El Valle de los Caídos y la Infamia Franquista

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

Fotomontaje tomado de: rafa-almazan-blogspot.com

El 1 de abril de 1939 Francisco Franco Bahamonde, jefe militar supremo del bando sublevado, anunció el fin de las acciones que, iniciadas en 1936, condujo a la derrota del republicanismo español. La victoria de las fuerzas reaccionarias significó el cierre de un periodo de cambios democráticos en España que se habían iniciado con la institucionalización de la segunda república en abril de 1931. A la par, la derrota republicana abrió las puertas a un prolongado periodo de represión que se expresó de variadas formas: campos de concentración, torturas, ‘consejos de guerra’ a los que fueron sometidos decenas de miles de personas, jurisdicciones militares que operaban por medio de farsas jurídicas y que condujeron a la muerte a cientos de ‘rojos’.

Todo lo anterior cobijado con una narrativa que quiso justificar los actos cometidos contra los republicanos (denominación que cobijaba a una diversidad de actores políticos que iba desde liberales, pasando por comunistas y anarquistas). Además, legitimó la represión que, posterior a 1939, se amparó en leyes como la de ‘seguridad del Estado’, la de ‘represión del bandidaje y terrorismo’ y la ‘ley de represión de la masonería y el comunismo’.

La derrota de las fuerzas republicanas operó en dos niveles, el militar y el simbólico, solo que, a diferencia de la victoria militar, la victoria simbólica del franquismo no fue del todo concluyente, pese al interés del aparato represivo del que se dispuso para ese fin. Posterior a la derrota republicana, continuaron registrándose actos abiertos o clandestinos de resistencia simbólica y en muy distintos formatos; por tanto, el propósito de borrar completamente la experiencia republicana, así como el drama y el trauma que ocasionó su interrupción violenta, no fue del todo exitoso.

Recientemente distintos sectores políticos y sociales, incluido el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, han pedido exhumar los restos de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera, los cuales reposan en el Valle de los Caídos. Lo que buscan es resignificar el Valle de los Caídos, un gigantesco monumento ubicado en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama, a pocos kilómetros de Madrid, y que es visto por los familiares de las víctimas del régimen franquista como una afrenta a la memoria de quienes padecieron el horror desencadenado por dicho régimen.

El monumento, mandado a construir por el propio Franco en 1941 y concluido en 1959, debía servir, según su voluntad, para conmemorar “a los héroes y mártires de la Cruzada” y para albergar los restos de Primo de Rivera, y los del propio Franco después de su muerte (ocurrida en noviembre de 1975). Desde el comienzo se pensó como un símbolo erigido para vanagloriar a las fuerzas que doblegaron la república y abrieron de nuevo las puertas para la instauración de la obsoleta monarquía, que todavía hoy existe. Lo paradójico es que, en la construcción de la obra, participaron forzadamente cerca de 20.000 presos; eso indica que los derrotados en la contienda o que militaban en la causa republicana, fueron obligados a construir un símbolo que claramente dignificaba a los vencedores y de paso los humillaba a ellos.

El diseño del monumento es, en efecto, un homenaje a la doctrina falangista, en donde el componente católico es determinante: consta de un panteón, un monasterio, un mausoleo, una inmensa cruz (la más grande del mundo cristiano) y una basílica, en cuyo suelo están enterrados Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Además, en sus alrededores están enterrados unos 34.000 muertos de ambos bandos de la guerra civil (traídos de diferentes lugares del país), de los cuales hay cerca de 12.000 todavía sin identificar, lo que convierte el Valle de los Caídos en la mayor fosa común de España.

Si Pedro Sánchez justificó la petición de exhumación con el argumento de que en un Estado democrático “no se puede rendir tributo a un dictador”, los familiares de las víctimas republicanas enterradas en el Valle de los Caídos lo que cuestionan es la estructura material del monumento mencionado y el mensaje que éste transmite. En realidad, el monumento no es un símbolo para la reconciliación, como arguyó la propaganda oficial desde un principio, sino para satisfacer los caprichos de un dictador que quiso proyectar su figura luego de su muerte.

De hecho, la idea de Caído que se evoca en el monumento es la favorable a los del bando vencedor, tal y como se plasma en el decreto que el propio Franco dictó, en el que ordenaba la construcción del monumento: “A estos fines responde la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos en que por siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de peregrinación en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”.

De todo lo anterior, tal vez lo que debe ser digno de destacar es el hecho político que encierra el debate actual acerca del significado del Valle de los Caídos: la manifestación de que el régimen franquista, con todo lo que éste encarnó –hispanismo, falangismo, tradicionalismo–, no fue del todo vencedor, como así lo ha querido mostrar la narrativa oficial. Y, en el caso de quienes fueron asesinados o humillados al ser obligados a construir un símbolo que pretendía pisotear su dignidad y borrar de la memoria colectiva, la resistencia que emprendieron en tiempos de la guerra civil y de la dictadura, más los reclamos de los familiares de esas víctimas del franquismo, demostrarían, en palabras de Reyes Mate, que aquí nos estamos refiriendo a “unos muertos vivos que todavía pueden morir”, de no contrarrestar el propósito del franquismo viejo y actual.

Se trataría, en este como en otros casos ocurridos en distintos lugares del planeta, de contraponer un deber de memoria que impida la consumación de la ignominia y ayude a preservar los recuerdos de quienes estuvieron dispuestos a defender ideales del bien colectivo. Pero, más importante aún, los reclamos de los familiares por la existencia y respeto de una memoria de los vencidos, contiene un enorme significado político: expresa, ni más ni menos, la capacidad de cuestionar “la victoria eterna de los vencedores” (Manuel Reyes Mate).

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