“Nadie sabe quién soy yo”

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Foto: Cortesía Museo De Antioquia

Desde mayo hasta agosto, el Museo de Antioquia presenta una temporada de performance-kabaret con ese nombre, creado y realizado por un grupo de trabajadoras sexuales del centro de Medellín para resignificar el trabajo con el cuerpo y llamar la atención del público sobre las múltiples violencias de las cuales ellas y, en general, las mujeres, son objeto.

Por Ányela Heredia

Pasadas las seis de la tarde amaina la bulla y ellas, las guerreras del centro, se juntan en un círculo de energía que las proveerá del entusiasmo y la buena vibra necesarios para la función. Antes han repasado una a una sus escenas, se han contado historias, chistes, han brindado y soñado con lo que podría ser la continuación de este proceso de creación y transformación a través del arte.

“Es así, uno no sabe nada y no comprende a estas mujeres hasta que no las escucha, hasta que no convive con ellas”, cuenta Nana Cárdenas, productora y asistente de luminotecnia en la obra. Y es por eso precisamente que escogieron ese nombre para su puesta en escena. Parten de un cliché reproducido a menudo en Colombia, mediante el cual personas que han sido sorprendidas haciendo algo indebido enfrentan con agresividad a la autoridad reclamando su identidad para no tener que someterse a algún tipo de sanción: “Usted no sabe quién soy yo”.

De la misma manera, esta obra, con ocho mujeres en escena, algunas retiradas y otras aún en ejercicio de la prostitución, apela a la identidad de unas mujeres con historias de vida, que, aunque desdibujada por el machismo y el consumo de sus cuerpos convertidos en mercancía no solo a través de la prostitución y la trata de blancas, sino en la vida cotidiana, en los medios de comunicación, etc., merecen ser contadas.

Reclamando derechos a una república desangrada

Estamos reclamando nuestros derechos, cada gobierno llega y nos promete cosas que no cumple, pero nosotras tenemos derecho a una educación, a un empleo digno, a la salud…”.

Comienza la función y aparece en pantalla la animación de un cuadro de Débora Arango titulado La república; en él un cuerpo femenino es devorado por dos buitres rodeados de símbolos patrios. Mientras, en el suelo del escenario una mujer desnuda se desangra y enseña una profunda herida en su vientre de la que se desprenden lentamente sus entrañas al compás de un discurso del presidente Santos en el que promete “esta vida y la otra” a los desplazados y a las víctimas del conflicto. De esta manera se da inicio a una serie de cuadros o momentos en los que cada una de las guerreras es protagonista y cuenta su historia.

Quedé viuda a los 22 años con dos muchachitos, no conseguía trabajo porque no sabía hacer nada. Cuando al fin conseguí algo en una empresa, tuve que dejar a mis hijos solos, a que me los cuidara cualquiera. Entonces preferí salir a la calle, pasaba medio tiempo con los niños y por la tarde salía y trabajaba tres o cuatro horas, con eso me hacía lo del diario y unos cinco mil pesos para darle a una muchacha que venía y se quedaba con ellos en la casa mientras yo regresaba. Así los crié y les di el estudio, tenía tiempo hasta para ir a las reuniones de padres del colegio. Hoy ya están grandes y lo único que tengo que darles es mucho cariño”.

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Foto: Cortesía Museo de Antioquia

Compartir saberes y experiencias con el mundo

Ha sido un proceso arduo de creación; al principio tuvieron que enfrentar un “casting” para seleccionar de un grupo de quince a las que tuvieran mayores aptitudes escénicas. En ese proceso debían contar una historia de su vida, y responder preguntas muy profundas como si pensaban que el trabajo sexual podía ser considerado una práctica artística o si tenían conocimientos especiales que quisieran compartir con el mundo. Todas respondieron que sí.

Luego emprendieron un proceso formativo de la mano de la artista Nadia Granados y la curadora adjunta del Museo, Carolina Chacón, donde fueron descubriendo en la historia del arte a mujeres que habían trabajado con y desde el cuerpo, para evidenciar problemáticas sociales como la exclusión, la dominación, el racismo, el machismo, el feminicidio, entre otras.

Cuando me quise salir de esta vida me conseguí una pareja que me dio una vida de maltratos a mí y a mis hijos, me pegaba por cualquier cosa y cuando quise dejarlo fue peor. Ellos se vuelven violentos porque no soportan que uno los deje, como me pasó a mí. Le dan a uno una paliza y luego le piden perdón y le traen flores… Yo no entiendo por qué no lo dejan a uno, él me buscaba en todas partes, decía que si no iba a ser para él, prefería matarme”.

Esos encuentros con el arte de otras mujeres propiciaron ejercicios corporales grupales en los que, poco a poco, se fueron desarrollando historias, unas comunes, otras muy particulares. Luego se concentraban en un trabajo más individual en el que cada una construyó su escena a partir de su propia historia de vida y de sus cualidades y posibilidades expresivas. Así, nos encontramos con un kabaret en el que se baila, se canta y se cuentan historias, apoyadas en escena por videos y sonido previamente grabados y elaborados por su directora, Nadia, una artista incendiaria con amplia experiencia en la conjugación de la técnica audiovisual y el trabajo con el cuerpo.

