Por María Paulina González Álzate

«Mujer y Lobos», Ilustración de Laura Espinal
Hay una pregunta que muchas mujeres nos hacemos cuando empezamos a cuestionarlo todo: ¿en realidad existe eso que llaman “matriarcado”?
Es importante abordar, antes de seguir, qué significa la palabra matriarcado. Esta se deriva de la palabra latina Mater y de la palabra griega arche, que significa tanto “dominio” como “principio”, siendo el significado más antiguo “principio materno”.
Durante años, cada vez que decía que en mi familia casi todas éramos mujeres, alguien respondía con seguridad: “vienes de un matriarcado”.
Recuerdo que una vez le pregunté a una maestra qué significaba eso. Su respuesta me dejó más confundida que tranquila: me dijo que el matriarcado era un lugar donde no existía la energía masculina. Algo no cuadraba.
Con el tiempo, y ya como activista feminista, empecé a deconstruir esa idea. Leí, pregunté y volví sobre el tema una y otra vez. Descubrí que el matriarcado suele presentarse como el reverso del patriarcado: un sistema donde las mujeres mandan, dominan y odian a los hombres. Pero si somos honestas, esa definición no se sostiene en la realidad.
Para que existiera un matriarcado, tendría que haber sociedades donde las mujeres controlaran de forma total la vida de los hombres: lo político, lo económico, lo social y lo simbólico. Y no hay pruebas de que eso haya ocurrido o ocurra hoy.
La antropóloga y fotoperiodista Ana Boyé, quien ha investigado durante más de veinte años sociedades llamadas “matriarcales”, explica algo muy distinto: en esos lugares las mujeres ocupan un papel central. Son reconocidas por su inteligencia, su capacidad para organizar la economía, el trabajo, la vida comunitaria y las normas. No se trata de dominar a los hombres, sino de sostener la vida de otra manera.
En Colombia, sin embargo, no existe un matriarcado en ningún sentido. Seguimos siendo un país profundamente machista. Lo que sí existe —y en grandes números— son mujeres cabeza de hogar. Mujeres que asumieron el rol de padre y madre porque los hombres no estuvieron. Pero eso no es matriarcado. Son mujeres sosteniendo la vida sin cuestionar necesariamente el orden patriarcal.
Llamar “matriarcado” a hogares donde viven solo mujeres es, en el fondo, una forma de quitar responsabilidades. Se borra a los verdaderos ausentes: hombres que no quisieron asumir el papel que les correspondía. En Antioquia, por ejemplo, se repite mucho la idea de que hay un matriarcado porque muchas mujeres sostienen económicamente el hogar o administran el dinero familiar. Pero no: lo que hay es una alta presencia de mujeres jefas de hogar, producto de violencias históricas, económicas y armadas.
Aunque las mujeres mantengan la casa en pie, el poder real no se redistribuye. Las grandes decisiones políticas, comunitarias y económicas siguen estando en manos masculinas. Como dice Rita Segato, las estructuras patriarcales permanecen incluso cuando cambian los roles visibles.
No es que, después de todo lo ocurrido, hayamos creado un matriarcado. Lo que pasó fue que se le delegó a las mujeres la administración de la crisis. Y gracias a esas mujeres, el mundo siguió funcionando.
En Colombia, según cifras del DANE, más del 40 % de los hogares tienen jefatura femenina. Sin embargo, eso no significa que exista un matriarcado. Las mujeres siguen ganando menos, ocupan menos cargos de poder y asumen mayor carga de trabajo no remunerado.
Ser cabeza de hogar no es sinónimo de poder. Sinónimo de poder sería que las mujeres tuvieran mayor incidencia en las decisiones políticas, en la distribución del presupuesto público, en la dirección de las empresas y en la construcción de leyes que rigen sus propias vidas.
Cuando se habla de “la mujer que manda en la casa”, muchas veces se exagera el poder doméstico femenino para ocultar una desigualdad más profunda. Porque mientras ellas “mandan” puertas adentro, los hombres siguen teniendo más libertad social y sexual, siguen decidiendo fuera del hogar y siguen ocupando la mayoría de los espacios de poder político y económico.
Además, hay algo incómodo pero necesario de decir: las mujeres también reproducimos el machismo. Conozco varias mujeres, madres solteras, que criaron solas a sus hijas e hijos. Aun así, repiten ideas como que un hogar con más “energía femenina” está destinado al fracaso o que una mujer con novio no debería vestirse de cierta manera porque “provoca” a otros hombres.
Como señala Marcela Lagarde, las mujeres también participamos del pacto patriarcal, incluso cuando ese mismo sistema nos oprime. Tal vez el problema no es preguntarnos si vivimos en un matriarcado, sino por qué seguimos usando esa palabra para explicar lo que en realidad es abandono, muerte y desigualdad: una enorme carga puesta, una vez más, sobre los hombros de las mujeres.
Llamar matriarcado a lo que vivimos es desconocer el trasfondo estructural de nuestra realidad. Es, además, políticamente cómodo. Porque al nombrarlo así se romantiza la resistencia de las mujeres y se convierte en virtud lo que en realidad ha sido una respuesta obligada a la exclusión.
Nos llaman fuertes, berracas, echadas pa’ lante. Nos celebran la capacidad de “salir adelante solas”. Pero cuando señalamos la desigualdad estructural, cuando denunciamos la exclusión social que ejerce el patriarcado sobre nosotras, entonces el relato cambia: ya no es sistema, ya no es abandono estatal, ya no es violencia económica. Se reduce todo a una decisión individual: “no escogió bien al hombre”.
Pero esa supuesta fortaleza no debería ser una obligación impuesta por la ausencia masculina ni por un Estado que no responde a las mujeres. Resistir no es un privilegio; es una carga que hemos aprendido a llevar porque no nos dejaron otra opción.
Las mujeres sostienen la economía doméstica, crían solas, administran recursos y mantienen comunidades en pie. Eso no es tener poder: es supervivencia. Es una reacción frente al abandono del Estado y la precariedad.
Entonces, la próxima vez que alguien diga que en Antioquia vivimos en un matriarcado, habría que preguntarle:
¿Quién firma las leyes?
¿Quién dirige las empresas?
¿Quiénes ocupan la mayoría de las curules?
¿Quién controla el capital?
