Editorial No 7: Las comunidades articuladas podemos resistir al fascismo

Cabezote 7La vida realmente humana del individuo concreto solo puede realizarse en comunidad. Y es que la felicidad, que es en últimas el propósito de la existencia humana, no solo tiene que ser posible para todos sino que es el resultado de una vida plenamente articulada en comunidad, de los vínculos de afecto y solidaridad que juntan y permiten orientar nuestra acción colectiva a la construcción de las condiciones de posibilidad para la felicidad de todos y cada uno de nosotros.

Desafortunadamente esa es la vida amenazada por el capitalismo, que busca garantizar la apropiación privada de la riqueza promoviendo el ideal del individuo aislado que compite con los demás por una porción de esa riqueza. En ese sentido, ha elevado la vida privada como modelo de existencia humana en oposición a la vida colectiva. Al mismo tiempo ha remplazado el sentido de la felicidad humana por un sucedáneo representado en el consumismo y el derroche, en el bienestar material del individuo particular a costa del bienestar de los demás.

Y no se ha limitado a promover este individualismo y la oposición entre vida privada y colectiva. Más bien lo ha materializado en acciones y estrategias bien planificadas para destruir los vínculos que unen a los individuos en comunidad. En esas acciones los Estados han sido protagonistas de primer orden, bien sea promoviendo la represión contra las comunidades o reconfigurando los escenarios de la vida comunitaria en función del mercado. En este sentido, Estado y Mercado conspiran hoy en la actualización de un fascismo de nuevo cuño, evidente ya en la dinámica política que mueve a la Unión Europea hacia su disolución con la emergencia de nuevos nacionalismos, auspiciado por el odio al musulmán y al sudaca. También se evidencia en el ascenso de una derecha inescrupulosa que en América Latina hace añicos las pocas conquistas de los últimos gobiernos progresistas.

Así como en Alemania Hitler prohibió las reuniones de más de dos personas que no pertenecieran al nacional socialismo para evitar el fortalecimiento del comunismo, en Colombia, primero el narcotráfico y después el paramilitarismo, se encargaron de borrar la vida colectiva de los jóvenes en las esquinas de los barrios, en las canchas de fútbol y en las universidades, donde quedó prohibido el parche e instaurada la pena de muerte. El golpe final lo asestó el gobierno de Álvaro Uribe con su famosa red de informantes que convirtió a todos los ciudadanos en sospechosos de subversión y terrorismo ante los demás. Nada que envidiar al Gran Hermano que describe Orwell en su novela 1984.

En cuanto a las estrategias del mercado, la automatización del trabajo en las fábricas primero, luego las técnicas del teletrabajo y, finalmente, la precarización de los contratos que desvinculan a los trabajadores de las empresas, resultó en el debilitamiento de la vida comunitaria de los obreros, lo cual no ha dejado de tener consecuencias en su debilidad ideológica y política. De hecho, no hay nada que se parezca menos a una comunidad hoy que un sindicato o un partido, ambos deshilachados, no solo por lo dicho arriba, sino también por las luchas intestinas de poder. Esto no puede llevar a rechazar por principio a los sindicatos y partidos, sino a reconocer que su fuerza y legitimidad estriban en que puedan constituirse en verdaderas comunidades obreras.

Frente a la vida urbana, el capitalismo en nuestro territorio ha pretendido acabar con las canchas de barrio, que eran espacios de encuentro y esparcimiento de la comunidad; hoy nos ofrecen, en cambio, canchas de grama sintética que se alquilan en locales comerciales, y los niños y jóvenes ya no juegan fútbol en la calle sino que entrenan en una escuela de fútbol, en donde se les desarrolla la competitividad. Los espacios abiertos al aire libre se están remplazando por centros comerciales a donde la gente va a comprar o a antojarse de lo que no puede comprar. Y las casas familiares están siendo remplazadas por apartamentos en edificios donde la vida familiar y comunitaria se asfixia.

Así ha quedado servida la mesa para el fascismo, esta vez abiertamente al servicio de la acumulación imperialista, sin un sujeto colectivo en capacidad de resistirlo. Pues lo que ha hecho el fascismo después de romper los vínculos comunitarios es tomar al individuo en su estado de orfandad, sumarlo a la masa y tirarlo como autómata a la calle a luchar por unos ideales que no está en capacidad de digerir, ajenos incluso a su propia condición social, cultural y económica.

Por fortuna, la memoria de la comunidad no está todavía tan lejana de nosotros, a pesar de los estragos causados por el capitalismo. Sobre todo sigue viva en América Latina y, particularmente, en Colombia, donde las comunidades indígenas han conservado buena parte de la dinámica comunitaria y la han irrigado a otros territorios. También los campesinos, en la medida en que hasta hace poco eran aún extraños a la lógica del capital, han logrado preservar en sus formas de vida cierto aliento comunitario y traerlo a la ciudad, adonde han sido desterrados. Así han construidos muchos barrios bajo formas de trabajo comunitario, muchas veces sin ninguna participación del Estado.

Recuperar y fortalecer los vínculos que nos unen en una comunidad es hoy una posibilidad concreta de resistencia al capitalismo y al fascismo. Pero debemos tomar en cuenta que una comunidad no la conforma un grupo humano por el mero hecho de vivir en un mismo territorio y compartir la misma suerte. La comunidad surge cuando esos individuos dejan de percibirse a sí mismos como átomos aislados y deciden voluntariamente tejer vínculos afectivos y políticos entre ellos que los articule sin disolver sus singularidades.

Esos vínculos se fundan en el amor, el respeto, la solidaridad y tienen como eje articulador la corresponsabilidad. Esto significa que nadie está librado a su propia suerte sino que vive bajo la protección y el estímulo de la comunidad entera, pues a cada uno de nosotros nos compete la suerte de los demás y somos responsables por ellos.

Esto requiere, sin embargo, la defensa y preservación de los rituales colectivos que mantienen y renuevan la tradición comunitaria. Rituales como las fiestas tradicionales, las comidas en torno al hogar, el juego, la lúdica y la formación en comunidad, todos amenazados hoy con el fantasma de la privatización y la disgregación tecnológica. Estos rituales nos disponen para abrirnos a los sueños de los demás y articular con ellos los nuestros en proyectos colectivos. De esta manera, la comunidad no es solo ella misma una forma de resistencia, sino que propicia en ella todas las demás: la resistencia cultural, política y económica, por ejemplo. En todo caso, no podemos olvidar que solo cuando el amor y la solidaridad que se construyen en la comunidad priman sobre los resultados políticos, la política recupera su capacidad emancipadora y su vínculo con la felicidad.

(Número 7/Mayo 2016)

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