Un cuento de barbarie en el Medio Oriente

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Foto: News today

Por Álvaro Lopera

Jamal entró en la mañana del 2 de octubre al consulado de Arabia saudita en Turquía. Cuatro días antes fue a pedir un documento que necesitaba para casarse con una ciudadana turca. No lo atendieron. Le dijeron que regresara el día que le tenían preparado algo inesperado: su muerte por desmembramiento.

El decapitamiento como castigo

Érase que se era, Arabia Saudita, un país dirigido por jeques de la Casa de Saúd, una monarquía ahíta de dólares. Su principal riqueza, el petróleo, los pone en la cima de las economías del Medio Oriente. Hay tanto dinero, como crímenes impulsados por ellos a lo ancho y largo de la geografía de esa parte del planeta. El gobierno de los jeques sauditas maneja un país de 2.150.000 kilómetros cuadrados como si fuera la finca de la familia. Los derechos humanos son desconocidos, solo existen aquellos que son aceptados por la familia real. Pero no están solos: los acompañan decenas de familias reales en Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Kuwait, todas ellas opresoras de sus pueblos. Estos no conocen la democracia burguesa: viven casi en otro siglo, aunque sus bárbaros dictadores almuerzan todos los días con poderosos personajes de Europa y Estados Unidos, y, por supuesto, con la tecnocracia de Wall Street.

En Arabia Saudita el látigo y la espada se usan para flagelar, decapitar y cortar las manos a contradictores del régimen y a ladrones. La sharía, base islámica dogmática, es la herramienta de derecho coránico que los terroristas que controlan esos estados petroleros utilizan para cercenar derechos humanos e impedir alzamientos populares.

Pero como son multimillonarios, Occidente se arrodilla y Trump, particularmente, les hace la venia sin cuestionar un ápice su poder, por aquello de “negocios son negocios”.

Los malabares de la Casa de Saúd

El actual rey saudí, Salman bin Abdulaziz, travestido en momia e incapaz de dirigir semejante reino de traiciones, amenazas y muerte para quienes no comulgan con sus formas medioevales de poder, ha decidido, a punta de asesinatos y encarcelamientos, que su hijo Mohammad bin Salman (MBS) sea su heredero. En las fotos de negocios, su hijo se ve sonriente y parece más bien un yupi disfrazado de árabe que un criminal cuyo cerebro destila conspiraciones y muerte. La guerra de Yemen es uno de sus grandes engendros: a sus 30 años, en 2015, decidió empezar la destrucción lenta y paulatina de un país que odia porque, asegura, está tomado por huestes iraníes.

Cuatro años de guerra saudí han ocasionado más de once mil muertos por bombardeos calificados por diversas organizaciones de derechos humanos como crímenes de guerra, a lo que se ha sumado enfermedades comunes como el cólera –incontrolables por la destrucción de hospitales– y una amenaza de hambruna generalizada que puede acabar con la vida de 13 millones de personas, de acuerdo a la ONU, pues el bloqueo de puertos se mantiene como práctica criminal saudí.

Bin Salman sigue sonriendo, pues el Consejo de Seguridad de la ONU no detiene la venta de armas a su país por parte de Estados Unidos, España, Francia y Gran Bretaña, y ni siquiera le ha sancionado u obligado a parar el genocidio de un pueblo que apenas se defiende con las uñas.

Las gracias de Mohammad

MBS, no contento con hacer lo que se le viene en gana en Yemen, rompió drásticamente con los palestinos. Se alió a Israel y terminó de cerrar el cerco a la población de Gaza. Le ordenó a su súbdito, Egipto, que la frontera con la Franja de Gaza fuera bloqueada totalmente para impedir el “contrabando” o los intentos de llevar alimentos a una población de dos millones de habitantes asediada desde 2007 por Israel y aislada del resto de la población palestina. Su chequera domina voluntades en la Liga Árabe, doblegando la resistencia que por décadas allí se expresó contra el fascismo israelí.

Pero siempre salta la liebre de la resistencia. Del vientre del reino salió un hombre que lo sabía todo –Jamal Khashoggi–, el cual de joven anduvo en muy malas compañías: Osama Bin Laden, fue una de ellas; la casa real saudí fue la otra. Como dijera José Martí: “vivió en las entrañas del monstruo”. Y empezó el dolor de cabeza para MBS.

¡Quiero su cabeza!

En primera instancia, chocó que se expresara dentro del reino con opiniones que no le agradaban al heredero. Segundo, fue silenciado en los medios saudíes. Tercero, se retiró lenta y paulatinamente del seno de los Saúd. Y cuarto, en 2017 terminó de bocón en el periódico The Washington Post, Estados Unidos. Desde allí empezó a ladrar contra la realeza, pues el otrora perrito faldero quería contar algunas cosas non sanctas de sus viejas majestades protectoras.

Habló, ¡horror!, de democracia y lanzó algunas frases contra la guerra de Yemen. ¿Abrase visto tamaño atrevimiento de un advenedizo cuyo único mérito era el de haber sido el nieto del médico que trató al primer rey de Arabia? Jamal conocía muchas cosas terribles y las quería dar a conocer en su columna de opinión.

Bin Salman, ante semejante agravio, pidió su cabeza. Pero nuestro hombre, ingenuo, le dio por legalizar papeles, antes de casarse de nuevo, en el consulado de Arabia en Ankara, capital de Turquía. Y para ello se presentó allí el 28 de septiembre.

Hoy no lo podemos atender, pero venga el 2 de octubre, que acá lo esperamos –le contestaron.

Y lo esperaron 15 agentes saudíes que viajaron desde el reino en dos aviones fletados por su majestad MBS. Se encargaron en 7 minutos, de acuerdo con el diario Al Jazeera, de desmembrarlo técnicamente con una sierra. No se sabe si las partes de su cuerpo fueron sacadas en distintos maletines o simplemente se llevaron su cabeza y el resto lo diluyeron en ácido fluorhídrico. Lo que sí sabemos es que Trump pasó de decir que “si se comprobaba que había sido asesinado en esa legación diplomática, un castigo implacable caería sobre Arabia Saudita” a que “todo indica que fueron unos asesinos locos sin control, quienes lo hicieron”. Dicen que hay 18 detenidos.

La Casa Saúd se muestra atónita ante semejante crimen, y Europa y Estados Unidos, aterrados, aceptan la santa inocencia de reyes y herederos que podrán ser muy malos, pero que no dejan de ser grandes negociantes y mejores socios. El 19 de octubre Trump habló por los micrófonos más de los US$ 110 mil millones en negocios con Arabia, que del asesinato del insigne periodista.

Y colorín colorado….

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