“Ahora nuestra arma es la palabra: ¿y la del Estado?”

Nuestra arma es la palabra -Bienvenidos a la ETCR Jacobo Arango
Fotos: Alvaro lopera

Por Anyela Heredia

Con mucha expectativa, alrededor de 320 combatientes de las FARC llegaron hace meses a lo que hoy es el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR)de Llano Grande en Dabeiba, Antioquia, pero hasta ahora el Gobierno ha incumplido la mayoría de los acuerdos y un ambiente de duda y desmoralización acompaña el lento proceso de reincorporación de los excombatientes a la vida civil.

Dabeiba está ubicada en el occidente de Antioquia, a 175 kilómetros de Medellín. Desde allí, tras una hora de camino por una carretera en muy mal estado, se llega a los terrenos donde está ubicada la ETCR Jacobo Arango. En este asentamiento se encuentran concentrados principalmente los excombatientes del frente 5 y del bloque Iván Ríos de las Farc.

A lado y lado del camino se pueden observar terrenos un poco áridos, uno que otro cultivo y mucha pobreza. A solo 15 minutos de llegar a la vereda, nos saludan los soldados encargados de velar por la seguridad de la zona, apostados a lo largo de la vía.

Vamos en una camioneta junto a seis exguerrilleros que, entre broma y broma sobre sus peripecias en la ciudad (o lo que ellos llaman “dar lora” y otros conocemos como “hacer el oso”), dejan entrever su naturaleza campesina. Gloria, Francisco, Jhon y otros cuantos han bajado al pueblo para retirar el dinero de la tan esperada “bancarización” y a comprar elementos básicos: medicinas, alimentos y algunos materiales para arreglar sus casas. Entre todos se ocupan no solo de sus compras sino de los encargos de muchos de sus compañeros.

Al llegar, tarde ya, ha pasado la hora del almuerzo y las calles del asentamiento parecen desiertas. Pasamos el puesto de control del Ejército (no nos piden ninguna identificación) y nos instalamos en la “vivienda” de John. Solo unos cuantos minutos después, dos policías toman nota de nuestra presencia y exigen ver nuestras credenciales. Poco a poco va apareciendo la gente, trabajando en los cultivos, cargando materiales, conversando jovialmente con los policías.

Frente a nosotros empieza a abrirse un panorama que contradice plenamente aquello que reiteran los medios de desinformación pasado un año de la firma de los acuerdos: que “le estamos entregando el país a la guerrilla”.

Una pequeña ciudad a medio construir

Lo que llaman la “ciudadela” es un terreno de apenas 11 hectáreas sobre el que se levanta una serie de edificaciones blancas, construidas sobre suelo de cemento con una estructura de metal revestida con láminas de dry wall o superboard, en su mayoría a medio construir. “Se puede decir que la infraestructura nos la entregaron en un 65%, pero todavía hay mucho por hacer”, afirma Harrison Alberto, uno de los encargados de la zona. Según él, pese a que había un contratista responsable de la obra, fueron los excombatientes los que terminaron de construir las casas, los salones de estudio, el comedor, etc. No obstante, hay varios módulos aún sin terminar y las casas solo cuentan con el revestimiento exterior, internamente la estructura de metal está desnuda, lo que representa un alto riesgo de accidente para niños y adultos.

Hay energía eléctrica y la vereda cuenta con toda la infraestructura para proveerla. Sin embargo, la ciudadela la recibe solo través de una planta de motor que consume más de cinco millones de pesos en combustible por mes: “por pura burocracia, porque solo tendrían que dar la orden, pero un día dicen que falta un pago, otro que falta una firma, en fin. Lo que sí nos anunciaron desde hace unos días es que no habría más combustible. Si hoy tenemos energía es porque conseguimos un poco por ahí en la vereda”, se queja Alexander, un guerrillero curtido de más de cincuenta años.

 

Nuestra rama es la palabra 7-Hábitat y logística

Existe también un punto de acceso a internet, que en lugar de estar ubicado para garantizar el acceso a toda la ciudadela, se encuentra a la entrada y tiene un radio de cubrimiento muy pequeño, no alcanza a llegar hasta las casas. De igual forma, el acceso a la televisión es privado, solo aquellos que paguen una antena satelital pueden ver televisión.

Una buena parte de la infraestructura está inutilizada. Por ejemplo, el espacio para el puesto de salud se encuentra vacío, igual que el espacio para trabajar con los niños, pues no se ha entregado la dotación para esos y otros salones, cuya función no es más que una inscripción en la pared.

En cuanto a la vía de acceso, los exguerrilleros se lamentan del abandono y la desidia de la administración municipal que hasta el momento no ha mostrado ninguna voluntad de cooperación. Han sido ellos quienes, a partir de convites con la comunidad y apoyados por el Ejército y la Policía, se han encargado de mantener la vía en condiciones mínimamente transitables.

Un modelo educativo ajeno a los excombatientes

Harrison cuenta que actualmente hay 65 niños en el ETCR y, aunque existe un sitio para trabajar con ellos y ya tienen un grupo de profesoras a su disposición, no les han enviado el sicólogo y otros profesionales indispensables.

Por iniciativa de las profesoras, los exguerrilleros están trabajando en la construcción de un parque para los niños, ya que en la planeación que hizo el Estado no se tuvo previsto un espacio recreativo de calidad. La cancha de fútbol les fue entregada en muy malas condiciones y aun así, cuenta Francisco, al principio bajaba gente de todas las veredas aledañas a jugar con ellos y eso contribuyó a afianzar las relaciones con la comunidad.

