¡No se trata de quejarnos nada más!

Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

“La peste de la memoria”, pintura de Shirley Alzate Orjuela

Hace poco leí con sorpresa una columna de un periódico con mercado nacional, de la cual me reservo su autor. Sin embargo, deseo revisar con detención una afirmación que me resulta muy problemática. A partir de una lectura un tanto sesgada de Vasconcelos, el autor de la columna menciona que el mestizaje, como mito creacionista de la identidad colombiana, es pacífico y más útil que la autopercepción de víctima. El mestizaje como relato “evita emociones tristes” y conviene para la convivencia, mientras que la idea de que somos víctimas invita a la victimización y re-victimización, lo cual lleva a vivir solo como “herida” y “machete”; esto es, una defensa del orgullo mediante la violencia. Para ello asume una posición que considero enteramente problemática, ya que menciona que, al cambiar el relato de mestizaje por “la narrativa del indigenismo y la afroacentuación”, se privilegia la división en lugar de la homogeneización y, por tanto, resulta políticamente menos deseable.

El escrito tiene mucho tramo oscuro que cortar, pero, en primer lugar, mencionaré que el sinsabor que aparece con mayor fuerza es el hecho de que el autor deslegitima las narrativas del dolor histórico e invita a concebirlas como la creación de una identidad lastimera que se habita desde la piel del resentimiento, el odio y la división. Entonces debemos preguntarnos: ¿es necesario olvidar “nuestra dolorosa historia colmada de injusticias”, ya que rememorar es victimizarse? Al contrario, las luchas de nuestros ancestros deben seguir activas y presentes; su esfuerzo, su energía, su buena intención, su vida, etc., tienen que rememorarse con orgullo para que nos sirvan de ejemplo frente a las nuevas formas de injusticia que se disfrazan con los mismos discursos del pasado. La necesidad de pensar el mestizaje como un discurso más útil para la convivencia puede ser uno de ellos, en el caso de que sugiera olvidar nuestro multiculturalismo y origen sangriento.

No vale la pena centrarnos aquí en una crítica acerca de los problemas del mestizaje, sino en desmitificar la idea de que habitar la herida es “vivir ardido y con odio”. De hecho, el mestizaje también se puede leer en clave crítica y de provecho para los problemas actuales; el problema radica en que se busca hacer uso de él como un mito conciliador y tranquilo para calmar el dolor y avanzar hacia un mestizaje del olvido. Con ello me refiero a un mestizaje que no confronta la herida histórica. Por tanto, se sugiere convenientemente —no sé para quiénes— olvidar la violencia estructural que produjo el mestizaje; olvidar el racismo que pervive en nuestro país, así se quieran usar eufemismos como un “racismo simétrico” (desde todos los lados y de todos contra todos); olvidar las desigualdades que siguen padeciendo, de manera especial, los pueblos indígenas y las culturas afro; y, de forma aún más problemática, abandonar la construcción de una identidad reivindicada y reivindicadora bajo el supuesto de que “divide”. Todo ello significa eliminar la diferencia.

La necesidad de vivificar, de vivir como siempre presente la “herida histórica” es un acto de lucidez y responsabilidad, al contrario de cómo lo propone el autor de la columna, quien la piensa como rival de la convivencia y la superación. Así las cosas, la invitación de la columna leída es entender el mestizaje como un mito conveniente; mostrar que quienes habitan solo la herida eligen el camino de una identidad irracional; exponer que las narrativas étnicas diferenciadas son inútiles en el sentido de que sugieren división; proponer que se debe evitar rememorar la herida histórica para no amargarnos; y mostrar que la diferencia étnica, cultural y de identidades compartidas en un territorio son un estorbo para la convivencia.

Frente a ello hay que mencionar que hacer memoria no es victimizar, porque rememoramos para no volver a vivir las mismas circunstancias dolorosas que nuestros ancestros ya vivieron y lograron transformar, incluso con sus vidas. Hacer memoria apoyados en esa herida cumple una función ética, en tanto enseña cómo operó la violencia, obliga a tomar determinaciones públicas y legales como reconocimiento a las injusticias vividas, obliga a romper los relatos cómodos y amañados que buscan reactivar los antiguos cánones del poder y la injusticia, y también permite construir una política más justa con la diferencia, no una que busque eliminarla. Además, la identidad no es algo que simplemente, y de forma racional, se elija: es algo que se construye con elementos que integran nuestro ser más profundo. Nadie elige dónde nacer, y desde la cuna inicia el proceso de estructuración de la identidad. No se trata de rememorar desde el dolor para quejarse sin sentido, sino de una queja que llama la atención sobre la deuda que tiene el presente con quienes sufrieron y murieron violentamente por nosotros.

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