Alepo no fue liberada, fue humillada

Por Álvaro Lopera

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Foto: Pablo Tosco –  Oxfam Internacional

La guerra en Siria cumple 6 años. El número de muertos ronda los 400 mil, el de desplazados y refugiados, más de 12 millones; heridos y mutilados quedan cientos de miles. Todo se inició en el marco de la Primavera Árabe o alzamiento general de los pueblos del Medio Oriente y del Norte del África, que, para muchos estudiosos de la geopolítica, fue un invento del imperialismo norteamericano en su propósito de recomponer el mapa del Medio Oriente, fundando el Gran Medio Oriente. Esta visión geoestratégica facilitaría el dominio total de los recursos y de las vías del Mediterráneo y del Mar Rojo, de tal manera que esa zona fuera controlada sin perturbaciones por la OTAN, sacando de en medio a las potencias emergentes, China y Rusia.

Pero no es verdad que los pueblos hayan sido tan fácilmente manipulados. Su imperativo histórico era destruir las dictaduras establecidas desde el siglo pasado por las grandes potencias.

Entendiendo el presente

Siria se enfiló en la órbita “socialista” con el ascenso al poder del partido Baath Árabe Socia- lista en 1963, tras un golpe de Estado. En este año se instauró el Estado de Emergencia, una especie de estado de sitio, derogado en 2011, después del alzamiento popular pacífico que empezó exigiendo libertades políticas, el fin de la represión, la legalización de nuevos partidos, el respeto a los derechos humanos y la libertad de expresión. Con Hafez al-Assad, padre del actual mandatario, se inició el manejo dinástico del gobierno desde 1970. Después de su muerte en el año 2000, le sucedió su hijo, el oftalmólogo Bashar al-Assad. Su supuesto legado era la libertad de culto y la reivindicación de una patria para el pueblo palestino.

El credo de la clase gobernante es alauita, una rama del chiismo islámico. El discurso internacional ha sido el panarabismo y la oposición a Israel, máxime que este país se tomó los Altos del Golán sirios en la guerra colonial lanzada en junio de 1967, conocida como la guerra de los seis días.

Siria, una guerra contra el pueblo

Tras la caída del muro de Berlín, Siria se la jugó acercándose a Occidente, formando inicialmente un frente antiiraquí, después de la invasión de Irak a Kuwait. Cuando murió Hafez, el régimen baathista abrazó el más rampante neoliberalismo. La ola de privatizaciones y de privaciones económicas llegó de la mano de Bashar al-Assad, que trajo a la vez la corrupción más escandalosa. También avanzó la colaboración con la CIA, facilitándole el uso de las cárceles para la tortura “de los enemigos de Estados Unidos”.

En este contexto se iniciaron las protestas pacíficas en marzo de 2011: “Esos revolucionarios originales que salieron a la calle por miles, por millones, estaban pidiendo cosas como libertad, derechos humanos, justicia social, dignidad. Y se encontraron con la represión más despiadada, lo que contribuyó a la sectarización de Siria, al creciente extremismo de la oposición a Assad”, según lo confirmó Leila Al Shami, escritora y defensora de derechos humanos en Siria, en una entrevista dada a la revista Open Left, el 29 de noviembre de 2016.

Alepo, el último clavo del ataúd

En estos casi seis años de guerra, Alepo ha sido una de las ciudades más castigadas. Ubicada en el noroeste del país, otrora fue una ciudad floreciente de más de dos millones de habitantes, cuya economía se basaba en la agricultura. Cuando el régimen optó por aplicar toda la fuerza militar contra el naciente movimiento, la única agrupación militar que se le opuso fue el Ejército Libre Sirio, conformado por un sinnúmero de activistas revolucionarios. En el inicio no hubo participación alguna de elementos extraños a la nacionalidad siria, todos eran de allí y querían establecer una democracia alternativa al régimen neoliberal.

Las atrocidades del régimen iban en aumento mientras la propaganda occidental y rusa iba en contravía de las intenciones de la revolución popular. Posteriormente  aparecieron nuevos actores interesados en sacar partido: Arabia Saudita, Qatar, Irán, Rusia, y, por supuesto, Estados Unidos.

Para 2013, Siria se encontraba contaminada por los discursos geopolíticos y por actores extremistas pertenecientes a facciones del islamismo político: DAESH (más conocido como Estado Islámico), Al-Qaeda, Al-Nusra (derivado del DAESH). Detrás de ellos había financiaciones non-sanctas de Arabia Saudita, Qatar y de algunos países occidentales. Mientras arreciaba la guerra, las organizaciones sociales se armaban, pues la atrocidad del gobierno de Bashar y de los extremistas era suficientemente grande como para moverse únicamente en la escena de la resistencia civil. En 2014, el Ejército Libre Sirio, principalmente, y otras organizaciones armadas expulsaron al DAESH de Alepo.

La verdad, la primera víctima de esta guerra

Si vemos cualquier noticiario de televisión, nos asombramos por el estado de destrucción de Alepo. A nadie le puede caber en la cabeza que esto se deba a la defensa que hacen los rebeldes con morteros, fusiles y armas de corto alcance. No, esa destrucción se debe a los innumerables bombardeos que ha hecho la coalición dirigida por Estados Unidos supuestamente contra el DAESH, los cuales han causado más bajas civiles que militantes en dicha organización. A esto se suman los bombardeos realizados por la aviación rusa y la del propio régimen, sobre todo la gran cantidad de bombas de barriles llenos de dinamita que sin precisión lanzan los helicópteros de Bashar.

La oposición armada no tiene aviación ni armas antiaéreas que faciliten su defensa. Tampoco la ONU ni su Asamblea General ni su Consejo de Seguridad han hecho nada para detener el desangre. La última embestida rusa e iraní se dio en los albores de diciembre, en donde se pactó un alto al fuego en dicha ciudad.

Tuvieron entonces que salir de la parte oriental, bastión de la oposición armada, no solo los combatientes sino también sus familias hacia la ciudad de Idlib, al suroeste de Alepo, donde se prepara, seguramente, una nueva masacre. Los medios de comunicación rusos celebraron esta salida como “La liberación de Alepo”; en realidad, no es más que la humillación de una población que se ha resistido por todos los medios a un régimen sanguinario y antidemocrático por más de 5 años.

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