Por Isabela Escobar García

Obra de Rosa Borrás
Nunca he tenido un lugar que me abrace. Ni una calle, ni un barrio, ni una ciudad que pueda nombrar sin sentir que exagero el afecto. He habitado, más bien, los recuerdos que cargo en la maleta: recuerdos que pesan poco en gramos, pero demasiado en el pecho. Una tierra me parió y me dio nombre, pero me arrancaron de ella antes de aprender a sentirla mía. La infancia quedó regada en otro mapa y la vida me obligó a subir por carreteras frías y empinadas hasta esta ciudad donde he venido a crecer… y, a ratos, a desaparecer.
Yo pensaba que el mayor reto de llegar a Medellín sería el colegio nuevo, las esquinas con muchachos fumando marihuana, los fuegos artificiales a medianoche, los robos en el Hueco o el desempleo de mi mamá. Pensaba que el miedo venía de afuera, de lo evidente. Pero no. El verdadero miedo empezó cuando conocí a su gente.
Esa gente que se nombra berraca y echada pa’ delante, pero que aprendió a herir con una suavidad casi invisible, escondida en el siseo paisa. No dejan cicatrices en la piel. Las dejan en el pecho, donde nada se ve, pero todo se queda.
Yo no sabía usar crema de peinar a los once años, pero ya sabían decirme que mi cabello estaba mal. Que su forma estaba mal. Que su volumen estaba mal. Que parecía descuidado. Que debía organizarlo. Que debía domarlo. Ahí empezó todo.
Y nadie pensó que tal vez una niña no entiende por qué su cuerpo es tema de conversación pública. Nadie pensó que esas frases se convierten en eco. Nadie se detuvo a preguntarse qué pasa cuando a un niño le enseñan, desde tan temprano, que existir está condicionado a parecerse a algo.
Hoy las voces siguen. No con la misma cara, pero con el mismo tono: en comentarios disfrazados de consejos, en miradas que examinan, en conversaciones ajenas donde el cuerpo de las mujeres es un tema cotidiano. En medios que romantizan el “arreglo personal” como virtud femenina y banalizan el daño que deja crecer sintiéndose inadecuada.
A esos miedos súmele la adolescencia y la pobreza, y tendrá la fórmula perfecta para fabricar inseguridades: un cuerpo y una mente sin malicia, tratando de entender por qué existir parecía estar condicionado a parecerse a alguien. A parecerse a ellas.
Con el tiempo entendí que en Medellín el cuerpo no es solo un cuerpo: es un proyecto. Un proyecto que debe tener cintura marcada, glúteos prominentes, piel lisa, cabello perfecto, nariz pequeña, sonrisa impecable. Un cuerpo que se puede moldear, corregir, intervenir. Un cuerpo que debe aspirar a ser “armónico”. Aquí la cirugía estética no es un secreto ni un lujo: es una conversación cotidiana, una posibilidad latente, casi una expectativa social. Como si el cuerpo natural fuera apenas un borrador que necesita edición.
He visto cómo se acepta con normalidad una fibrosis postoperatoria, pero no unas estrías. Cómo se celebra un abdomen intervenido, pero se rechaza la celulitis. Cómo se aplauden cabellos hasta la cintura, pero incomoda el vello en las axilas. Cómo se admira la piel tensada por procedimientos, pero se critica el color de mi piel cuando no coincide con el ideal.
El color de mi piel no encaja en la paleta que esta ciudad decidió llamar bonita.
Crecí viendo cómo amigas y conocidas hablaban de retoques y procedimientos como quien habla de cambiarse el color del esmalte. Vi cómo la idea de “mejorar” el cuerpo se volvió una forma silenciosa de pertenecer. Y cómo quienes no entrábamos en ese molde quedábamos en un lugar incómodo: el de las que podrían verse mejor.
Las redes sociales terminaron de completar el trabajo. Una pantalla que repite, sin descanso, el mismo tipo de mujer. El mismo tipo de rostro. El mismo tipo de cuerpo. Una simulación constante que hace que el mío parezca un error.
Y entonces llegó, sin que yo lo buscara, la crisis de identidad más cruda de mi vida: mi apariencia.
Un cabello que debe alisarme.
Una nariz que debería afinarse.
Un cuerpo que debería moldearse.
Una piel que debería aclararse.
Pero ¿qué pasa cuando no acepto el molde? ¿Qué hago cuando entiendo que pertenecer implica borrarme?
Las carreteras hacia Urabá existen. Puedo tomarlas. Voy cada tantos años y siempre vuelvo más desilusionada. No porque no ame esa tierra, sino porque ya no sé cómo habitarla. Soy extranjera allá y aquí al mismo tiempo, como si viviera suspendida en una curva interminable, sin llegar nunca del todo a ningún destino.
Durante años pensé que el problema era mío, que yo era la que estaba mal hecha, que algo en mí necesitaba arreglo. Hoy empiezo a sospechar que tal vez el problema no está en mi cuerpo, sino en el molde al que me quieren obligar a entrar: un molde que europeíza los rostros, estandariza los cuerpos y vende la idea de que la belleza es una meta alcanzable a punta de bisturí, filtros y silencios.
Tal vez nunca logre sentir que pertenezco a Medellín. Tal vez tampoco pueda volver a sentir que pertenezco al lugar del que salí. Pero empiezo a entender que, en medio de esa carretera sin destino claro, hay algo que sí es mío:
Este cuerpo que tanto han querido corregir.
Este cuerpo que ha sido señalado, medido, comparado, cuestionado.
Este cuerpo que, a pesar de todo, sigue siendo el único lugar donde realmente habito.
Y quizás, después de tantos años buscando un sitio donde encajar, estoy empezando a comprender que mi único territorio posible no es una ciudad:
Es mi propia piel. La única frontera que no pienso cruzar para parecerme a nadie.

Tan hermoso y tan cruel, el reflejo de una sociedad tan sintética y superficial que a veces nos sentimos presionados a adaptarnos.
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