De otro lado, aunque se dispone de un programa de formación para los excombatientes, que prevé no solo la educación básica primaria, sino la validación del bachillerato en cuatro meses, el método y los contenidos de esa formación no responden a sus necesidades. Alexander explica: “yo tengo cincuenta años y no me siento cómodo con las clases porque son como para  niños, y lo mismo pasa con los jóvenes de 20 y 25 años, a ellos les parece aburrido”. Por la forma en que está diseñado, el programa es poco atractivo, piensan que quizás ese tipo de formación no les aporta nada para su vida práctica, organizativa y política y que si han sobrevivido toda la vida sin ese tipo de formación “formal” pueden seguir viviendo sin ella.

Otros programas que tienen que ver con la formación para el trabajo, como algunos cursos de panadería y sastrería, son valorados positivamente, pero lo que más desean es una formación integral que incluya los aspectos productivos ligados al trabajo de la tierra y al fortalecimiento de su proyecto político.

El dinero es plástico

La llamada bancarización es el proceso mediante el cual se le entregó a los excombatientes una tarjeta bancaria a través de la cual pueden retirar los cerca de 600 mil pesos que les prometió el gobierno para garantizar su proceso de reincorporación a la vida civil durante los primeros dos años. Pues bien, muchos de ellos, en más de seis meses, solo han visto el plástico (la tarjeta) mas no han recibido un peso de lo que les corresponde, lo que hace que su subsistencia sea incierta y dependan aún del suministro básico de alimentos por parte del Estado.

Y aunque recibieran el dinero, la renta básica de 600 mil pesos no alcanza: “los más jóvenes quieren tener las mismas oportunidades que otros jóvenes, comprarse un par de zapatos, ir a fiestas, invitar a la novia a salir; los otros quieren hacerse cargo de sus familias… por eso muchos de ellos salen a los alrededores a recoger café o a jornalear, la gente de la comunidad viene a buscarlos porque son muy buenos trabajadores”, dice Hárrison.

El agravante es que la falta de oportunidades y garantías económicas que los lleva a buscar trabajo es una amenaza para el proceso, pues el Estado no lo ve con buenos ojos. Ya anunció que, si sus ingresos superan el millón de pesos, o si no estudian, les cortará el aporte, y que reciban o no el dinero de la bancarización, el suministro de alimentos se mantendrá solo hasta el 31 de diciembre.

Proyectos productivos

La lucha de las FARC durante más de 50 años giró en torno al problema de la tierra, y hoy sigue siendo esa la mayor talanquera para su reincorporación. Se habla de que muchos de los excombatientes han abandonado las zonas de transición, pero, al menos en Dabeiba, argumentan que muchos de ellos no se han ido definitivamente, sino que salen a trabajar o a visitar a sus familias. Lo cierto es que en un espacio de escasas 11 hectáreas es difícil generar propuestas económicas para cerca de trescientos exguerrilleros y sus familias. El terreno de Llano Grande no solo no es suficiente; no es apto para la producción y, además, no les pertenece. “Si tuviéramos un terreno propicio donde trabajar, le aseguro que aquí estaríamos todos”, es el comentario recurrente.

Nuestra arma es la palabra 10Sembrados y cambuches

A pesar de todo, la comunidad fariana en Dabeiba, con sus propios recursos y con apoyo de la cooperación internacional, ha emprendido una serie de proyectos productivos para el autoconsumo. Han creado tres cooperativas y en un terreno del sector de Bodó iniciaron con algunos cultivos de maracuyá, yuca, frijol, cría de peces, pollos y cerdos; igualmente, en el área cultivable de Llano Grande tienen cultivos de hortalizas, fríjol, papa y yuca. Hombres y mujeres reconocen que al dejar el machete por el fusil, muchos de ellos se quedaron atrás en lo que respecta a los avances técnicos para la agricultura y desean formarse en ello, incluso en agroecología.

Otras amenazas para el proceso

Por una parte, los excombatientes en Dabeiba aseguran que el principal obstáculo para su proceso de reincorporación han sido los incumplimientos del Estado en todo sentido, y que la falta de garantías para desarrollar una propuesta económica que les permita subsistir desmoraliza a la gente y amenaza con desarticular el movimiento.

Por otra, están las amenazas en el terreno político que mantienen en vilo las expectativas de unos y otros frente al futuro del partido FARC. Aunque afirman que la relación con el Ejército, la Policía y la comunidad circunvecina ha sido muy buena hasta ahora y que no se tienen indicios de amenazas por parte de los paramilitares en su zona (cuentan que la región está controlada por paramilitares al menos en un 80%), les preocupa el asesinato de líderes y el accionar paramilitar en su contra en otros territorios como El Gallo, de donde tuvieron que moverse hasta Mutatá.

Con todo, tal como expresa Gloria Emilse, quien estuvo más de treinta años en la guerrilla, “en las FARC, convertidas hoy en partido político, mantenemos el sueño de vivir como cualquier comunidad, con sus líderes y sus proyectos, donde juntos podamos sacar adelante a nuestras familias y educar a nuestros hijos y nuestros nietos en condiciones dignas”.

En días pasados realizaron un conversatorio por la paz, tomaron chocolate con la comunidad de la vereda y con integrantes de la Policía y del PNUD. Allí cada uno pudo hablar de su experiencia durante la confrontación armada, del camino para llegar hasta donde están ahora, y también de sus preocupaciones por el devenir del proceso. Unos y otros valoraron como muy positivo ese espacio donde, según ellos, se asomó la reconciliación.

Nuestra rama es la palabra 13 Honor a los héroes

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s