Editorial No 22: Reivindicar el radicalismo en tiempos acomodaticios

contraportada 1

Cuando se trata de la salud, todo el mundo sabe que del diagnóstico depende el tratamiento; y, aunque a veces, por la intensidad del dolor y el malestar nos enfocamos en atacar los síntomas, nadie en su sano juicio confundiría el alivio temporal de estos con la erradicación del mal. Eso mismo podríamos decir del sistema de opresión y deshumanización que domina hoy nuestra existencia; con el agravante que, aunque los síntomas de insalubridad son cada vez más fuertes, acertar en el diagnóstico se hace más difícil, porque el virus que la produce carcome también la capacidad de evaluación y de agencia de los individuos y colectividades, además, los más sensibles experimentan su sufrimiento con tal intensidad que terminan por despreciar la indagación por las causas a fin de sacudirse el malestar lo más pronto posible y, ojalá, al menor costo. La sabiduría popular, en cambio, lo que ha aconsejado siempre es cortar el mal desde la raíz.

Sin embargo, en el ámbito político pareciéramos haber aceptado como normal y hasta innovadora la actitud de confrontar las manifestaciones externas del sistema, olvidándonos de las raíces del mal. Esa actitud la convirtió en estrategia privilegiada de la utopía la socialdemocracia alemana a principios del siglo XX, cuando Eduard Bernstein propuso el reformismo gradual como camino al socialismo en vez de la aceleración del proceso a partir de la revolución.

En respuesta a esta manifestación de comodidad y resignación, la ilustre revolucionaria Rosa Luxemburgo advirtió de la necesidad de avanzar en la revolución radical, como única alternativa contra la barbarie que desplegaba el capitalismo en su desarrollo. Y es que la socialdemocracia se hacía con esta propuesta cómplice de la barbarie, encarnada en un ideal ciego de progreso tecnológico, y asumía el progreso moral y humano como resultado automático del desarrollo tecnológico, apenas ayudado por pequeñas reformas políticas desde el sistema parlamentario.

La primera guerra mundial fue un mentís contundente de esta absurda esperanza. Sin embargo, no la desmontó de las cabezas de los dirigentes de la izquierda, empotrados en su comodidad parlamentaria e ignorantes de los acontecimientos que evidenciaban un orden social enfermo, que incubaba en su raíz la barbarie y el desprecio por todo lo noble: la vida, la justicia, la libertad, el amor. Estos políticos profesionales ignoraron que el capitalismo tiene la naturaleza de un virus que se extiende y fortalece con los mismos antibióticos y se hace resistente a ellos en la medida en que el tratamiento no ataca la enfermedad sino que busca disminuir sus síntomas. En ese mismo sentido, las famosas reformas graduales que supuestamente deberían conducir paso a paso al socialismo no hacen más que fortalecer al capitalismo en su poder destructor de la vida y la cultura.

Por eso, a pesar de la advertencia de Rosa Luxemburgo y del mentís de la primera guerra mundial, todavía otro pensador revolucionario como Walter Benjamin tuvo que advertir, ante el avance inminente de la barbarie y el fascismo, que el capitalismo no moriría de muerte natural. Es cierto que por las contradicciones internas del sistema la propia burguesía está condenada a su destrucción, pero ello no implicaba dejar el paso a una sociedad mejor. Y es que la burguesía, en su afán ciego de acumulación de riqueza, no se destruye ella sola sino a toda la humanidad y a muchas otras formas de vida. Por eso hay que detenerla antes de que esto ocurra: “hay que cortar la mecha antes de que la chispa llegue a encender la dinamita”. Esa es la tarea de los sectores populares y las clases oprimidas, salvar la especie humana de su autodestrucción y construir una forma de vida realmente humana, lejos de ese impulso autodestructor jalonado por intereses ciegos y egoístas. Para ello, sin embargo, tenemos que descubrir de dónde viene la mecha y en dónde se encuentra la dinamita. Tenemos que descubrir la raíz del mal y arrancarla.

El capitalismo es también como un árbol cuya raíz se alimenta de la vida humana y de la naturaleza, pudriendo todo lo que toca, al convertirlo en mercancía y mero instrumento de acumulación. La vida de ese árbol implica la muerte de todo a su alrededor. Las reformas, en la mayoría de los casos, lo único que hacen es embellecer su aspecto mediante el reverdecimiento de sus hojas, el fortalecimiento de su estructura y el diseño de su ramaje. Pero mientras más bello es en su aspecto exterior, más sangre humana y más riqueza natural tiene que devorar.

Desgraciadamente, como parte de su supervivencia, el sistema ha terminado por deslegitimar todo discurso que intente ubicar el mal desde su misma raíz y diseñar las estrategias para eliminarlo. Hoy el radicalismo es observado por el común de la sociedad como una enfermedad, síntoma de desequilibrio mental, de intransigencia y dogmatismo. Pero el radicalismo expresa justamente el sano juicio en una sociedad enferma que ha llegado a naturalizar las más diversas formas de opresión, las nuevas manifestaciones del trabajo esclavo, la conciencia alienada y las formas de producción y consumo destructoras de la vida. Tal radicalidad no implica renunciar a las reformas transitorias y necesarias, aquellas que buscan mejores condiciones de vida para los oprimidos, acceso a la salud y a la educación de calidad, etc. Pues sin estas condiciones el radicalismo sería efectivamente un voluntarismo ciego e implicaría una parálisis de la acción.

Lo que no podemos es confundir estas reformas con la revolución ni creer que ella se cuece gradualmente con tales reformas. La revolución es un cambio radical en las formas de vida, en las formas de relacionarnos con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos. Y para ello es indispensable eliminar la propiedad privada sobre los medios de subsistencia, que garantiza el enriquecimiento de unos pocos a costa de la miseria de la mayoría. Pero no es suficiente. Debemos eliminar toda la mentalidad y el comportamiento que nos hace proclives a ejercer la dominación, en sus distintas facetas, sobre los demás y sobre la naturaleza, convirtiéndolo todo, hasta nuestro cuerpo y nuestra razón, en instrumento para nuestros goces más superficiales. La raíz está en nosotros mismos, ha penetrado nuestra conciencia y moldeado nuestro comportamiento, ideales y aspiraciones. Por eso una revolución será radical cuando logre destruir en nosotros mismos lo que ahora somos como instrumentos del capital, para erigir el nuevo ser humano, potencia espiritual creativa y respuesta contundente ante toda forma de barbarie.

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