Editorial No 15: La fraternidad es necesaria para construir una verdadera humanidad

el-colectivo-15(Número 15 / Enero 2017)

La adaptación al modo de vida capitalista nos ha implicado renunciar, entre otras cosas, al amor libre y sincero. De hecho, la doctrina del liberalismo económico, que surgió para sustentar el orden social centrado en el mercado, concebía a la sociedad como una horda desorganizada en la que todos luchaban contra todos a fin de apropiarse de los suficientes recursos, por definición escasos, para garantizar su subsistencia. Desde entonces nos hemos acostumbrado a ver al otro y a la otra como potenciales enemigos, competidores en esta carrera por sobrevivir.

El neoliberalismo ha llevado esta visión al extremo, convirtiendo el mundo en una escuela del odio. Las élites económicas y políticas del planeta promueven el odio visceral contra el otro: aquel que compite por nuestro trabajo y amenaza la subsistencia de nuestra familia; el que aspira a nuestra misma beca y con ello podría enterrar nuestros sueños; incluso el que lucha por una sociedad distinta porque podría arruinarnos a todos. Sembrando odio y desconfianza entre los desposeídos, las élites se aseguran sus crecientes privilegios.

Al capitalismo le es indispensable el odio por la alteridad. De este odio se alimenta más que de la riqueza misma. Eso ha venido pasando con la humanidad desde hace décadas y siglos. Los negros, los indios y todos aquellos que pertenecen a una raza distinta a la europea, fueron vistos por ésta, en los albores del capitalismo, como especies infrahumanas a las que, por tanto, se podían saquear y explotar impíamente. Por eso hoy conmueve a poca gente las masacres de pueblos africanos en las guerras orquestadas por las potencias occidentales para repartirse sus riquezas. Todo está precedido por el odio impulsado contra los negros y musulmanes.

Pero la subsistencia de la humanidad como una especie realmente humana está en contravía del capitalismo, que convierte todo en mercancía, inclusive –o más bien sobre todo- los seres humanos. Porque cada avance suyo implica un poco más de deshumanización y pérdida de terreno para la vida en general.

Eso explica que la tríada que sustentó la revolución burguesa de 1789 en Francia haya quedado desde el principio reducida a un dúo. Aunque de manera formal, la libertad y la igualdad siguen siendo ejes de la retórica burguesa en defensa de su “democracia”. La fraternidad, en cambio, fue condenada al olvido desde el principio, a pesar de que había sido defendida por varias culturas, incluso antes de la emergencia del cristianismo que la puso en el centro de la vida social; mientras que la libertad y la igualdad son valores emergidos de la modernidad capitalista, funcionales a esta en su vacuidad formal.

La fraternidad no tiene cabida en la sociedad capitalista, porque esta se funda en la apropiación privada de la riqueza social, lo cual implica la expropiación y el despojo de los demás, la mayoría de las veces, violentamente. No puede promover sinceramente la amistad una sociedad que, en aras de la acumulación de capital, ensalza la explotación, opresión y dominación de la mayor parte de la humanidad.

Ver a los y a las demás como hermanos y a la humanidad como una gran familia. Ese es el principio que sustenta la fraternidad; no se trata de un hecho natural ni divino, sino de una construcción social. Así como la libertad y la igualdad reales han de ser una conquista de la humanidad, la fraternidad también ha de conquistarse. Ella es el principio que vincula efectivamente libertad e igualdad en una sociedad donde los individuos están unidos por el amor, la solidaridad, el respeto y la lealtad.

En una sociedad con estos vínculos, nadie puede aspirar a beneficiarse particularmente si con ello no se benefician los otros, especialmente los más débiles y desfavorecidos. Por eso le es inherente la búsqueda del bien común. Además, la fraternidad se sustenta en el respeto a la igualdad y libertad reales del otro y, sobre todo, de su dignidad como ser humano. En este sentido, implica la renuncia a utilizarle como medio para propósitos propios y a usar con él cualquier instrumento de dominación a nuestro alcance.

Así entendida la fraternidad, debemos replantear la forma de familia tradicional, burguesa y patriarcal, una escuela de la dominación y legitimación de la propiedad privada sobre las personas; pues ésta funciona como el pequeño reino del padre, dueño tanto de sus hijos como de su compañera. De hecho, la familia tradicional se funda en una gran mentira: el “amor romántico” vivido como una relación de propiedad sobre el cuerpo y los afectos del otro, una especie de sociedad de intercambio de favores sexuales y provisión económica.

Esta sociedad patriarcal y capitalista ha impulsado, además, una forma de odio también funcional a la división del trabajo capitalista pero enraizado en un odio primigenio: la misoginia. En términos generales la mujer es menospreciada e instrumentalizada para el placer del hombre y para el cuidado del hogar. Deviene incluso de un odio anterior y más acentuado que el odio de clase, donde a la mujer se le cobra incluso su pretensión de igualdad y libertad frente a los hombres. Además, la misoginia no se queda en el odio del hombre hacia la mujer, sino que limita las relaciones fraternales entre ellas al promover la sospecha y la rivalidad entre todas.

Los lazos de hermandad no tienen por qué estar basados en este tipo de familia, no tienen por qué derivarse de vínculos de sangre y de parentesco. La fraternidad en su sentido emancipatorio implica un replanteamiento radical de la forma de familia, para ampliarla a la comunidad y a la humanidad misma. Se trata entonces de unos vínculos de hermandad construidos por elección, con base en afinidades, sueños y proyectos. Implica, por ejemplo, que los niños y niñas están a cargo de la sociedad o de la comunidad, que se ocupa de su educación, de la subsistencia y la integración a la gran familia.

La fraternidad es en principio una convicción personal que se juega en las relaciones cotidianas, en el amor interpersonal concreto. Para que se convierta en un principio organizador de la sociedad, tiene que ir a la par con la destrucción de las estructuras materiales y sociales que, a través de la propiedad privada y la mercantilización de la vida, agencian todas las formas posibles de dominación. Ya decía un filósofo de la antigüedad que donde reina la amistad no son necesarias las leyes, pues el principio de fraternidad obliga a cada uno a preocuparse sinceramente por el otro y a procurarle lo mejor de sí.

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