Otra política de la rabia es posible

Por Diego Meza

Collage sin título. Aula Punk

La rabia es omnipresente en nuestras sociedades: en los hogares desestructurados, en las filas de un supermercado, en el tráfico de las ciudades, en las oficinas de las empresas, en los millones de comentarios que se difunden en las redes sociales, en los barrios pobres donde las desigualdades se normalizan, en los micrófonos empleados por funcionarios públicos y políticos, incluso, en algunos centros de culto. Somos espectadores de un mundo enfurecido, pero también nos airamos cuando tenemos un celular en la mano, cuando conducimos un vehículo o leemos las noticias que evidencian la violencia y la corrupción. En pocas ocasiones reflexionamos sobre qué sentido tiene sentir rabia y qué indica socialmente esta emoción.

La rabia no puede minimizarse o reducirse a una explosión irracional, menos a una exageración emotiva. La rabia no es un arrebato que hay que ocultar, sino el indicador de algo más profundo. Como la mayor parte de las emociones, la rabia es una respuesta que se genera cuando los equilibrios se rompen, cuando la existencia muestra su ambigüedad, cuando la vulnerabilidad y el horror aparecen. La rabia no habita dentro de nosotros como algo heredado individualmente o que surge de modo espontáneo y aislado, su origen, intensidad, multiplicación y expresión tienen una codificación social. La rabia es relacional y viene modulada por los espacios en los que vivimos, el capital cultural que poseemos, la materialidad que nos circunda y los vínculos políticos que mantenemos.

Lo dicho no solo hace evidente que vivimos, comunicamos y padecemos de modo distinto la rabia, sino que nuestras sociedades regulan o disciplinan esta emoción. En algunos contextos las rabias son deslegitimizadas por algunas prácticas culturales, discursos religiosos o por quienes detentan el poder. Son variados los mecanismos para ejecutar esta inversión. A través de dispositivos simbólicos, médicos o psicológicos, la rabia puede ser patologizada, reprimida o domesticada. En otros, la rabia es visibilizada y considerada legítima en función de ciertos intereses. Por tal motivo, la rabia no puede comprenderse si no preguntamos quién puede expresar su rabia y quién no, cómo lo puede hacer y qué formas no son aceptadas, qué rabias son aprobadas y cuáles son castigadas. En Colombia es clara esta distinción: la indignación de las élites se lee como una muestra de la salvaguarda de la nación, en cambio, el enfado popular es visto como peligroso para el país, como un gesto salvaje.

La rabia también tiene una dimensión ética. Cuando percibimos que la precariedad o la vulnerabilidad es vivida en común, el dolor nos lleva a indignarnos por nuestra propia experiencia del sufrimiento, pero también por la de los otros. Al estar en relación con los demás y depender de ellos, la rabia es un impulso que por un lado evidencia el trauma y por otro lado el deseo del cuidado compartido. Cuando el trabajo, la justicia, los derechos y la dignidad están siendo puestos en riesgo, las personas se unen para compartir sus miedos y en algunas ocasiones para hacerse cargo del sufrimiento social a través de la acción colectiva. Esto permite que las emociones no se privaticen o inhiban. El poder de la rabia alcanza su potencial en la medida que la gente la expresa, la escucha de los otros y se discuten colectivamente. Muchos de los derechos que hoy tenemos los debemos a la rabia que se tradujo en indignación común y fuerza social transformadora.

No podemos ser ingenuos en el análisis de esta emoción. La rabia puede ser también instrumentalizada en cualquier dirección y circunstancia. Ella puede ser utilizada para generar el caos, para crear tensiones y descartar o invisibilizar ciertos reclamos. Lo vemos a diario en las redes sociales. Los discursos de odio se viralizan en cualquier contexto y referidos a temas heterogéneos: política, economía, deportes, moda, religión y también la vida personal. Las violencias que se multiplican no son exclusivamente de tipo simbólico o discursivo, sino que al final se expresan también en agravios físicos y decisiones políticas y judiciales concretas.

¿Qué podemos hacer? ¿acabar con la rabia? ¿crear un mecanismo para disuadirla de todos los lugares? ¡No! Actuar en esta dirección sería igual a esconder lo que produce el sufrimiento social. Lo que hoy necesitamos en nuestras sociedades es otra política de las emociones y particularmente de la rabia. Requerimos imaginar y pensar modos que nos enseñen a todos a aceptar nuestra rabia, a expresarla sin ambages, pero sin convertirla en un arsenal para acabar con los otros; necesitamos aprender a aprovechar la fuerza que brota de la indignación y orientarla hacia procesos de cambio reales. Eso sí, sin domesticar nuestra propia rabia, ni tampoco la rabia de los demás.

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