Un duro aterrizaje a la realidad de San Carlos

Foto: Colprensa

Por Caturo

En los setenta San Carlos era un pueblo de provincia con una juventud lectora, alegre y ávida de crecimiento espiritual expresado en artes y deportes. El río ofrecía solidario sus aguas cristalinas por igual a lugareños y forasteros, sus gentes abrazaban con afecto al visitante que con la tranquilidad de sentirse bien acogido compartía en el kiosco principal como punto de encuentro y en la noche El Club y El Óscar invitaban a los porros, salsa, merengues, cumbias. En el parque encontrabas lo que necesitabas porque ahí estaba la plaza donde los campesinos sacaban sus productos. Se producía comida por montones, todas las familias que vivían en el pueblo tenían su dependencia económica del campo. En la subienda los pescadores subían el bocachico en bultos desde Narices, Puerto Garza y lo regalaban. Los frutales de todas las especies abundaban, cafeteros, paneleros, mineros, cultivadores de maíz, de cacao, de yuca, los piscicultores, apicultores, todos dependíamos de la producción de estas tierras. Los universitarios en la ciudad eran mantenidos por sus familias desde el pueblo.

Y de pronto, sin alarma previa, llegaron al pueblo cinco mil personas de los diferentes municipios de Antioquia y de Colombia, extranjeros de todos los continentes, personas de todos los colores, olores, costumbres, necesidades. Los recién llegados habían abandonado sus familias, sus pueblos en busca de un trabajo “estable” unos cuantos años. Y así ese pueblo hospitalario con una población de cerca de cinco mil habitantes se vio abocado, de la noche a la mañana, a albergar a otros cinco mil y las casas se dividieron para los recién llegados, y en esos espacios familiares la privacidad era cada vez más esquiva. Así, con la misma disposición que compartieron la vivienda propia, el sancocho y la mazamorra, compartieron también las costumbres, necesidades, vicios, placeres y enfermedades de los recién llegados. De esa amalgama nació una generación hecha de pedacitos, todo un mosaico cultural.

A los trabajadores de la hidroeléctrica que llegaron a vivir a la cabecera municipal se le sumaron las familias campesinas que salieron desplazadas porque sus tierras serían inundadas por el represamiento de las aguas del río, también los agricultores y pescadores, mineros y vivientes de la zona donde Isagén estaba construyendo la Hidroeléctrica Punchiná. Todos tenían la ilusión de que dejarían de vivir de la tierra y del agua para convertirse en obreros de la flamante Empresa.

Y esos hijos de madres solteras y padres desconocidos sin nexos con la tierra (porque quienes llegaron volvieron a salir cuando terminó la obra) apenas visualizando el futuro incierto luego de la bonanza económica de un comercio desbordado, hoy están aterrizando de barriga en una realidad donde el pueblo vuelve a una población estable. Pero con una economía precarizada, después de despedir a los últimos visitantes forzados, trabajadores de la represa.

De pronto no hubo más plata, ya no había quién comprara y no había quién sembrara. Hoy solo quedaban las y los jóvenes de esta generación amalgamada para embellecer las calles del pueblo, sin mucho qué hacer. Ya ninguna familia del pueblo depende económicamente de la producción del campo; su dependencia ahora está centrada en quienes trabajan afuera y mandan plata, en lo poco que deja el turismo y, por supuesto, en la prostitución. No hay fuentes de empleo estable. En el comercio se abren y quiebran negocios todos los días, no hay quien compre.

Hoy los pocos campesinos que quedan en el municipio carecen de tierra suficiente para producir los alimentos que demanda la población urbana, los jóvenes no tienen estímulos para continuar en sus veredas. Además, las entradas a las veredas, las mejores tierras de hecho, se han convertido en casa fincas, casas de recreo donde los lugareños prestan servicios ocasionales de sirvientes en los días de vacaciones y puentes.

Doña Gloria es una madre soltera “cabeza de familia” que tiene contrato durante un mes haciendo aseo en las calles del pueblo, comparte las vivencias de sus paisanos, con cuatro compañeras mientras desayunan sentadas a la vera de la carretera, encima de la cascada. “Hay que agradecerle a la administración municipal que reparte el trabajo de aseo y celada entre nosotras las madres solteras -dice una de ellas-. Lástima que seamos tantas y no alcance”. Y María responde medio en broma y medio en serio: “Pero ¿cómo consigue uno con qué comer los otros meses? ¡Hay que repartirlo!”, y suelta la risa.

Gloria habla de la vecina a la que le da miedo denunciar al marido que le preñó a la niña menor de edad porque piensa que de pronto “les hace algo a las dos”. “Y es normal que varias mujeres se aguanten a un marido que persigue las hijas por no perder quién compre la comida”, comenta una de sus compañeras. Y es que hoy en San Carlos son cada vez más comunes los casos de niñas violadas o en la prostitución o las dos cosas: porque una vez la niña tiene al hijo no encuentra otra opción para sostenerse. “Se calcula que en este año van más de sesenta menores de edad, embarazadas”, dice María.

“Las mujeres ahora no quieren tener quien las joda y los hombres no quieren nada en serio con ellas”, dice Amparo. “Son las señales de los nuevos tiempos después de tanto agite con los trabajadores y empleados de la represa. Pero somos las mujeres las que quedamos con los hijos”.

Gloria añade: “Esto está muy horrible, porque uno teniendo que salir a trabajar, a rebuscarse la comidita, cómo cuida a esos culicagaos. ¡Y con la cantidad de vicio que hay en el pueblo! Vea que La Natalia, ese barrio tan pequeño, tiene varias plazas de vicio”. En el mismo colegio los niños están en peligro, según comentan estas conversadoras: “fíjese que allá adentro hay quien vive de vender a las niñas y parece que el vicio también circula por montones”. La alcaldía no parece muy preocupada por la situación que, poco a poco se ha naturalizado. Lo que sorprende a estas mujeres es lo último de lo que se han enterado: el comandante de Policía, que no lleva mucho tiempo de nombrado, ha dicho que el problema de la prostitución infantil y la droga en el pueblo no le parece preocupante. Lo que le inquieta realmente es que los profesores del colegio estén, según él, enseñándole marxismo a los estudiantes.

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