De oficios y mermeladas

Ilustración por Sara Loaiza Erazo

Por Jhonny Zeta

El barrio estaba custodiado por un cristo con las manos abiertas, también teníamos vigilantes que no habíamos pedido, pero que utilizaban el discurso de la seguridad para dejarnos los bolsillos más vacíos de lo que ya estaban. Desde abajo se divisaba una maraña de casas de adobe y ranchos cruzados por postes y cables, los vehículos y motos seguían una única calle principal, desde donde uno ascendía por callejones de escaleras estrechas hasta las casas que todavía causan vértigo, asombro y admiración.

Mis oficios

Como muchas mujeres me ha tocado guerriarme la vida trabajando en varias cosas, pero rescato tres oficios que considero sagrados: el primero es el de ser madre de familia, con este cualquiera dice: para qué más; el segundo también me llena de orgullo porque por muchos años fui madre comunitaria; en los barrios populares faltan muchas cosas y uno va aprendiendo que las soluciones no caen del cielo, hay que buscarlas y lograrlas con ayuda de la comunidad. El tercer oficio fue una suerte, siempre tuve la vocación, pero mis amigas y vecinas me empujaron a formarme y ejercerlo; después de quince años, miro hacia atrás y apenas me lo creo.

La bendita mermelada

Hace pocos días estábamos viendo las noticias en la televisión cuando mi hijo me soltó la pregunta ¿mamá cómo es eso de la bendita mermelada?

Le dije: mire, usted tiene esta casa por una mermelada que a mí me tocó vivir. En el año 2002 convocaron a los líderes del barrio para participar del dichoso Presupuesto Participativo, asistimos el presidente de la Acción Comunal, dos grupos de la tercera edad y dos de madres comunitarias, a los que yo pertenecía. Aunque nos encomendábamos al cristo de la cima, el grupo armado nos tenía amedrentados, no les servían las cuotas y vacunas, en cambio querían el dinero del Presupuesto Participativo. En la reunión nos dijeron que la comunidad tenía derecho a ejecutar ocho proyectos, cada uno por valor de cuatro millones de pesos. Los viejitos decían: ¿cómo le vamos a dar todo a ese grupo armado si tenemos muchas necesidades?  Ese día nos pusimos de acuerdo en no darles un solo peso, pedimos el dinero para desarrollar proyectos.

Dos días después apareció el presidente de la Junta, diciendo que los muchachos estaban furiosos, que estábamos citados en el salón comunal. El salón estaba lleno de esa gente armada, quien los dirigía manoteaba y refunfuñaba para todos los lados, decía que cómo los íbamos a dejar mamando, si ellos eran los que cuidaban el barrio, que cuadráramos o que ellos tomaban medidas. Una viejita muy frentera lo increpó diciendo que teníamos hijos y esposos sin trabajo. Al final nos condicionaron a las cuatro lideresas con el pago de quinientos mil pesos, cada una, para cuando termináramos de ejecutar los proyectos.

No me explicaba de dónde iba a sacar los quinientos, si teníamos que contratar gente y conseguir insumos. Me enviaron un ingeniero del instituto Mi Río, el me explicó que debíamos limpiar los alrededores de una quebrada y construir un sendero con escalas. En la ejecución el ingeniero me dijo: dejemos hasta aquí porque usted de ahí me tiene que dar plata, para que a usted también le quede. Yo decía: ¿pero por qué? Pues si no le gusta así mire cómo va a hacer.

El día que fui a llevar los quinientos le pedí a una amiga que me acompañara porque estaba muerta de miedo, que tal que me mataran. Salí con las piernas temblando. Después le llevé al ingeniero los ochocientos que me pidió, ya habían cuadrado para mandar fotos de otro proyecto más completo, haciéndolo pasar por el nuestro. Sin remedio terminé quedándome con el dinero que sobró, porque ¿cómo justificaba que había tenido que entregar un millón trecientos de mermelada, sin que mi vida corriera peligro?, ¿que había sobrado plata porque me obligaron a dejar el proyecto a medio camino?

Pasaron los meses y me fui a averiguar con otra amiga por el programa de Vivienda con Subsidio, debíamos tener un ahorro programado, el monto era exactamente lo que me había quedado de la ejecución del sufrido proyecto. Me inscribí, pero le oraba a Dios todos los días pidiéndole perdón por haberme quedado, a las malas, con esa plata.

Lo de la casa fue una historia hermosa y sudada, contábamos con la cuota del ahorro, pero no teníamos quien nos prestara para construir, estaba desempleada y mi esposo siempre ha trabajado, como se dice, de manera independiente. La gobernación creó un programa para las familias sin capacidad crediticia, pudimos acceder a una vivienda de interés social, quedamos pagando cien mil pesos mensuales por seis años.

¿Y el tercer oficio?

En el nuevo barrio mi vecina tenía a la hija matriculada en un colegio, la profesora era muy jovencita y no llenaba las expectativas, le pedían a la rectora que la cambiara, pero su respuesta se sustentaba en que no tenía otra profe. Un día mi vecina le dijo: yo se la traigo. Allá me llevó, las capacitaciones que hice como madre comunitaria me sirvieron un montón. Recibía medio sueldo por una jornada completa como profesora de jardín y prescolar.

Otra profe me motivó a estudiar, decía que no me achantara por la edad, que ella también estaba haciendo carrera. Presenté examen para licenciatura en ciencias naturales y educación ambiental y de una pasé. A mi esposo no le gustaba para nada, él decía que una mujer salía a la calle a conseguir maridos, pero cuando vio que estudiaba, trabajaba y era ama de casa pidió que me saliera de trabajar, que él me pagaba el estudio.

Doy gracias a Dios por permitirme sacar a mis hijos adelante. Hace poco volví al barrio, buscando ayuda para el estudio de una sobrinita, indagamos por los apoyos de Presupuesto Participativo al actual presidente de la Junta. Nos recibió y nos despachó con la frase: de esa torta ya no hay ni un peso.

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