Epístolas que vuelan hasta el Salón del Nunca Más

Jhonny Zeta

Depositphotos. Pencil Drawing of Girl Writing (Dibujo en lápiz de chica escribiendo)

¿Por qué la mona está triste, por qué no juega con los demás niños?, le indagaban los mayores cuando cursaba los primeros años escolares en la vereda San Esteban del municipio de Granada, Antioquia.

Fue creciendo movida por el caudal de preguntas y ausencias que fueron su infancia. También aprendió a obedecer, a hacer las tareas, a reír y cantar algunas veces, como sus compañeritos de suerte, mientras los primeros años les dejaban el sabor amargo de la guerra y en muchos casos el destierro de sus familias.

Siempre le ha gustado la música y jugar fútbol, pero, sobre todo, se entrega al ejercicio que brota de la necesidad íntima para expresar lo que piensa, lo que siente y lo que ve a través del papel. Escribe con esmero desde los ocho años. En su caso, el oficio no está vinculado propiamente al disfrute de la lectura de libros ni al anhelo de convertirse en una gran escritora, pero ha llenado centenares de cuadernos y hojas sueltas desde que su maestra de tercero de primaria le insistió para que escribiera cartas.

Muchas personas la han leído, aunque no la conocen. En sus cartas pide disculpas por la mala ortografía, habla de su madre, y de Elkin, su hermano, de los cumpleaños y diciembres tocados por la angustia, la tristeza y los pedidos al niño Dios que no llegaban.

Las misivas de la mona, Jesi o simplemente Jésica, siempre han tenido el mismo destinatario: Jair de Jesús Giraldo Jaramillo. Ella escribe para mantener comunicación permanente con su padre, para mantenerlo al tanto de lo que pasa por su mente y su corazón. Una de tantas veces le escribió contándole que ya no tenía zapatos para jugar fútbol, que le dolían los dedos, que era muy duro porque la mamá vendía mangos y no le alcanzaba el dinero. Los fines de semana avisaba en su casa que iría a visitarlo, salía corriendo después del catecismo para alcanzar la puerta del Salón del Nunca Más. Allí se topaba con niños, jóvenes y mujeres que también aguardaban con paciencia obstinada.

El Salón recoge la memoria y los testimonios de la violencia, generada por todos los grupos armados que hicieron presencia en el municipio desde las últimas décadas del siglo pasado. Más de trescientas fotografías de desaparecidos y asesinados cubren casi en su totalidad el muro de fondo del Salón, a cada fotografía la acompaña una bitácora de cuaderno forrado. Familiares, amigos y visitantes consignan sus pensamientos hacia la persona a la que pertenece la bitácora. Jésica llega casi siempre con cartas escritas en hojas sueltas, las pega con esmero para que su padre sepa, por ejemplo, que:

Tenía 10 años, le dije a mi hermano Elkin: vamos a comprarle a mi papá unas medias y una chocolatina hoy en su día, porque yo creo que llega ya el próximo año, pero mi hermano me dijo: no Yésica, papá ya no volvió. Le dije: yo si seré buena hija y así no vuelva yo se las voy a guardar hasta el día de su regreso.

Su madre llora con cada carta, dice que es muy lindo que le escriba, que por ahí empieza el cambio del país: conociendo el daño que les hicieron cuando desaparecieron a Jair. Le dice: papá no está, pero usted lo mantiene al tanto de todo.

Jésica no pierde la esperanza de encontrar a su padre; en algunas de las cartas que ha puesto en la bitácora y que seguramente han leído los visitantes del Salón del Nunca Más, deja en claro cuál ha sido su mayor deseo de cumpleaños:

Papi sé que desde donde tú estés, me deseas los mejores cumpleaños y pues, algunos lo han sido como otros no.

Cuando tenía cinco años, en la guardería me celebraron el cumpleaños con todos mis compañeritos, lo más triste de todo es que yo te esperaba y miraba la reja por si tú entrabas, le dije a mi mamá: mami, ¿mi papá por qué no llega? y lo único que mi mamá me dijo fue: vamos a partir la torta y yo, inocente de todo. Ya llevabas un mes de desaparecido, quizás tú me lo celebraste donde estabas o miraste al cielo diciéndome: mi niña: feliz cumpleaños, te deseo lo mejor de este mundo, siempre serás la niña de mis ojos. Ahh, eso era lo que quería escuchar de ti.

Jair de Jesús Giraldo Jaramillo fue desaparecido el 11 de septiembre de 2006 con otras dos personas. Era campesino, jornalero y vendedor de chatarra, Salió a trabajar y no regresó. Su hija acaba de cumplir 18 años, no se olvida del último beso que le dio y de la promesa de volver el domingo para ir a misa y darle el dominguero.

Abono: dicen que Cicerón afirmaba: epistula non erubescit, es decir: la carta no siente vergüenza.

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