Editorial No 23: Amor contra fascismos

Festin- Mario Carreño Morales
Pintura: Festin, Mario Carreño Morales

En trescientos años de existencia, el capitalismo nos ha enseñado a menospreciar tan profundamente a la naturaleza y al mismo ser humano, que cada avance tecnológico culmina en un atentado contra la existencia de los otros dos. A la naturaleza la ha usado como un reservorio de recursos que se encuentran disponibles gratuitamente para ser “elevados” a su condición de capital, y al ser humano como un instrumento más para la valorización de este. Y como del menosprecio al odio hay solo un paso, los capitalistas cultivan un odio perenne para justificar las vejaciones a que someten a los demás y limpiar de paso sus conciencias.

Esto, desde luego, no lo inauguró el capitalismo. Las sociedades antiguas fueron esencialmente esclavistas, pero en la mayoría de los casos, los esclavizados eran otros pueblos que caían en la guerra; así que su condición de esclavos fue siempre contingente. En cambio, el capitalismo desde sus albores quiso endilgar la condición de esclavo a la naturaleza del esclavizado. Por eso a América Latina llegaron legiones de misioneros, predicando la dudosa naturaleza humana de los negros que traían de África, a fin de legitimar su esclavización. Desde entonces, el sistema ha mantenido sus ideólogos a sueldo con la función de esbozar teorías supuestamente científicas que prueban la inferioridad, incluso genética, de los pobres, de las mujeres, los indígenas, los gitanos, sudacas, latinos, etc.

Y esos discursos académicos han servido a los políticos para promover una campaña de odio contra todas esas poblaciones estigmatizadas, empobrecidas y vejadas, acusándolas a la vez de los grandes males que la misma clase capitalista ha desatado sobre la humanidad. Ese es el principio del fascismo que sacudió la sociedad capitalista durante la primera mitad del siglo XX y que aparece de nuevo con renovado furor en estos primeros años del siglo XXI para poner en cintura a los más pobres y oprimidos de la tierra.

Capitalismo y fascismo no son antagónicos sino complementarios. En realidad, lo que ha hecho el capitalismo es impulsar, en favor de su preservación y mayores niveles de acumulación, todas las formas de opresión y dominación en una escala de odio cada vez mayor: la explotación de las y los trabajadores, el racismo, el machismo, la homofobia, la xenofobia, el fanatismo y la intolerancia religiosas. Todas ellas son anteriores al capitalismo, pero en este sistema han alcanzado niveles de infamia impensables. No es gratuito que el odio de los alemanes contra los judíos haya justificado su utilización por montones como trabajadores forzados en las fábricas capitalistas. Tampoco lo es que el machismo se manifieste, entre muchas otras cosas, en una mayor explotación laboral de la mujer, peores salarios y jornadas duplicadas de trabajo. Menos que la guerra religiosa en los países árabes sea promovida y sostenida por las potencias capitalistas como estrategia de desestabilización de los pueblos a fin de apoderarse de sus recursos estratégicos, ni que el fanatismo religioso crezca en Colombia como fortaleza del proyecto político de la ultraderecha, representada en los viejos y nuevos terratenientes y lo que se ha denominado burguesía emergente, la misma que ha amasado su capital en las fuentes más turbias del crimen y el despojo.

Frente a ello no queda más que esgrimir el amor como arma natural contra el odio socialmente promovido. Mas no puede ser el amor vaciado de toda sustancia que nos ha legado el capitalismo. En principio porque éste ha construido una sociedad a semejanza de una selva de cemento en donde los individuos se enfrentan a muerte y sobrevive el más fuerte, aquel que logra acumular más capital para someter a los demás. No es el amor lo que une a los individuos sino el intercambio de mercancías. Y allí donde el capitalismo habla de amor habrá que entender también un intercambio semejante, pues incluso el ser amado es para el amante un instrumento útil para satisfacer necesidades sexuales, afectivas, de compañía, etc. En una palabra, una mercancía especial. De hecho, eso que el capitalismo ha llamado amor no es otra cosa que la encarnación en el nivel más profundo del sentimiento de propiedad privada, donde el otro es para nosotros la posesión más irrenunciable, a veces ni siquiera la mercancía más valiosa.

El amor que podemos oponer al odio promovido por el capitalismo (que en su manifestación más brutal llamamos fascismo) habrá de ser recuperado de las prácticas de comunidades precapitalistas. Por ejemplo, el amor practicado por las primeras comunidades cristianas, que lo cultivaban como un sentimiento de protección y cuidado de todos, como preservación de los lazos comunitarios que sustentaban al individuo en la fuerza y el amor de la comunidad. También la Grecia antigua fundó su polis y su ideal de vida buena en el amor, que ellos llamaron filia. Allí donde el amor unía a los individuos, decía uno de sus grandes pensadores, no eran necesarias las leyes (y por tanto el Estado). Pues nadie tenía que ser obligado por norma alguna a respetar al otro y a procurar su bienestar y felicidad. Ser amigo era precisamente ponerse en función del bienestar de los demás.

La idea, sin embargo, es hacer del amor (en oposición al intercambio mercantil) el principio de todas nuestras relaciones, incluso con aquellos que aún no conocemos, y, asumiendo las enseñanzas de las comunidades indígenas latinoamericanas, hacer extensivo este sentimiento a la naturaleza. El amor sería entonces una propensión favorable a todo lo que vive, una apertura a lo diverso, a recibir en nuestro corazón su latido, a reconocer en nuestra dignidad su propia dignidad. Ese sentimiento de amor a lo que vive y a lo que pugna por coexistir en medio de tanta diversidad fortalece la comunidad y blinda nuestros corazones y nuestros territorios contra el odio desmesurado que cultiva el capitalismo en nosotros y contra nosotros. Por eso, encender y avivar en nosotros y en los demás ese amor es una tarea de suma urgencia para cualquier proyecto revolucionario. Como decía el Che, “el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

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