Editorial No 19: La unidad como horizonte utópico

Un amigo nos ha repetido, en tono de ironía, que la utopía en Colombia no es la revolución sino la unidad de la izquierda. Sería sorprendente descubrir que la unidad es al fin y al cabo la gran utopía de la humanidad. Y no solo la unidad entre los seres humanos sino entre estos y la naturaleza, el universo entero. Acaso por la evidencia cotidiana de su necesidad y por su apariencia simple y sencilla, se nos haya escapado el contenido profundamente utópico y revolucionario que encarna el sueño de unidad. Eso confirma la sabiduría de la poesía de las cosas sencillas: “Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. Las acciones cotidianas en las que podríamos ir transformando nuestras relaciones con los más próximos para construir un mundo que respete la dignidad de todo lo que vive las realizamos mecánicamente, mientras nos empeñamos en diseñar y proyectar para el futuro las más complejas y a veces descabelladas revoluciones.

Uno de los científicos más prestigiosos de hoy, Stephen Hawking, nos exhorta a colonizar
otro planeta si queremos sobrevivir. Según este renombrado físico, el futuro de la humanidad está en el espacio, pues los problemas que se nos vienen encima con el calentamiento global nos obligarían a abandonar La Tierra en menos de 100 años. Hawking, al igual que la mayoría de quienes le rinden culto a la técnica, parece desinteresarse por los problemas éticos que su solución encarna y asumir como natural la condición depredadora del capitalismo y su derecho incuestionable a la colonización y destrucción del universo entero.

Así, este renombrado científico, que nos ha revelado en los últimos tiempos parte de los misterios más complejos del universo, parece al mismo tiempo desinteresado en los misterios del alma humana, revelados desde el principio de los tiempos por la poesía y la sabiduría popular. A él y a la mayoría de científicos contemporáneos le son extrañas e indiferentes, por ejemplo, las advertencias de Constantino Cavafis en su poema titulado La Ciudad: “Siempre llegarás a esta ciudad. No esperes otra–/ No hay un barco para tí, ni hay camino./ Así como has destruido tu vida aquí/ en esta pequeña esquina, la has arruinado en el mundo entero”.

Bien dicen que el capital no tiene patria y por lo visto tampoco planeta, es colonizador y depredador por excelencia. No tiene una utopía que vaya más allá del enriquecimiento privado, para lo cual ha cultiva el mito del individuo aislado que sobrevive y se enriquece gracias a la competencia de todos contra todos. En vez de la unidad para disfrutar en comunidad los dones que la naturaleza pone a nuestra disposición, la organización capitalista de la vida promueve la expropiación de los vienes comunes y con ello una múltiple escisión que hace del antagonismo y la dominación las claves de la dinámica social: seres humanos vs naturaleza, hombre vs mujer, individuo vs sociedad, cuerpo vs espíritu (con la correspondiente oposición entre el crecimiento material y el crecimiento del espiritual), medios de producción vs trabajo, subsistencia vs felicidad.

Apuntalado en estas contradicciones, el capitalismo, al convertirlo todo en mercancía y fuente de enriquecimiento, avanza aceleradamente en la destrucción de la vida en La Tierra y ahora sueña con instalar su lógica depredadora en otras latitudes del universo. Lo peor es que las víctimas de este proyecto suicida, aunque somos la mayoría, no hemos podido detenerlo. Justo por la incapacidad de unirnos en torno a un proyecto real de humanidad.

Y eso no ha sido solo por falta de voluntad. Tiene que ver con el sujeto real que esta sociedad ha engendrado y que encarnamos todos y cada uno de nosotros. A pesar de tener o creer tener claro en el discurso un proyecto de sociedad distinto, en nuestras prácticas estamos atravesados por una subjetividad capitalista en donde constantemente ponemos nuestros intereses particulares e inmediatos por encima de los proyectos en los cuales nos encontramos con los demás. Aunque validamos como principio fundante de las construcciones colectivas el debate y la autocrítica, en la práctica no los toleramos y sentimos la crítica como un ataque o menosprecio a nuestra persona; entendemos que el saber que conduce a una mejor comprensión de la realidad y a las prácticas transformadoras se construye en el debate y la praxis colectivas, pero nos seguimos creyendo dueños exclusivos de dicho saber y obligados a convencer al otro de nuestro punto de vista o a dejarlo de lado si no se adhiere a nuestros argumentos.

Así, en el fondo, compartimos la subjetividad y la praxis de aquellos que abiertamente han optado por enriquecerse a costa nuestra y de la naturaleza, pues al fin y al cabo dicha subjetividad es una construcción social que rebasa la voluntad y la consciencia del individuo. Esta comprensión no nos obliga a desistir de la búsqueda de la unidad sino más bien a profundizar en ella, sabiendo primero que la unidad no es solo un medio para la revolución sino ella misma una revolución que trasciende todos los proyectos particularistas, de clase, de especie y de género que legitiman el sojuzgamiento de la mayoría de la humanidad y de la naturaleza en aras del proyecto de un grupo particular.

El sueño de la unidad implica el fin de toda práctica de opresión, dominación y explotación, y parte del convencimiento de que ningún proyecto es legítimo si exige pasar por encima de los demás, que ningún argumento es válido si hay que imponerlo por la fuerza o la manipulación, que ninguna idea de felicidad puede defenderse si no es posible para todos. Lo que es lo mismo que aceptar la diversidad como componente necesario de la unidad, y que la confrontación fraterna con lo distinto es la única posibilidad de crecimiento y fortalecimiento individual y colectivo. Pero eso solo será posible mediante la formación de un sujeto nuevo, abierto a lo distinto como algo complementario, que ponga la dignidad de toda forma de vida y de todo ser como horizonte de convergencia y apertura. Cada fracaso en este proyecto de unidad simplemente nos hace conscientes de la necesidad de avanzar todavía más en la formación de ese ser humano capaz de imaginar y construir un mundo con los y las otras, en el que la diversidad no sea obstáculo sino condición de la unidad y, por tanto, de la utopía.

Un comentario

  1. Muy buen artículo, lo voy a copiar y a enviar a mis amigos. Ojalá muchos, otros, todos los dirigentes populares del país y del mundo tuvieran como programa los mismos objetivos que hicieran posible un mejor mundo, ese que todos, desde diferentes ópticas necesitamos y queremos. Y para ello la unidad es necesaria y urgente. Saludos y felicitaciones.

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