Editorial No 38: Arrancarnos las cataratas de los ojos

“El aquelarre de la mercancía”, Montaje digital sobre una obra de Goya

El año pasado, según datos de Oxfam, el 1% de la población en el mundo se apropió del 82 % de la riqueza producida. En general, la desigualdad crece sin control y se exhibe sin vergüenza: según datos del mismo Banco Mundial, el 1% de la población más rica del planeta controla hoy el 50% de toda la riqueza existente, mientras el 50% de la población más pobre tiene que ingeniárselas para sobrevivir con apenas el 0,7% de esta riqueza. Entre tanto, la publicidad y los medios masivos, a través del embellecimiento estratégico de la realidad o la banalización de los problemas esenciales de la humanidad, nos construye una imagen de este infierno como el mejor de los mundos posibles, burbujeante de felicidad para todos, incluso para los más pobres.

Este proceso de hiperconcentración de la riqueza llevado a cabo en el marco del modelo neoliberal no ha tenido, por supuesto, nada de pacífico, ni se ha limitado a la explotación “legal” de los y las trabajadoras: avanza, sobre todo, mediante estrategias de destierro de comunidades enteras en África, Asia y América Latina para apropiarse de sus riquezas. Por su parte, los países ricos, aquellos que han sembrado el terror en esta parte del mundo, denominada por ellos mismos como subdesarrollada, levantan muros y crean políticas infames para evitar que la gente despojada de su riqueza pueda entrar, aunque sea a mendigar las migajas. Miles de migrantes africanos, desterrados de sus países por las guerras avivadas por el capital, han muerto en los últimos años en el Mediterráneo buscando la forma de ingresar a Europa, mientras miles de centroamericanos se estrellan contra el muro de Trump y la indiferencia del mundo.

Y, no obstante, Europa se sigue presentando como cuna de la “civilización” y Estados Unidos como el garante de la democracia, a la par que diseñan estrategias mediáticas y militares para derribar, en nombre de la democracia y la libertad, los gobiernos del “Tercer Mundo” que no sean fieles a sus intereses y nombrar arbitrariamente como presidentes a los aparecidos que les juran lealtad. Los enemigos jurados de la democracia y de la libertad, los que se inventan guerras en el Medio Oriente para despojar a las comunidades de su petróleo, o imponen tratados económicos y políticos en América Latina para apropiarse gratuitamente de las riquezas naturales de estos territorios y redefinir las relaciones laborales en beneficio del gran capital, esos son los mismos que se presentan ante el mundo, a través de los medios masivos, como garantes de la libertad y la democracia, como sustentadores de un mundo de abundancia para todos cuando lo que generan es miseria e inequidad por doquier.

Colombia, por ejemplo, es el cuarto país más desigual del mundo y América Latina, el patio trasero de los Estados Unidos, la región más desigual del plantea; y tamaña desigualdad no se ha logrado sin violencia. Por lo menos en Colombia está relacionada con la estrategia paramilitar que ha expulsado de los campos a más de siete millones de campesinos y ha puesto sus propiedades, más de seis millones de hectáreas de las mejores tierras para el cultivo, en manos de los viejos y nuevos terratenientes. Toda esta violencia es agenciada estratégicamente por el Estado, que hoy mismo se hace el de la vista gorda ante la estrategia sistemática de los grupos de derecha de exterminio de los líderes sociales que jalonan procesos en los territorios para revertir la dinámica de expoliación. Y, no obstante, Iván Duque, el actual presidente, que llegó al poder como representante de esta derecha asesina, que inauguró su gobierno con un proyecto de reforma tributaria para aliviar la carga impositiva de los ricos y echársela encima a los más pobres, que se niega a financiar dignamente la educación pública mientras sostiene un escandaloso gasto militar, se presenta ahora como un gran demócrata que cumple sus oficios para “restablecer la democracia en Venezuela” y expulsar del poder al “dictador”. Desde luego, le hace el mandado a los Estados Unidos que espera de un gobierno de derecha en Venezuela muchas oportunidades de negocios para las multinacionales gringas.

Lo asombroso, sin embargo, no es que la práctica y el discurso público de esta élite neoliberal sean incoherentes, ni que construyan imágenes mediáticas de un mundo encantado para disimular este infierno en que vivimos, ni que inventen mentiras descaradas (como decir que Guaidó es el presidente constitucional de Venezuela porque se autoproclamó ante una multitud y Maduro no, aunque ganó legalmente las elecciones). Lo asombroso es que la mayoría de habitantes del planeta, el 50% más pobre que tenemos que sobrevivir con el 0,7% de la riqueza, los desterrados, los desempleados, los que sufrimos en carne propia el infierno, les creamos. Pero, si miramos bien, por asombroso que sea, tiene lógica.

La comunicación masiva que impera en la época moderna se dirige a los individuos aislados y supone su aislamiento. Solo esporádicamente comentamos nuestras impresiones de lo que vemos en los noticieros o cuando vamos a cine con amigos, y pocas veces vamos más allá de estos comentarios esporádicos, porque este tipo de comunicación ocurre en un contexto no pensado para generar discusiones basadas en argumentos. De esta manera, la comunicación de los medios masivos de comunicación genera respuestas masivas, pero nunca colectivas. Ante la avalancha informativa y la cantidad de estímulos mediáticos que pretenden despertar emociones y muy pocas veces reflexiones, los individuos aislados estamos expuestos, en la mayoría de los casos indefensos, y si la conciencia individual nos blinda en algún caso frente a dichos estímulos, de todas formas, nos sentimos impotentes ante la respuesta masiva que provoca tal avalancha.

Por eso, la posibilidad de una acción realmente transformadora pasa hoy por la capacidad colectiva de resistir al encantamiento de la realidad que llevan a cabo los medios masivos. No se trata simplemente de apagar la radio y la televisión o dejar de ver cine, sino de aprender a enfrentarnos a ellos como colectivos, descifrar su modus operandi y su papel en el engranaje social capitalista. Para ello habría que volver a los cineforos, para que el acto de ver una película trascienda a la reflexión colectiva que nos forme como sujetos; ojalá pudiéramos hacer lo mismo, de vez en cuando, con los noticieros. En todo caso, podemos promover las tertulias, diálogos y conversatorios en todos los escenarios posibles, incluso en las aulas de los colegios y las universidades: sobre todo allí, donde hemos dejado de formar sujetos pensantes para diseñar mano de obra calificada y descualificada. En el encuentro sincero con el otro y con la otra, asumido como práctica sistemática de resistencia, está la posibilidad de desmitificar la realidad mediáticamente construida.

“Juanito laguna” de Antonio Berni

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