El sabor agridulce que deja el paro nacional indígena y popular en Ecuador

Foto: Martin Bernetti (AFP)

Por Silvia Salazar

¡Y cuál, y cuál, y cuál es la huevada, nos quitan los subsidios y nadie dice nada! Esta fue una de las tantas consignas del movimiento indígena durante los días de levantamiento que llevaron a cabo las comunidades oprimidas de Ecuador (desde el 3 hasta el 13 de octubre de 2019). Reflejaba el llamado de esta comunidad a otros sectores indiferentes de la sociedad a que se vincularan al alzamiento por las medidas tomadas por el gobierno de Moreno.

Sí, viví esta experiencia de manera directa, pues llegué a Quito el 30 de septiembre, con la alegría infinita de conocer un país hermoso y con una historia de lucha indígena y popular de la cual bien vale la pena aprender. El 1 de octubre me dirigí al Cantón de Otavalo, provincia de Imbabura (al norte de Ecuador) para conocer el arte y las artesanías elaboradas por las comunidades indígenas; me encontré con gente muy cálida y amable y, ante todo, con un movimiento indígena organizado y luchador. El jueves 3 de octubre estalló el paro contra lo que denominaron “El paquetazo” del FMI, reflejado en el Decreto 883 de octubre 2 de 2019 y que ordenaba el aumento del precio del combustible y la eliminación del subsidio que tenía, igual que la eliminación del subsidio al transporte urbano e interprovincial.

Desde el 3 de octubre empezaron las masivas marchas en Ecuador; al principio fueron los transportistas y sectores populares, estudiantiles, obreros, entre otros. Luego se fue sumando la inmensa fuerza del movimiento indígena que iba llegando de diferentes provincias, uniéndose de manera organizada los indígenas amazónicos quienes se caracterizan por su contundencia en la lucha directa por la defensa de sus territorios, el agua, la naturaleza.

En Otavalo, donde me encontraba, por todas las esquinas brotaban centenares de hombres, mujeres, niños, niñas y mayores con sus palos largos y puntiagudos (los cuales son su única defensa) y que al paso firme de su caminar retumbaban con fuerza, como dando señal de su batalla contra las injusticias y opresiones del gobierno de Lenín Moreno, que llegó a la presidencia con un discurso conciliador y ladino que ganó la confianza y apoyo de Rafael Correa.

El detonante para que esta gran manifestación de resistencia se iniciara fue el ya mencionado “paquetazo”, que afecta de manera grave la economía de la población más empobrecida del hermano país; pero lo de fondo, lo que está en la almendra de las luchas no sólo de Ecuador, sino, de todo nuestro continente, son las políticas criminales que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y demás organismos imperiales imponen a nuestros pueblos y deterioran la calidad de vida de habitantes del campo y la ciudad. Estas medidas se tratan de justificar con la retórica del desarrollo, el crecimiento y la productividad, pero lo único que buscan es saciar la voracidad mezquina del gran capital.

Foto: Martin Bernetti (AFP)

Así, con la conciencia de un pueblo que sabe que tiene mucho por conquistar, todos los días, como “hormiguitas” incansables, el pueblo indígena de Otavalo marchaba y marchaba desde la mañana hasta la noche; largas filas de gentes sencillas, con sus atuendos originarios, con sus niños y niñas exigían a gritos no solo la derogación del Decreto 883, el levantamiento del estado de excepción, el cese de la represión por parte de la policía y el ejército que convirtió en un campo de batalla el centro de Quito, sino la salida de Lenín Moreno de la presidencia.

El silencio total era la característica en todo el centro de Otavalo, no se movía ni una hoja sin la aprobación de los indígenas, el comercio cerró sus puertas, el transporte se paralizó, nada, absolutamente nada se podía hacer, estaban en paro, pero en un paro de verdad: algunos con conciencia cerraban sus negocios; otros quizá lo hacían por temor, pero lo único cierto es que solo se escuchaban las consignas y los palos golpeando en el asfalto fuertemente como diciendo: esto es en serio, es ahora o nunca.

Pasaron uno, dos, tres, diez días y la movilización aumentaba de manera perseverante; era admirable la participación de las mujeres y los mayores quienes caminaban con paso firme, con la convicción y certeza de que lograrían sus objetivos; el onceavo día, 13 de octubre, se instaló la mesa de diálogo, después de todo ese tiempo, donde la población desarmada fue tratada de la manera más criminal por parte de la policía y el ejército, Quito se asemejaba a una ciudad en guerra. El gobierno pretendió aplastar la protesta a sangre y fuego: los lugareños decían que no habían visto esas imágenes atroces por lo menos desde hacía más de 30 años.

Ese domingo, cuando las partes se levantaron de la mesa, después de una larga reunión, tuve dos sentimientos encontrados: una profunda admiración y respeto por ese pueblo aguerrido y una sensación de frustración; para mí algo no estaba bien ese domingo por la noche. A pesar de este sentimiento, salimos a la Plaza Los Ponchos, lugar donde iban llegando por todos los costados centenares y centenares de gentes a celebrar la “victoria”; ahí sí, indígenas y no indígenas (o sea, los que nunca se vieron durante el paro, esa noche salieron con sus carros a festejar “el triunfo”) se volcaron masivamente a las calles con consignas alusivas a dicha “victoria”.

Sí, me queda un sabor agridulce que con el pasar de los días compartí con otras personas: agrio, por la forma en que se negoció con el personajillo Moreno, y, ante todo, porque las demandas de fondo no fueron atendidas, todo quedó reducido al problema del alza de combustibles y la eliminación de los subsidios; no se hizo énfasis, por ejemplo, en los problemas estructurales de la sociedad ecuatoriana, en las detenciones masivas, en los asesinatos de luchadores indígenas y populares, en los desaparecidos, y mucho menos, en la exigencia de la salida del traidor de la presidencia, y la renuncia de la Ministra de Gobierno María Paula Romo y el Ministro de Defensa Oswaldo Jarrin por haber consumado una masacre contra el pueblo ecuatoriano; todo esto, entendiendo que fue una coyuntura tan fuerte y significativa que parecía indicar que se daría un gran salto cualitativo que brindaría, ante todo, a los que se batieron luchando contra las balas oficiales y a los oprimidos en general, un sabor a Victoria… A pesar de todo, lo reconozco, celebramos la gallardía y resistencia de un pueblo que conoce sus derechos y está dispuesto a dar la vida por ellos; éste es el sabor dulce que me queda después de esta gesta revolucionaria del pueblo ecuatoriano por la construcción del Sumak Kawsay (el Buen Vivir).

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