Editorial No. 40: La luz de la palabra que camina

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Logyc Cult – Jeff Christensen

La palabra que emana del corazón y teje puentes entre los seres humanos es la savia de la vida colectiva. Pero no es esto lo que pretenden hacer con la palabra aquellos que detentan el poder; para ellos, esta es apenas una moneda de cambio, un instrumento de dominación y un arma poderosa en la guerra contra los pueblos. En el mejor de los casos, cuando estos poderosos fungen de políticos “sabios”, la palabra funciona como encantadora de serpientes o domadora de fieras, en este caso, de las masas empobrecidas. Pero el poder de la palabra y el poder como dominación sobre otros seres, a la postre, son incompatibles, porque el poder de la primera no es otra cosa que la expresión de la sabiduría de los pueblos y el poder que se ufana de sí mismo cree no precisar de ella, por eso en su boca la palabra termina siendo hueca, puro aire. Así que, finalmente, es un sinsentido pedirles a los poderosos que honren su palabra.

No es Duque el único que ha prometido en campaña hacer una cosa y como presidente hace otra. Esa es la estrategia más recurrente de quienes buscan poder. Lo curioso de este mago de la palabra es que cambió su discurso a lo largo de la campaña, según iba leyendo el comportamiento del público electoral en las encuestas; de esa manera era fácil darse cuenta que aquello de lo que hablaba era en todo momento carente de sustancia, huérfano de espíritu: no decía lo que pensaba y sentía sino aquello que le podía reportar réditos políticos, y lo cambiaba a cada instante sin sonrojarse siquiera; de la misma manera que hoy no se sonroja cuando empieza a implementar políticas que prometió no desarrollar porque iban en detrimento de los derechos de las comunidades o del medio ambiente o atentaban contra la equidad, etc.

Y es que la palabra en los poderosos apenas sirve circunstancialmente a la consolidación y extensión de su poder. Y mientras más poderoso es más desprecia la palabra emanada del corazón, la sabiduría de los pueblos. El poderoso no aspira a ser un gran hombre, buena persona, elevado moralmente y ejemplo de dignidad, sino a tener seguidores ciegos que obedezcan por las buenas o por las malas, por eso la sabiduría no le sirve de nada: no aspira a convencer sino a imponerse, no quiere ser comprendido sino temido, no busca el amor sino la adulación, no quiere que lo admiren sino que lo adoren, y usa la palabra en función de estos propósitos: solo para mentir, engañar, humillar, amenazar y eliminar a los más débiles, al mismo tiempo que perfecciona el arte de adular a los más fuertes. Al final, lo que busca con la palabra es imponer la confusión, hacer de ella un instrumento sin valor real, sin sustancia vital.

Por eso decía cínicamente Goebbels que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad irrefutable, una lección que los gobernantes contemporáneos han aprendido a la perfección. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana, y aparentar que todo el tiempo han estado diciendo lo mismo es la mayor virtud de los gobernantes de hoy, ellos cuentan además con los medios de comunicación que se postran a sus pies como el más poderoso mecanismo de desmemoria colectiva, borrando un escándalo con otro y limpiando la cara inmunda del poderoso con un barro nuevo y todavía más inmundo. Al final todo termina convertido en espectáculo, todo banalizado, y el dolor y el sufrimiento humano producidos por la desfachatez del poder se normalizan.

Por lo demás, cuando en la boca del poder la palabra ha sido desvalorizada hasta la raíz y se pone en función de confundir sin que ello genere vergüenza, significa que los poderosos se vanaglorian ya de su ignorancia y de su bajeza moral. Lo que en el mito bíblico de la torre de Babel se presenta como el mayor motivo de vergüenza humana, la incapacidad de comunicación como castigo por la soberbia de los hombres, hoy lo exhiben los poderosos como máximo símbolo de su poder: la capacidad de generar confusión entre los hombres y gobernar arbitrariamente los rebaños extraviados en medio de tal confusión. Cuando la desvalorización de la palabra se exhibe con tal desvergüenza quiere decir que los poderosos han depositado su confianza definitivamente en el único argumento de las armas.

Pero que en los dueños del poder la palabra se haya desvalorizado hasta el extremo no significa que los pueblos y comunidades renunciemos a exigir su cumplimiento. Al contrario, reconocemos en la palabra tejida en comunidad la fuente del verdadero poder de los seres humanos, el poder que nos permite trascender el individuo aislado y consolidar un colectivo donde la sabiduría humana pueda florecer permanentemente y articularse con la infinita sabiduría de la vida en su conjunto, tal como nos han enseñado los pueblos indígenas de Nuestra América. Mientras los poderosos pretenden sembrar la confusión y la desconfianza, nosotros hacemos de la palabra que anuda los destinos de las comunidades en función del buen vivir la mayor resistencia contra el poder arbitrario y fascista que pretende borrar del mapa nuestro derecho a existir como seres libres y dignos. Esa palabra esclarecedora y amorosa, transportada también por las diversas formas de comunicación popular, es la que nos puede permitir consolidar la fuerza de un colectivo consciente para confrontar la ignominia del poderoso que hoy se niega a darle a la palabra el valor que se merece. Y no solo para que dé cumplimiento a la palabra por él mismo empeñada, porque la mayoría de lo que prometió es letal para los pobres, sino para que escuche la sabiduría del pueblo y se someta a ella.

Contraportada
Teoria del Octeto II- Milton Ramirez A. Rairez Giraldo

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