Las llaves del retorno palestino

En 2008, 60 años después de la Nakba –o Catástrofe para el pueblo palestino-, en la entrada norte del campo de refugiados palestinos de Ayda, que pertenece a Belén y que se encuentra a unos metros del muro israelí de 700 kilómetros, llamado el muro del apartheid, se construyó una llave de 10 metros de largo y de 2 toneladas de peso, y se puso en la parte superior de la entrada. Esa llave le recuerda al mundo el derecho al retorno de millones de refugiados palestinos.


Kafra
Foto: Kafra y las llaves del retorno, tomada de palestinalibre.org

Por Álvaro Lopera

Una pequeña historia

En mayo de 1948, cuando la ONU, con la ausencia de la URSS, aprobó la creación del Estado de Israel, se desencadenó una guerra con algunos países árabes que aprovechó el naciente Estado para desplazar masivamente al pueblo palestino de sus tierras ancestrales. Según testimonios recogidos por la Oficina Central Palestina de Estadísticas (PCBS), los israelíes se apoderaron de 774 ciudades y pueblos palestinos y destruyeron otros 531 durante la Nakba. Las fuerzas sionistas cometieron hasta 70 masacres en las que murieron más de 15.000 palestinos.

A raíz de ello se expidió la Resolución Nº194 de la Asamblea de Naciones Unidas, aprobada en diciembre de 1948, que dice que “deberían permitir a los refugiados que deseen hacerlo, volver a sus hogares en la fecha más pronta posible”. Cuando se dio la partición de Palestina, el naciente Israel apenas contaba con unos miles de habitantes producto de la pacífica convivencia ancestral de grupos judíos minoritarios con el pueblo palestino que era una gran mayoría para entonces. Estos últimos, campesinos, artesanos, jornaleros, nunca le vieron problema a la convivencia de las tres religiones: musulmana, cristiana y judía.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, y después de que el capital sionista de los Rothschild hubiera organizado previamente, con la potencia ocupante de esos territorios, Inglaterra, la ocupación del territorio palestino con población judía, y teniendo como telón de fondo El Holocausto judío realizado por el nazismo, las tierras palestinas fueron ocupadas lentamente a sangre y fuego. Las bandas terroristas y sionistas del Irgun, Haganah y otras, se dieron a la tarea tempranamente de ir arrinconando y masacrando a los inermes pobladores palestinos. Y vino la medida administrativa de partición de la ONU: el 55% del territorio para el naciente país, y el 45% restante para la nación palestina.

El colonialismo israelí no se detendría, pues su filosofía está representada en su bandera en donde aparecen dos franjas azules, los ríos Nilo y Éufrates, y en medio de ellos, la estrella de David (pensamiento del fundador del sionismo, Theodor Herzl), lo que significa que el sionismo se asienta en un pensamiento expansionista a ultranza, en donde otros países del Medio Oriente son objetivos estratégicos de este. En 1967, con la nueva guerra inventada por Israel, terminó de arrinconar al pueblo palestino en bantustanes o pequeñas franjas de territorio.

Kafra

En 2014, Kafra tenía 117 años, no verificables; sus infinitos surcos en el rostro eran la única identificación, porque carecía de documentos, cosa que no es extraña cuando se trata de refugiados. En ese año vivía en el campo de Dheisheh, donde convivía con otros 13.000 refugiados, al sur de Belén, en la franja de Cisjordania, a pocos kilómetros de la hoy disputada Jerusalén. Ella, junto a toda su familia, se vio obligada a abandonar el pueblo donde nacieron. Las tropas israelíes lo destruyeron durante la “Nakba”.

“Los primeros años –nos relataba la periodista española que hizo el reportaje– los pasó con su familia en carpas; en 2014 apenas tenía una construcción inacabada en materiales. En la parte de arriba existe un pequeño cuarto de estar lleno de fotos y recuerdos. Kafra tuvo seis hijos. Le acompañan dos de ellos, tres nietos y un biznieto. Todas las cerraduras de las puertas están rotas y forzadas. Un grupo de soldados israelíes entraron por la noche en ese mayo, el mismo mes de la Nabka, registraron su vivienda y se llevaron con ellos a Alaa, uno de los nietos de Kafra”. No lo volvió a ver.

La vida en esos campamentos es dura: los soldados israelíes siempre vigilan, los colonos israelíes siempre los insultan y maltratan y, a veces, hasta los asesinan sin razón alguna; las restricciones de agua y energía son terribles; la Autoridad Nacional Palestina no hace lo que debería, en tanto tiene demasiados intereses ocultos con Israel.

“Kafra tiene muchas ganas de hablar, de contar sus recuerdos. Su memoria le lleva al campo de olivos que rodeaba su aldea. Mueve los brazos cuando recuerda la feliz sensación de comunidad que tenía, cuando se reunía con otras mujeres para moler los garbanzos y las semillas de sésamo, mezcladas con hierbas y aceite de los olivos para hacer humus, una receta típica de Oriente Medio”, narraba la periodista María Torres-Solanot, quien estuvo en esa tierra haciendo fotorreportajes.

“Ahora temo por mis nietos”. Decía Kafra con un tono afligido. “No tienen trabajo, ni forman una familia. Tienen miedo”. Siempre mantuvo la fe en el retorno, pues a todas horas se le veía en sus manos la llave, la misma que abría la puerta del hogar en donde nació. Y como ella, millones la conservan.

El difícil presente

Hay cerca de 5,6 millones de palestinos –de una población total de 12 millones– inscritos en la oficina de la ONU (UNRWA), refugiados en el Líbano, Jordania, Siria, Cisjordania y la Franja de Gaza, que aún siguen soñando con su tierra, y con el regreso a lo que un día fue su hogar.

Joura, Hirbiya y cientos de poblaciones antiguas aún existen no solo en la mente de los viejos pobladores palestinos como unos territorios de cultivo y de comunidad, rebosantes de uvas, aceitunas, azúcar y cítricos, sino también en la mente de las nuevas generaciones que han recuperado la memoria oral de su padres y abuelos haciendo suyos esos recuerdos. Y por ello luchan y mueren, como se presenta cada viernes en Gaza en la protesta semanal que hacen desde el 30 de marzo de 2018, y que llaman La Gran Marcha del Retorno: les ha costado cerca de 300 vidas jóvenes y más de 30.000 heridos a manos del invasor israelí.

Con todo, el ocupante sionista dispone de manos amigas en el Consejo de Seguridad que evitan cualquier condena o el cumplimiento de antiguas resoluciones: Estados Unidos y Europa.

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