Editorial No 21: Dignidad

Grito de los Excluidos 2- Pavel Égüez
“Grito de los Excluidos”, Pavel Egüez (Artista Ecuatoriano)

La lucha de las gentes humildes siempre ha sido por vivir mejor, atendiendo no solo a sus necesidades concretas sino también a las posibilidades que en cada caso les brinda el contexto. Pero de fondo, lo que anima toda lucha por una vida mejor es la posibilidad de desplegar al máximo nuestras potencialidades corporales, espirituales y sociales, de ser mejores personas y mejores comunidades. Eso es lo que realmente constituye la dignidad humana: poder vivir, individual y colectivamente, de acuerdo con esas potencialidades, y construir cada vez nuevas posibilidades para su despliegue.

Nuestra dignidad no está en el hecho de haber sido criaturas creadas por dios a su imagen y semejanza; no solo porque esto es un mito que justifica el orden de cosas existentes, sino porque lo que somos como sociedad hoy, lo que hemos hecho de nosotros, no se parece a la idea que tenemos de cualquier dios en su omnipotencia y sabiduría. Tampoco nos viene esta dignidad del hecho de ser, como pregonaba la ilustración, seres racionales y libres. Pues si algo caracteriza la sociedad de hoy es la irracionalidad que la mueve y la falta cada vez mayor de libertad.

Pero estos discursos son funcionales al orden establecido, porque dan por hecho la existencia de algo que hay que construir: un sujeto y un mundo dignos. La dignidad realmente no existe sin la lucha por la conquista de un mundo mejor, donde efectivamente la libertad y la justicia sean una realidad, donde los seres humanos no se maten trabajando para enriquecer a otros ni para acumular bienes, donde la felicidad sea posible para todos, sin el sometimiento de nadie ni de la naturaleza.

Justamente quienes obstruyen las posibilidades de conquistar esta dignidad en la lucha por una vida que valga la pena vivir, son quienes propagan el discurso de una dignidad intrínseca de la persona, como si la realidad actual no nos pusiera en la cara todo el tiempo la negación flagrante de tal argucia: basta pasearse por las calles de las ciudades en el Tercer Mundo, saltando por encima de los cuerpos de personas drogadas, ultrajadas, ignoradas, desechadas por esa misma clase que defiende la dignidad como algo inherente a cada ser humano.

No son menos indignos los multimillonarios que se enriquecen con el sudor y la sangre de millones de trabajadores pobres, ni los gobernantes y parlamentarios que gobiernan y legislan para mantener la dinámica de acumulación de capital en grupos cada vez más pequeños y despiadados mientras empujan a las mayorías a condiciones de miseria material y espiritual cada vez mayores; ni los intelectuales que construyen discursos seudocientíficos para legitimar la supuesta grandeza congénita de los poderosos de turno, ni las iglesias que predican la resignación de los pobres mientras se arrodillan ante los ricos; ni los machos patriarcales que naturalizan e imponen por la fuerza sus privilegios frente a las mujeres, ni los blancos europeos y norteamericanos que niegan la humanidad de otros pueblos para esclavizarlos y para saquearlos.

De hecho, esta indignidad es más cuestionable en la medida en que su estado de postración espiritual es consecuencia de sus acciones voluntarias, de su hundimiento en ideales o ambiciones cada vez más vacíos e inicuos, de sus prácticas criminales. En los pobres e indigentes la indignidad es en buena medida el resultado de ese mundo que el gran capital y sus agentes han impuesto sobre ellos a través de leyes, del despojo, de la exclusión de los sistemas educativos y del mundo laboral, etc.

Esto no significa convertir a los pobres y oprimidos en meras víctimas de la historia. También los oprimidos son, han sido, y tienen la posibilidad de ser agentes de su propia historia en la medida en que pongan la dignidad como faro que se levanta en el horizonte y guía a los seres humanos en la conquista de su propia humanidad. Cuando los esclavos luchan por su libertad se hacen dignos, y es digna la vida que llevan en libertad mientras apunte a hacer de su existencia lo que real y conscientemente quieren ser.

Aunque la libertad no puede reducirse a la independencia con respecto a los otros, opresores y explotadores. La dignidad se juega precisamente en lo que somos capaces de hacer con esa libertad y en las luchas que damos para ampliarla, no solo en el ámbito objetivo sino subjetivo.

Desde mediados del siglo XIX, por ejemplo, los obreros organizados lucharon por la reducción de la jornada de trabajo a un máximo de ocho horas. La lucha no era solo contra la fatiga que producen las extensas jornadas de trabajo, sino por conquistar un periodo de tiempo para el despliegue del espíritu, para el arte, el amor, la filosofía, en una palabra, para la vida digna. Y, efectivamente, tal reducción se logró, aunque para ello muchos obreros ofrendaron su vida, con lo cual dejaban claro el mensaje de que la existencia sola no era defendible si no estaba al servicio de la elevación del ser humano por encima de sí mismo y de sus circunstancias.

No obstante, los capitalistas, que no dan puntada sin dedal, desarrollaron la industria del
entretenimiento para obnubilar todavía más la conciencia de la gente, convirtiendo su tiempo libre en espacio para el consumo de mercancías suntuosas y espectáculos. Desde entonces se han multiplicado las necesidades superfluas, las deudas y el trabajo de los seres humanos para adquirir esos productos. La felicidad se busca desesperadamente en el consumo, y todas las energías humanas se ponen en ello, ahogando el espíritu en la ebriedad de lo vano.

De esta manera, la modernidad capitalista, que predicó la libertad y la dignidad como derechos intrínsecos e inalienables del ser humano, se ha erigido como su principal obstáculo. Buena parte de la lucha por superarla, sin embargo, se libra hoy en la conciencia individual y colectiva, corroída por la desinformación, la publicidad y toda la industria del entretenimiento, que nos vende la felicidad con las mercancías más extravagantes e inútiles al tiempo que intenta despojar de su dignidad toda acción encaminada al enriquecimiento espiritual de la humanidad. Hacia ese campo de combate volvemos nosotros nuestras armas, para construir una conciencia crítica y autónoma, cada vez más decidida contra lo intolerable, contra lo indigno, por más natural que haya llegado a parecer, y contra todo lo que bloquee el camino hacia la construcción de una sociedad realmente humana.

 

Un comentario

  1. En verdad que es profunda reflexión, sencilla y honesta nos introduce en ese ser individual y social atrapado en los funestos hilos de las sociedades capitalistas y así mismo en la búsqueda de la dignidad

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