hacia el folklor: un vestigio cultural de otro tiempo? ¿Un folklor sostenido por instituciones de prestigio, o reanimado por pequeños grupos cuya única fuerza es la alegría de estar juntos?

Un comentario en “Folklorización del cristianismo y performatividad pontificia

  1. Hola Diego, gracias por este artículo. Me hace pensar seriamente pero no lo comparto en su totalidad . Pienso que la performatividad de Francisco con su clara opción por los más pobres del mundo y con su personal austeridad sí movió cosas de fondo para la Iglesia catolica , aún a pesar de sus detractores , y a los no creyentes o reticentes ante el cristianismo los puso a redescubrir la hondura del proyecto de Jesús , como lo que consta en el estupendo libro de Javier Cercas «El loco de Dios en el fin del mundo «. También hay que ver el desencanto ante los liderazgos contemporáneos: Trump , Putin, Netanyahu , Erdogan , Maduro, Ortega , Petro , Bukele. Ante eso el binomio Francisco-León XIV emerge como una alternativa que reencanta a la humanidad y entusiasma con lo que ellos dos significan , liderazgos persuasivos. No olvidemos también que a fin de cuentas lo original del Evangelio es cuestión de un resto fiel , como en el antiguo Israel , una semilla que fecunda con la minoridad del grano de mostaza . Y claro! El régimen de cristiandad ya no va, eso nos reta a vivir según la narrativa original de Jesús.

    Saludos desde Bogotá

    Antonio José Sarmiento Nova SJ

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