Llegó hasta atentar contra mi vida sin importar si mis hijos quedaban solos, así de poco vale para ellos la vida de las mujeres, prefieren matarnos antes de vernos rehacer nuestras vidas. Por eso quiero contar mi historia, para decirles a otras mujeres que sí se puede, que hay que denunciar y no quedarnos calladas y que nuestra vida no tiene por qué depender de hombres así”.

La escena muestra a una mujer que come una tras otra las flores que le ofrece su amante después de cada abuso. Pero ella por fin se harta y la magia del cine le permite devolver la acción. Al final, la escena inspirada en la canción La última flor concluye “¡Mujeres, que en nombre del amor no nos maten!”

Resignificar el trabajo del cuerpo

Las guerreras del centro denuncian con su cuerpo y su arte que la mercantilización del cuerpo de las mujeres ocurre de muchas maneras, no solo a través de la prostitución y la pornografía sino, por ejemplo, en la cosificación de las mujeres que se practican la cirugía estética para darle gusto a sus parejas.

los hombres asumen que tienen posesión sobre nosotras, pero solo ven culos y tetas. Deciden cómo debemos comportarnos, sumisas, atentas, esclavas, incluso hay los que mandan hacer la mujer a su amaño, por eso aquí les decimos: ´Si no te gusta como soy, good bye, adiós, tú te lo pierdes´”.

Para llegar a este punto, las guerreras hicieron un largo recorrido. Según cuenta Carolina Chacón, no hubo que salir a buscarlas porque fueron ellas las que llegaron, en un principio buscando un espacio donde reunirse, para después comenzar a plantearle al Museo la necesidad de hacer acciones conjuntas.

Ello coincide con la transformación que ha vivido el museo de Antioquia en el último tiempo. Entre muchos cambios y propuestas novedosas está la de integrar el Museo con su entorno, “con proyectos educativos por una parte, pero también viendo cómo el arte contemporáneo aporta otras herramientas, otros lenguajes, y los artistas, que ya cruzan muchas fronteras disciplinares, pasan a hacer parte de este proceso”, explica Carolina. De allí nació la idea de Residencias Cundinamarca, un proyecto de residencias artísticas en el entorno del museo.

Los artistas invitados habitan el espacio durante un periodo más o menos largo para entender las dinámicas del contexto y desarrollar proyectos artísticos en el territorio, involucrando a sus habitantes. El año pasado se desarrolló un proceso de estampado sobre tela con la artista Monica Nador y ese fue el primer acercamiento con las chicas, y este año el proceso de creación del kabaret abre otras perspectivas.

Tengo cincuenta años, trabajo por raticos vendiendo cosas, vendiendo zapaticos que aprendí a tejer en croché, ya no tengo que preocuparme por hacerme cien o doscientos mil pesos diarios, si me hago sesenta o treinta mil está bien. Pero no tengo que darle cuentas a nadie, si hoy quiero trabajo y si no, no”.

No obstante, la mayoría de las ´chicas´ son mayores de cincuenta años, y ya no ejercen o lo hacen por ratos, de ahí la importancia de buscar alternativas económicas. En el futuro sueñan con tener una página web para la venta de servicios, no sexuales, sino corporales, es decir, charlas de sexología, de salud sexual reproductiva, clases de baile, masajes, en fin.

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Foto: Cortesía Museo de Antioquia

Dios bendice este negocio

El negocio de nosotras es dar placer, así como damos vida damos placer y ese es el negocio. Una vez abrí un puesto de empanadas en el raudal y allá llegó el espacio público a sacarme, en cambio en la Veracruz no me saca nadie, lo único que piden es que no estemos al pie de la iglesia. Si tengo una tienda, tengo que tener plata pa’l surtido, en cambio en este negocio la única inversión es agua y jabón. Claro que hay que tratar bien a los clientes porque ellos están pagando por un servicio, lo peor de un trabajo es hacerlo sin ganas. El trabajo de nosotras no será el más digno, pero es nuestro trabajo y debemos hacerlo bien.

La imagen de una diosa desnuda en medio de imágenes sicodélicas se despliega en la pantalla al mismo tiempo que recita una especie de mantra, de oración en la que pide que dios bendiga la vagina que provee el sustento a su familia, alivio a los ávidos de placer y ha parido médicos, arquitectos, profesionales. Así mismo su oración es una plegaria que pide protección y reconocimiento para su oficio, para su cuerpo y para su dignidad.

“Es vergonzoso que a los hijos de uno les digan, ve, tu mamá es una prosti. No es lo mismo que ser profesora o psicóloga, por eso una siempre anda buscando alternativas. Ahora mismo estamos aquí y queremos continuar, soñamos con nuestro propio taller de estampación, con poder presentar el kabaret en otros espacios, entre tanto seguiremos vendiendo dulces, tintos, dando clases de baile, y haciendo lo que sabemos hacer, y si nos pagan por eso, pues mejor”.

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