
El niño y el viento
A la memoria de David de Vega (1972-1990)
III (Caballo en el viento)
Levanta
tus castillos,
declara tus amores,
construye con tus
manos
las señales obscenas
que oscurecen la
voz,
porque todo es del viento.
El viento es un
caballo.
Aprieta sus ijares,
sus potencias
ocultas
en la entraña flamante
del animal de
acero
o en el cuerpo exiguo
del juguete de
palo.
Al viento lo gobiernan
los de la piel más
dura
y el aire se enamora
de ese rigor
amante.
El viento es un caballo
que montamos a
pelo
y la tinta más negra
se diluye en el
aire.
El viento es el jamelgo
del caballón
Caronte,
huracán que nos lleva
cuando menos
pensamos,
blando espejo del agua
donde inocente
escribes
tu historia pasajera.
IV (Potestades de la llama)
Siente
crecer la llama. Respeta su dominio
como los pescadores,
los faros, las ballenas
se preservan del mar. Mira su luz
navaja,
sus alternos fulgores de azul a rojo
blanco.
Acércale tu mano, pero quítala a tiempo:
toda
la luz te sirve y te alimenta,
pero es condición primera
de la llama
herir a quien la roba: no hay amores
que
te dejen partir sin quemaduras.
“Me abraso en el abrazo”,
dirá tu piel sedienta.
Vas a jugar con fuego, mi cachorro,
y
en tu hazaña no cabe la prudencia.
Que te valga el orgullo de
quemarte a buen tiempo,
torito engalanado, vanidad del
cohetero,
alhajas de los pobres en la noche de fiesta.
V (La canción de la tierra)
Vuelvo
para quedarme.
Que me enciendan cien cirios
y preparen el
lecho
donde habré de dormir lo que me falta.
Ya comienzo a
escuchar tu voz nacida
desde que al mundo bautizamos
Tierra.
Manzanar entre espinas,
sólo tú sentirás mi
corazón
deshecho en la pasión de tus raíces,
savia del
árbol joven
que nacerá rodeado de otros niños
y
poderosos perros camaradas.
Mi corazón, tu flor de carne,
no
abandona el combate. Sólo cambia
la escala de sus notas
y
en tu silencio afina
un violín de maderas prematuras.
Te
traigo mi muerte joven, mis canicas,
los tenis que libraron mil
batallas.
Te hago entrega de todo, Madre Tierra.
Cántame
la canción del que regresa,
en tus más altas ramas,
en
las hojas que llegan más al cielo.
Vicente Quirarte. Ciudad de México, 1994.
Poeta, dramaturgo, novelista, ensayista y profesor. Fue director de la Biblioteca Nacional de México y editor de la publicación Ojos de papel volando, sobre literatura de viajes. Sin rodeos su poesía toca el recuerdo, no como imagen congelada y eterna, sí, permitiendo que los lectores respiren la intensidad del instante en que se nombra lo que no puede ser ausencia, lo que no le alcanza al olvido.
Parte de su poesía está reunida en Razones del samurái. 1978-1999 (2000).
