Los desclasados

Por Aníbal Pineda Canabal

Ilustración: «¿Quién soy?» – Deisy Gallego

La clase social no es únicamente una categoría económica. Es principalmente política. No se trata de una realidad objetiva y contabilizable, sino que es sujeto, actor de la historia, realidad dinámica. Se va constituyendo progresivamente, va definiendo sus propios intereses, se va coaligando para alcanzar determinados fines, lucha contra otros por sus causas y da públicamente la batalla de las ideas. La clase no se define únicamente por una cifra o signo; es decir, que no viene dada ni por el monto de nuestros ingresos mensuales, ni por el barrio donde vivimos, ni por el empleo que tenemos, ni por el sueldo que devengamos. La clase es también una decisión, es un acto que se produce en un momento concreto ante un asunto concreto y que crea un estado de opinión colectivo capaz de marcar una tendencia política definida.

El socialista francés Jules Guesde distinguía, a finales del siglo XIX, dos clases de obreros: unos formaban el proletariado de hecho; otros, el proletariado de ideas. Los primeros eran trabajadores como cualquier otro: ganaban y vivían como sus pares, pero, o eran indiferentes a la lucha política o simplemente eran hostiles a los métodos o a las causas defendidas por sus propios compañeros. Este proletariado de hecho llegaba a incurrir en acciones abiertamente traidoras del movimiento. En las huelgas obreras no faltaron, por ejemplo, ni esquiroles que asumían los empleos de obreros huelguistas en lucha por mejoras que beneficiarían a todos, ni sindicalistas vendidos que transigían demasiado pronto en las negociaciones. Su acción hacía a menudo fracasar las huelgas y sus objetivos.

El proletariado de ideas era, por su parte, aquella minoría consciente y combativa que se proponía la mejora sustantiva de las condiciones generales de vida, una redistribución más equitativa de la riqueza, en definitiva, el fin de la miseria y de la pobreza de la gran masa. En él, la situación material se hallaba en concordancia con su situación espiritual y se expresaba en una forma de acción política coherente.

Pero esta concordancia no siempre se produce. De hecho, la sociedad capitalista está hecha sobre una doble traición. La primera es la traición de la clase que se beneficia del estado actual de cosas. Esta traiciona permanentemente sus propios ideales de los primeros tiempos, así como valores que dice defender, y muy especialmente la libertad. Al cortar el vínculo entre realidad e ideal (tenido ya por irrealizable), esta clase acaba siendo un factor de inmovilismo social, ya que defiende cambios bastante tímidos en la transformación de las relaciones económicas, asegurando así su propia dominación de clase.

Por otro lado, también se da el caso, más interesante todavía, de aquellos que se posicionan, o votan, o traicionan sus propios intereses. Los ejemplos no faltan en la historia: existen casos registrados de personas esclavizadas que en formas difusas se opusieron al fin de la esclavitud en el siglo XIX bajo el argumento de que sería peor para ellos vivir en libertad: se verían obligados a conseguir algo que el régimen esclavista parecía asegurarles más cómodamente, a saber, su trabajo y su sustento. Hubo en Estados Unidos esclavizados que, por temor a caer en la mendicidad o en la pobreza extrema, o por hallarse enfermos o viejos, jamás partieron de su antiguo lugar de servidumbre, sino que permanecieron en un régimen de trabajo muy parecido al de antes de su manumisión.

También se dieron, en diferentes partes del mundo, movimientos de mujeres opuestos al sufragio femenino. En Suiza, por ejemplo, existió hasta el momento de la aprobación del voto de las mujeres en las elecciones federales (en 1971) una liga activa de damas que militaban contra su propio derecho al sufragio. Allí mismo, en el cantón de Vaud a comienzos del siglo XX, se produjo incluso una marcha antisufragista. La prensa de la época reseñó la opinión inflamada de alguna oradora que llegó a mostrarse preocupada porque el voto femenino podría llegar a desarrollar habilidades intelectuales en la mujer, por encima de habilidades del corazón y del carácter, que le eran más propias debido a su género. En otros países hubo mujeres que adujeron que su entrada al sucio mundo de la política era una traición al ideal de feminidad en que todas estaban llamadas a realizarse.

También entre nosotros la noticia de la aprobación de la reforma laboral y, en general, la agenda reformista que adelanta el gobierno actual ha encontrado un tipo de oposición acontemporánea entre los propios trabajadores, sus directos beneficiarios. ¿Cómo puede ser posible que alguien vote contra sus intereses o adopte una postura política contraria a cambios que lo/la beneficiarían? En un chat de trabajadores por los días de la aprobación de la reforma laboral leí opiniones del tipo: «el aumento de los salarios no nos beneficia, ya que este aumenta la inflación, que a su vez termina tragándose el aumento, entonces ¿para qué esta reforma?, pura politiquería del gobierno»; «la reforma sube los ingresos de los trabajadores, pero ¿y dónde quedan los campesinos? ¿por qué a ellos no se les ayuda también?».

La primera, adopta el punto de vista del patronato. Reproduce la opinión patronal, inoculada a través de las grandes fábricas de producción y de formación de la opinión pública. Es trabajo de la ideología producir esta distorsión epistemológica gracias a la cual el propio interés parece ser el interés contrario. La segunda podríamos llamarla oposición farragosa o atávica. A diferencia de la primera que por lo menos razona (aunque para repetir una verdad funcional a los patrones), esta es farragosa porque responde a un amasijo de motivaciones poco claras y conecta realidades por medio de inferencias lógica de dudosa validez. Es más emotiva que reflexiva. Suele ser también atávica porque corresponde a formas conservadoras de pensar que se expresan en forma de cinismo reaccionario poco interesado en clarificar sus propias razones.

En su «pensar así porque sí», esta oposición se agota en un anti-intelectualismo chabacano y distraído por las grandes fábricas de la industria cultural, del espectáculo y la diversión. Estos elementos desclasados son inevitables y no tienen más explicación que el anhelo abstracto de libertad humana, de donde surgen todas las opciones posibles. Solo cuando estos elementos desclasados antes descritos son conjurados, puede proyectarse como posible y sostenible en el tiempo una transformación. El movimiento social solo se asegura el triunfo cuando logra claramente hacer coincidir su interés con el interés de las mayorías en sentido intelectual y afectivo. En esto se halla la clave de una recuperación de los elementos desclasados, espacios vulnerables del cuerpo social especialmente proclives a la derechización. Sin su recuperación, cualquier proyecto de transformación social anida al gusano de su destrucción futura.

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